PARTE 2
Alejandro no bajó a romperle la cara a Ricardo, aunque cada músculo de su cuerpo se lo pedía. Se quedó sentado junto a Elena hasta que ella dejó de temblar. Después le tomó la mano sin apretarla.
—¿Confías en mí?
Elena lloró en silencio.
—Intenté llamarte muchas veces.
—Lo sé.
—Tu mamá decía que si interrumpía tu misión, te iban a sancionar. Ricardo decía que tú no ibas a creerme. Que todos iban a pensar que era una esposa despechada queriendo quedarse con tu dinero.
Alejandro tragó el nudo de rabia.
Doña Victoria siempre había sido elegante en público y venenosa en privado. Pero él confundió durante años su frialdad con carácter. Ricardo, en cambio, nunca escondió su envidia. Solo esperó el momento perfecto.
Al amanecer, Alejandro hizo 3 llamadas.
La primera fue al coronel Salcedo, el único que sabía que su última misión no había sido una simple comisión militar, sino apoyo a una investigación internacional de lavado de dinero.
La segunda fue a Mariana Aranda, fiscal federal especializada en delitos financieros, una mujer que le debía la vida desde una operación en la frontera.
La tercera fue a la doctora Patricia Núñez, médica forense, para documentar cada marca del cuerpo de Elena antes de que desapareciera.
A las 8 de la mañana, Alejandro bajó a desayunar.
Doña Victoria estaba sentada en la cabecera como si siempre hubiera sido suya. Ricardo revisaba papeles en la mesa, usando la pluma que el padre de Alejandro le había regalado antes de morir.
—Elena se ve inestable —dijo Doña Victoria, sirviendo café—. Tal vez conviene internarla unos días para que descanse.
Ricardo sonrió.
—O divorciarte. Yo conozco abogados discretos.
Elena estaba sentada junto a Alejandro. Bajo la mesa, él sostenía su mano.
—Qué considerados —respondió Alejandro.
Ricardo se inclinó hacia él.
—Mientras tú jugabas al héroe, nosotros mantuvimos viva la empresa. Mamá necesitaba seguridad. Elena necesitaba dirección.
—¿Dirección? —preguntó Alejandro.
Doña Victoria dejó la taza con suavidad.
—No dramatices. Ella firmó voluntariamente.
—¿Eso dijo?
Ricardo golpeó los documentos con los dedos.
—Ten cuidado, hermano. Has estado fuera demasiado tiempo. Legalmente, todo está en orden.
Ese fue su primer error: creer que un sello notarial podía tapar el miedo.
El segundo fue organizar una cena el viernes para “presentar la reestructura” de la empresa. Invitaron socios, primos, abogados, empresarios de Providencia y viejos amigos del padre de Alejandro.
Doña Victoria quería aplausos.
Ricardo quería testigos.
Alejandro les dio ambos.
Confirmó la lista. Ordenó el vino. Mandó limpiar el jardín. Incluso permitió que Ricardo mostrara su estudio como “la nueva oficina de dirección”.
—Estás más tranquilo de lo que esperaba —se burló Ricardo, sirviéndose el whisky de Alejandro.
—Aprendí que la paciencia salva vidas en lugares donde el enojo te mata.
Ricardo no entendió.
El viernes por la mañana, Mariana llamó.
—Las firmas falsas bastan para congelar las transferencias. El reporte médico sostiene coerción y agresión. Pero hay más.
Alejandro miró por la ventana. Doña Victoria obligaba a Elena a cambiarse de vestido porque, según ella, “una mujer débil arruina las fotografías”.
—Dime.
—La empresa de Ricardo está conectada a cuentas en Panamá y a préstamos falsos usando propiedades tuyas como garantía. Esto no empezó hace 6 meses. Te llevaba robando años.
Alejandro cerró los ojos.
—¿Puedes venir esta noche?
—Con orden judicial y agentes federales.
—Que sea frente a todos.
Mariana guardó silencio un segundo.
—¿Estás seguro?
En el pasillo, Ricardo se puso la medalla de Alejandro frente al espejo y fingió saludar como soldado.
Alejandro lo vio reír.
—Ellos pidieron público —dijo—. Vamos a darles una función completa.
Esa noche, cuando Elena vio entrar a los invitados y a Ricardo parado bajo el retrato del padre de Alejandro, entendió que aquella cena no era una celebración.
Era una trampa.
Pero no para ella.