PARTE 2
No le abrí a Fernanda.
Giré el seguro del estudio, senté a Lucía y a Diego en el sillón, y llamé a Rosa, la señora que nos ayudaba tres tardes por semana. Ella acababa de llegar del súper y, al ver a los niños, se llevó la mano a la boca.
—Dios mío, señor Alejandro… ¿qué les pasó?
—Agua, toallas limpias y llama a la doctora Jimena —le pedí—. Sin preguntarle nada a Fernanda.
Rosa asintió rápido. No dudó. No defendió a nadie. Solo se acercó a Lucía con una voz suave.
—Mijita, aquí estoy.
Eso me dolió más que cualquier grito. Porque Lucía se dejó tocar por Rosa con una confianza que conmigo ya estaba midiendo.
Fernanda seguía afuera.
—Estás humillándome en mi propia casa —dijo detrás de la puerta—. Los vecinos van a oír.
—Mis hijos estuvieron encerrados horas en una casita de perro —respondí—. Y a ti te preocupa el qué dirán.
Hubo silencio.
Luego su voz cambió.
—Tú no sabes lo difícil que es cuidarlos. Diego llora por todo. Lucía me reta. Esta casa sigue llena de Mariana. Yo nunca he tenido un lugar aquí.
Abrí la computadora del sistema de cámaras. Las instalé años antes porque en la colonia se habían robado paquetes. Casi nunca las revisaba. Me parecía exagerado vigilar mi propia casa.
Qué ingenuo fui.
Busqué la cámara del patio. Retrocedí hasta el mediodía.
Ahí estaba Fernanda, saliendo con los niños. Lucía cargaba el vaso de Diego. Diego iba descalzo, tratando de seguirle el paso. Fernanda no los jaloneó. No necesitó hacerlo. Se paró frente a ellos con esa autoridad fría que yo tantas veces confundí con orden.
Señaló la casita del perro.
Lucía negó con la cabeza.
Fernanda se inclinó y dijo algo. No se escuchaba bien, pero Lucía cambió de expresión. Luego tomó la mano de Diego y entró con él.
Fernanda cerró la puerta.
Después regresó a la cocina como si acabara de sacar la basura.
Sentí náuseas.
Rosa, parada detrás de mí, murmuró:
—Señor… mire las fechas.
En la pantalla aparecía el registro de movimiento de otras tardes. No todos los días. Pero sí varias veces. Siempre entre semana. Siempre después de que yo salía a juntas o visitas de trabajo.
Abrí otro video.
Fernanda revisaba su celular antes de llevarlos al patio. En otro, miraba por la ventana hacia la calle, como confirmando que mi camioneta ya no estaba. En otro, Lucía salía llorando, con Diego dormido en sus brazos.
Yo no podía respirar bien.
Entonces vi algo peor.
Una grabación de tres días antes mostraba a Fernanda hablando por teléfono en la terraza. El audio entraba cortado, pero una frase se escuchó clara:
—No te preocupes, mamá. Si Alejandro firma lo del internado, esos niños se van antes de que termine el ciclo.
Me quedé helado.
Internado.
Ella llevaba semanas insistiendo en mandar a Lucía y a Diego a una escuela “con estructura” en Puebla. Yo había dicho que no. Pero ella seguía dejando folletos sobre mi escritorio, hablando de “disciplina”, de “orden”, de “un nuevo comienzo para nuestro matrimonio”.
Lucía, desde el sillón, preguntó bajito:
—Papá… ¿nos ibas a mandar lejos?
Volteé a verla y sentí la vergüenza quemarme la cara.
—No, mi amor. Nunca.
Pero en la pantalla apareció otro archivo.
Fernanda, sola en mi estudio, abriendo el cajón donde yo guardaba los papeles de Mariana.
Y en su mano llevaba un sobre color crema que yo nunca había visto.