“En tu casa alguien grita todos los días, Mariana. Y si no llamas tú a la policía, la voy a llamar yo.”
Doña Elvira me lo dijo una tarde de jueves, parada frente a mi reja, con el mandil todavía manchado de salsa y una escoba apretada entre las manos como si fuera un arma. Yo venía llegando del trabajo, cargando mi bolsa, mis llaves y ese cansancio que se mete hasta los huesos cuando una trabaja de 8 de la mañana a 6 de la tarde y vuelve a una casa vacía.
“Doña Elvira, yo no estoy aquí en todo el día”, respondí, intentando sonreír. “Vivo sola.”
Su cara no cambió.
“Pues alguien sí está. Y no son ruidos de tubería. Son gritos de mujer.”
Sentí que el estómago se me cerraba. Desde que Diego murió, hacía 2 años, mi casa en un fraccionamiento tranquilo de Naucalpan se había vuelto demasiado silenciosa. Silenciosa de una forma cruel. Yo había aprendido a cenar con la televisión encendida, a dejar una lámpara prendida en el pasillo y a evitar mirar mucho tiempo la foto de mi esposo en la sala.
Diego había muerto en un accidente en la autopista México-Puebla. Eso me dijeron. Su camioneta se incendió. Su hermano Ernesto identificó el cuerpo porque, según él, querían evitarme “ese trauma”. Yo acepté todo porque cuando a una le entregan una urna, no le queda aire para sospechar.
Pero Doña Elvira insistía.
“Empieza como un llanto”, dijo en voz baja. “Luego una voz pide ayuda. A veces dice: ‘No me dejes aquí’.”
Me quedé helada. Esa frase era mía.
Se la había dicho a Diego una noche, años atrás, cuando discutimos porque él desapareció 3 días y volvió oliendo a perfume caro, jurando que era estrés del trabajo. Yo lloré en un audio. Le supliqué. Me odié por haberlo hecho.
Esa noche casi no dormí. Revisé puertas, ventanas, clósets. No encontré nada. A la mañana siguiente hice algo que jamás imaginé hacer: me vestí para ir al trabajo, saqué el coche, saludé al vigilante del fraccionamiento y manejé 3 cuadras. Luego regresé caminando por la calle de atrás, entré por la puerta de servicio y me escondí debajo de mi cama.
Pasaron 2 horas.
El polvo me picaba la nariz. Me dolían los brazos. Estaba a punto de convencerme de que Doña Elvira se había confundido cuando escuché el sonido.
Una llave entrando en la cerradura.Llavero personalizado
No fue una patada. No fue una ventana rota. Alguien abrió mi casa como si tuviera derecho.
Los pasos cruzaron la sala. Se detuvieron frente a la foto de Diego. Luego avanzaron por el pasillo.
Mi puerta se abrió.
Vi unos tacones negros. Una mujer entró hablando por altavoz.
“Ya estoy adentro”, dijo.
La voz masculina que respondió me congeló la sangre.
“Busca detrás del espejo. Ahí debe estar la póliza.”
Me tapé la boca con ambas manos. Anatomía
Era Diego.
Mi esposo muerto.
La mujer abrió cajones, movió perfumes, tiró papeles. Luego se acercó a mi buró y levantó la foto de Diego.
“Pobre Mariana”, murmuró. “2 años llorándote, y tú escuchándola desde aquí.”
Diego soltó una risa baja desde el teléfono.
Sentí que algo dentro de mí se rompía sin hacer ruido.
La mujer siguió buscando. Diego le daba instrucciones. Hablaban de escrituras, seguros, papeles que yo nunca debí haber conservado. Entonces él dijo: