“¡Córtame el brazo, papá!”, gritó el niño… hasta que su nana abrió el yeso y descubrió el horror que su madrastra había escondido dentro.

PARTE 1

“¡Córtame el brazo, papá! ¡Te lo suplico!”

Cuando Mateo Santillán gritó eso por tercera noche seguida, Rodrigo no llamó a una ambulancia. Tampoco despertó al médico. Hizo algo que después le pesaría toda la vida: le amarró la mano sana a la cabecera de la cama.

El niño, de apenas diez años, sudaba como si tuviera fiebre. Su brazo derecho estaba atrapado dentro de un yeso blanco que le habían puesto cinco días antes, después de caerse en la escuela jugando futbol. Sus dedos estaban hinchados, rojos, temblando.

“Papá, algo se mueve adentro”, lloraba Mateo. “Me está mordiendo. Por favor, créeme.”

Rodrigo apretó los ojos. Llevaba noches sin dormir. Desde que Mateo regresó con el yeso, la casa en San Pedro Garza García se había convertido en un infierno de gritos, llanto y acusaciones.

Camila, su nueva esposa, estaba parada en la puerta con una bata elegante color marfil. Tenía los brazos cruzados y una expresión fría.

“Rodrigo, no le sigas el juego”, dijo con voz baja. “El doctor fue claro: no debe mover el brazo. Si lo dejas golpearse el yeso contra la pared, puede empeorar la fractura.”

Mateo movía la cabeza desesperado.

“No es el hueso. ¡Es algo vivo!”

Rodrigo miró a su hijo. Luego miró a Camila. Y eligió creerle a la adulta.

“Ya basta, Mateo”, dijo, aunque la voz se le quebró. “Tienes que dormir.”

El niño lo miró como si acabara de perder a su padre por segunda vez. La primera había sido cuando murió Elena, su mamá, dos años antes, de cáncer. Desde entonces, Mateo dormía con una foto de ella bajo la almohada.

En el pasillo apareció Lupita, la nana que había criado a Mateo desde bebé. Tenía sesenta y tantos años, el cabello plateado recogido y esas manos fuertes de mujer que ha trabajado toda la vida.

“Señor Rodrigo”, dijo con firmeza, “ese niño no está fingiendo.”

Camila volteó de golpe.

“Lupita, usted no es doctora.”

“No necesito ser doctora para saber cuándo un niño está sufriendo.”

Rodrigo levantó la mano, agotado.

“Por favor. Ya no más. Todos necesitamos descansar.”

Lupita miró a Mateo, luego a Rodrigo.

“Algún día se va a acordar de esta noche, señor. Y no va a poder perdonarse.”

La casa quedó en silencio, pero no era paz. Era el silencio que queda cuando alguien deja de gritar porque ya no tiene fuerzas.

Al amanecer, Rodrigo estaba en su oficina mirando una taza de café intacta. En la pared seguía colgada una foto de Elena cargando a Mateo recién nacido. Camila odiaba esa foto, aunque jamás lo decía de frente. Solo repetía que una familia no podía avanzar si seguía viviendo entre fantasmas.

Entonces Lupita entró sin tocar.

“Venga conmigo.”

Rodrigo suspiró.

“Lupita, por favor…”

Ella abrió la mano.

Sobre su palma había una hormiga roja muerta.

Rodrigo frunció el ceño.

“¿Qué es eso?”

“Había más en las sábanas.”

“Pudieron entrar del jardín.”

Lupita se acercó.

“Salieron del yeso.”

Rodrigo sintió que se le helaba la sangre.

Subió corriendo. Mateo estaba pálido, medio dormido, con los labios partidos. La muñeca sana tenía una marca roja por la correa con la que lo había sujetado.

Entonces Rodrigo lo olió.

Un olor dulce, podrido, salía del yeso.

Lupita ya tenía tijeras, gasas limpias y una pequeña herramienta para cortar.

“Hay que abrirlo.”

“No podemos”, murmuró Rodrigo. “Si el hueso se mueve…”

“Si esperamos más, tal vez ya no haya brazo que salvar.”

Camila apareció en la puerta.

“¿Qué están haciendo?”

Su voz ya no sonaba preocupada. Sonaba furiosa.

“Vamos a abrir el yeso”, dijo Lupita.

“¡No se atrevan!”

Rodrigo la miró. Por primera vez notó algo extraño en su cara. No era miedo por Mateo.

Era miedo a que descubrieran algo.

“Camila”, preguntó despacio, “¿por qué te asusta tanto que lo abramos?”

Ella abrió los ojos, ofendida.

“¿Me estás acusando a mí?”

Mateo despertó con un gemido.

“Papá… otra vez…”

Lupita encendió la herramienta. El ruido llenó la habitación. Mateo gritó como si el infierno estuviera dentro de su brazo.

“¡Se están moviendo!”

Rodrigo le sostuvo los hombros.

“Aquí estoy, hijo. Perdóname.”

Mateo lo miró con lágrimas.

“Tú me amarraste.”

El yeso se partió.

Primero salió el olor.

Luego una mancha café pegajosa.

Después, entre la gasa húmeda y la piel irritada de Mateo, comenzaron a salir decenas de hormigas rojas.

Rodrigo dejó de respirar.

Su hijo decía la verdad.

Y alguien había convertido su yeso en una trampa viva.

Pero lo más aterrador no fueron las hormigas.

Fue la cara de Camila.

No parecía sorprendida.

Parecía enojada porque el yeso se había abierto demasiado pronto.

Nadie podía creer lo que estaba a punto de pasar…