Quería enviarle mi ultrasonido a mi hermana. En cambio, se lo mandé por accidente a Santiago Arriaga, el hombre más peligroso que había conocido. Segundos después, él respondió: “Ese bebé también es mío”. Entonces mi teléfono sonó… y la foto en la pantalla me mostraba saliendo de mi departamento el día anterior. Él me había estado vigilando.

PARTE 1

“Ese hijo también es mío.”

Leí ese mensaje y sentí que el piso de mi departamento se abría bajo mis pies.

No era para él.

La foto del ultrasonido tenía que llegarle a mi hermana, Mariana, la única persona que sabía que yo estaba embarazada. Pero mis dedos temblorosos, el cansancio y la prisa hicieron lo peor: se la mandé a Santiago Arriaga.

El hombre que yo llevaba tres meses intentando borrar de mi vida.

Vivía en un departamento pequeño en la colonia Portales, en la Ciudad de México, con una estufa que fallaba, una ventana que no cerraba bien y una pila de recibos vencidos escondidos bajo una taza. Estudiaba enfermería por las mañanas, trabajaba en una clínica privada por las tardes y fingía que no tenía miedo por las noches.

Hasta que apareció ese mensaje.

Santiago Arriaga no era cualquier hombre. Su apellido abría puertas, cerraba bocas y hacía que la gente bajara la mirada en restaurantes caros de Polanco. Decían que su familia tenía negocios de transporte, seguridad privada y constructoras. También decían otras cosas, pero esas se susurraban.

Yo lo conocí una noche de lluvia en un evento médico donde trabajé como apoyo. Él no se comportó como el monstruo de los rumores. Me ofreció café, escuchó mis planes de terminar la carrera y me miró como si de verdad importara lo que yo decía.

Una noche. Una sola noche.

Y luego desaparecí.

O eso creí.

Antes de que pudiera responderle, mi celular empezó a sonar.

“Santiago Arriaga” apareció en la pantalla.

Pero no fue su nombre lo que me paralizó.

Era la foto de contacto.

Una imagen mía saliendo de mi edificio la tarde anterior, con mi mochila, mi suéter gris y una bolsa del mercado en la mano.

Yo jamás había tomado esa foto.

Él me estaba vigilando.

Contesté sin voz.

—Abre la puerta, Valeria —dijo él.

Sentí que la sangre se me iba del cuerpo.

—¿Qué?

—Estoy afuera.

La llamada terminó.

Caminé hasta la puerta como si mis piernas no fueran mías. Miré por la mirilla y ahí estaba: traje oscuro, cabello perfectamente peinado, rostro serio. A su lado, un hombre grande con chamarra negra revisaba el pasillo.

Abrí con la cadena puesta.

—¿Cómo me encontraste?

Santiago bajó la mirada hacia mi vientre, todavía plano bajo la sudadera.

—Nunca te perdí.

Sentí rabia. Miedo. Vergüenza.

—No tienes derecho.

—Ese bebé cambia todo.

—Es mi bebé.

Sus ojos se endurecieron.

—Es nuestro hijo.

Quise cerrar la puerta, llamar a Mariana, gritarle al vecino. Pero había algo en su mirada que no era solo amenaza. Era urgencia.

—Déjame entrar —pidió—. No estás segura aquí.

—¿Segura de quién? ¿De ti?

No respondió de inmediato.

Eso fue peor.

Finalmente quité la cadena. Santiago entró y mi departamento pareció hacerse más pequeño. Miró los muebles usados, los libros de enfermería, la bolsa de pan dulce sobre la mesa. No dijo nada, pero yo sentí cada cosa que vio.

—Doce semanas —dijo—. ¿Doce semanas sabiendo que llevas a mi hijo y no pensabas decírmelo?

—Pensé que no te importaría.

Sonrió apenas, sin alegría.

—¿Creíste que a un Arriaga no le importaría su sangre?

Esa palabra me heló.

Sangre.

No amor. No hijo. No familia.

Sangre.

—No soy parte de tus negocios —dije, abrazándome el vientre—. Y mi bebé tampoco.

Él dio un paso hacia mí.

—Voy a proteger lo que es mío.

Algo se rompió dentro de mí.

—Yo no soy tuya.

Por primera vez, Santiago pareció quedarse sin respuesta.

Entonces su celular vibró. Leyó la pantalla y su expresión cambió. Ya no era control. Era preocupación.

Se acercó a la puerta y le dijo al hombre del pasillo:

—Trae la camioneta. Ahora.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Santiago me miró con una seriedad que me dejó sin aire.

—Alguien más sabe que estás embarazada.

Antes de que pudiera preguntar quién, sonaron tres golpes secos en mi puerta.

No era su escolta.

Era alguien que no debía saber dónde vivía.

Y yo todavía no podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…