PARTE 2
“¿Qué demonios estás haciendo aquí?”, gritó Alejandro frente a los médicos, como si yo hubiera escapado de una cárcel y no de una sala donde me dejó pariendo sola.
La enfermera intentó detenerlo.
“Señor, su esposa está en una situación delicada. Necesitamos espacio.”
“¡Mi esposa está haciendo un show!”, respondió él, señalándome con el dedo. “Todo para dejar mal a mi mamá.”
Yo estaba acostada, conectada a los monitores, con el cuerpo temblando y una máscara de oxígeno en la cara. Apenas podía hablar. Las alarmas sonaban cada vez que el corazón de una de mis hijas bajaba.
Lucía se puso entre él y mi cama.
“Alejandro, salte. Tus hijas están en riesgo.”
“Cállate”, le dijo. “Tú ni siquiera deberías estar aquí.”
Doña Carmen soltó un suspiro exagerado, como si estuviéramos incomodándola.
“Doctor, mi nuera siempre ha sido muy manipuladora. Seguro se asustó por una contracción y armó todo esto.”
El ginecólogo, un hombre serio de cabello canoso, la miró con frialdad.
“Señora, sus nietas tienen sufrimiento fetal. Esto no es una opinión.”
Por primera vez, doña Carmen se quedó callada.
Pero Alejandro no.
Se acercó a mí con una rabia que no reconocí. O tal vez sí la reconocía, pero durante años me negué a verla.
“¿Sabes cuánto me costó dejar a mi mamá ahí?”, me dijo entre dientes. “Hiciste que perdiéramos la bolsa. Y ahora quieres que pague una cesárea de emergencia en hospital privado.”
Yo lo miré con lágrimas de dolor y asco.
“Me abandonaste.”
“No te abandoné. Te dije que esperaras.”
“Tus hijas podían morir.”
“Siempre tú, tú, tú”, escupió. “Siempre buscando atención.”
Algo dentro de mí se encendió. No fue valentía. Fue cansancio. Cansancio de pedir permiso para existir.
“Eres un cobarde”, susurré. “Un hombre miserable que prefiere obedecer a su mamá antes que proteger a su familia.”
Su cara se deformó.
Lucía gritó mi nombre.
Alejandro me tomó del cabello con tanta fuerza que sentí que me arrancaba la piel. Antes de que los médicos reaccionaran, levantó el brazo y me golpeó en el pecho y parte del abdomen.
El mundo se volvió blanco.
Los monitores empezaron a chillar. Una enfermera gritó código de emergencia. Dos guardias entraron corriendo y tiraron a Alejandro al piso. Doña Carmen chillaba que su hijo era inocente. Sofía lloraba por el escándalo, no por mí.
Yo solo escuché una frase antes de perder la conciencia:
“¡Nos estamos quedando sin latidos! ¡A quirófano ahora!”
Desperté dos días después.
Lo primero que hice fue tocarme el vientre.
Estaba vacío.
“No…”, gemí. “Mis niñas…”
“Están vivas.”
Lucía estaba a mi lado, con los ojos hinchados de tanto llorar.
“Están en neonatología. Son pequeñitas, pero fuertes. Valeria y Camila están luchando.”
Me deshice en llanto.
Luego pregunté por Alejandro.
Lucía apretó la mandíbula.
“Está detenido. Lo arrestaron en el hospital. Todo quedó grabado.”
Creí que ese era el final de la pesadilla.
Pero una detective entró horas después y puso una carpeta gruesa sobre mi cama.
“Mariana”, me dijo con voz firme, “lo de su esposo no empezó hoy. Alejandro tiene deudas de apuestas. Muchas. Y creemos que usó su nombre para esconderlas.”
Sentí que la habitación se inclinaba.
La detective abrió la carpeta.
Tarjetas de crédito que yo nunca pedí. Préstamos que yo nunca firmé. Transferencias a una cuenta de doña Carmen. Un segundo crédito sobre nuestra casa con mi firma falsificada.
“¿Cuánto?”, pregunté sin aire.
“Más de cuatro millones de pesos entre deudas, fraudes y retiros.”
Lucía se tapó la boca.
Yo no lloré. Ya no.
Entonces mi celular vibró. Número desconocido.
Contesté en altavoz.
“Eres una malagradecida”, dijo Sofía. “Mi hermano está preso por tu culpa. Si hubieras aguantado como una mujer decente, nada de esto habría pasado.”
La detective levantó el celular para grabar mejor.
Yo respiré hondo.
“Tu hermano casi mató a mis hijas. Tu mamá recibió dinero robado. Tu papá lo encubrió. Y tú acabas de llamar para amenazarme.”
Sofía guardó silencio.
“Prepárense”, continué. “Porque ahora sí voy a hablar.”
La detective me miró.
“¿Quiere presentar cargos?”
Miré hacia el pasillo, donde mis hijas respiraban con ayuda de máquinas.
Y respondí:
“Contra todos. Hasta que no quede una sola mentira en pie.”
Pero todavía faltaba descubrir el secreto que Alejandro más miedo tenía de que saliera a la luz…