Subí a descansar durante la fiesta de mi mansión de 10 millones de dólares… y encontré a mi prometido con mi madrastra en mi propia cama. Ellos pensaron que podían destruirme, pero no sabían que mi collar de diamantes ya lo estaba grabando todo.

PARTE 1

—Si no firmas hoy, esos gemelos van a nacer en una clínica psiquiátrica y nadie va a creerte.

Valeria Montes sintió que el aire se le rompía dentro del pecho.

Estaba embarazada de 8 meses, con una mano sosteniendo el vientre enorme y la otra aferrada al marco de la puerta de la suite principal. Abajo, en el salón de mármol de su mansión en Lomas de Chapultepec, más de 200 invitados celebraban la inauguración de la casa: empresarios, políticos, periodistas, consejeros del grupo tecnológico que su padre le había heredado.

Arriba, en su propia cama, encontró a Damián, su prometido, junto a Renata, la joven viuda de su padre.

Renata no gritó. No se cubrió con vergüenza. Solo se acomodó el cabello, tomó una copa de champaña de la mesita y sonrió como si Valeria fuera la intrusa.

—Ay, Valerita… ¿ya te cansaste de jugar a la señora importante? —dijo, mirando su vientre con desprecio—. Qué oportuna eres.

Damián se levantó con calma, abrochándose la camisa blanca. Caminó hacia Valeria, cerró la puerta pesada de encino y giró el seguro.

Clic.

Ese sonido le heló la sangre.

—Qué bueno que subiste sola —dijo él—. Así nos ahorras trabajo.

Sobre el tocador dejó caer una carpeta gruesa. Valeria alcanzó a leer: cesión total de acciones, poder notarial irrevocable, autorización médica de internamiento.

—Firma —ordenó Damián—. La empresa, la casa, las cuentas. Todo pasa a mi administración.

Valeria tragó saliva.

Horas antes, él le había puesto en el cuello un collar de diamantes frente a todos los fotógrafos.

—Para que todos sepan quién es mi reina —le había susurrado.

Lo que Damián no sabía era que el diamante central escondía una microcámara 4K instalada por el jefe de seguridad de Valeria. El plan original era otro: grabarlo más tarde, cuando se reuniera con sus contadores para confesar el desvío de millones del Grupo Montes.

Pero al subir a descansar, Valeria ignoraba algo crucial: en el cuarto de control audiovisual, un técnico nervioso había activado por error la señal en vivo.

La cámara del collar ya estaba transmitiendo todo a las pantallas gigantes del salón.

Cada palabra. Cada gesto. Cada amenaza.

Valeria miró a Damián, fingiendo miedo.

—¿Por qué me harías esto? —preguntó con voz rota—. Son tus hijos.

Damián soltó una risa seca.

—Mis hijos son precisamente la razón. Con ellos tengo acceso al fideicomiso familiar. Pero tú… tú estás demasiado inestable para manejar tanto poder.

Renata se acercó descalza, envuelta en una sábana de seda.

—Todos saben que desde que murió tu papá quedaste mal —dijo—. Lloras, te alteras, hablas sola. Un diagnóstico de psicosis prenatal no le sorprenderá a nadie.

Valeria sintió una patada de uno de los bebés. No supo si era dolor, rabia o una advertencia.

—Mi papá confiaba en ti —murmuró, mirando a Renata.

La sonrisa de Renata se torció.

—Tu papá era viejo, sentimental y fácil de manejar.

Damián sacó una pluma dorada y se la puso en la mano.

—Firma, Valeria. O mañana despertarás sedada en una clínica privada de Cuernavaca. El doctor Salgado ya firmó los papeles. Tú amenazaste con hacerte daño, ¿recuerdas? Eso va a decir el expediente.

Valeria bajó la mirada.

En la pequeña pantalla de su reloj apareció un mensaje.

Marcelo, su jefe de seguridad, escribió:

“Señora… todo el salón lo está viendo. La gente está en silencio. ¿Qué ordena?”

Valeria levantó apenas los ojos hacia el diamante del collar.

Y entonces entendió que la trampa que ella había preparado para Damián acababa de convertirse en algo mucho más grande.