
PARTE 1
—Tu ascenso se acabó, Mariana. Hoy todos van a ver quién manda en esta casa.
Eso fue lo último que Rodrigo le dijo antes de salir de la recámara, sonriendo como si solo hubiera hecho una broma cruel de marido inseguro. Mariana no respondió. Tenía demasiadas cosas en la cabeza: su discurso, su nombramiento y la ceremonia más importante de su carrera.
Esa noche, en el salón principal de un hotel de lujo sobre Paseo de la Reforma, trescientas personas esperaban escuchar su nombre. Después de doce años trabajando jornadas interminables en Grupo Altavista, Mariana Torres, de treinta y seis años, sería anunciada como nueva Directora Nacional de Estrategia. Era la primera mujer en ocupar ese puesto en la empresa.
Llevaba un traje blanco impecable, tacones nude y el cabello negro recogido en una coleta baja. Desde lejos parecía serena. Por dentro, apenas podía respirar.
Rodrigo, su esposo, estaba junto a la barra con un vaso de whisky. A su lado permanecía Paula Cárdenas, una consultora externa de veintiocho años que siempre aparecía demasiado cerca de él en juntas, comidas y viajes “de trabajo”. En la mesa familiar, Doña Elvira, madre de Rodrigo, miraba a Mariana con el mismo desprecio de siempre.
—Una mujer tan ambiciosa termina sola —le había repetido durante años—. Mi hijo necesitaba una esposa, no una jefa.
Cuando el presidente del consejo subió al escenario y empezó a hablar de liderazgo, visión y futuro, Mariana sintió el primer ardor. Al principio creyó que era nervio. Luego vino la picazón, intensa, insoportable, como si cientos de agujas le rasparan el cuero cabelludo.
Se llevó una mano a la cabeza.
Al bajarla, tenía entre los dedos un mechón entero de cabello.
El mundo se detuvo.
Otro mechón cayó sobre el piso de mármol. Luego otro. En cuestión de segundos, partes de su cabeza quedaron descubiertas, rojas, irritadas, quemadas. Alguien soltó un grito. Varias personas se levantaron. Los meseros se quedaron inmóviles con las charolas en las manos.
Mariana no lloró.
Buscó a Rodrigo con la mirada.
Y entonces lo vio.
No estaba preocupado. No estaba horrorizado. Tenía una sonrisa mínima, torcida, mal escondida. Paula bajó la cara para ocultar una risa nerviosa. Doña Elvira apretó los labios, satisfecha, como si por fin la “mujer soberbia” recibiera su castigo.
En ese instante, Mariana entendió.
El shampoo.
Esa mañana, Rodrigo había entrado al baño mientras ella revisaba su discurso. Ella lo escuchó mover frascos, abrir cajones, cerrar la puerta. No le dio importancia. Era su esposo. Su casa. Su baño.
Pero Rodrigo no sabía algo.
Desde hacía un mes, Mariana ya sospechaba de él. Había encontrado mensajes borrados, estados de cuenta extraños y una conversación donde Paula decía: “Si ella sube, nos descubre”. Por eso instaló una pequeña cámara en el pasillo y respaldó todo en la nube.
Con la cabeza ardiendo y el orgullo hecho pedazos frente a todo México, Mariana tomó una mascada de seda, se cubrió lentamente, levantó la barbilla y caminó hacia el escenario.
Nadie podía imaginar lo que estaba a punto de pasar.