PARTE 2
Mateo cayó de rodillas junto a mí.
“Es el de papá”, susurró, como si tuviera miedo de tocarlo.
Yo apreté el paraguas contra mi pecho. Durante unos segundos no pude respirar. No sabía si llorar, agradecer o llamar a la policía.
“¿Quién entró a nuestra casa?” pregunté, mirando las cuarenta y siete cajas. “¿Quién puso todo esto aquí?”
Mateo se puso pálido.
“Mamá, esto da miedo.”
Tenía razón.
Aquello parecía hermoso para cualquiera que lo viera desde una pantalla. Paraguas abiertos bajo la lluvia, cajas numeradas, una historia de bondad. Pero para mí era mi hijo expuesto en internet, mi casa convertida en espectáculo y el recuerdo de mi esposo usado como decoración.
Entonces Mateo vio un papel doblado dentro de la cinta del paraguas.
“Hay una nota.”
La abrí.
“Mateo: prometí devolverte el paraguas. No sabía que llegaría acompañado de tanta gente. Gracias por cubrirme cuando me sentí invisible. Paola.”
Mateo levantó la vista.
“Así se llamaba la señora.”
En ese momento, un coche gris se detuvo frente a la casa. Una mujer embarazada bajó con cuidado, sosteniéndose la panza con una mano. Tenía los ojos hinchados, como si tampoco hubiera dormido.
“Es ella”, dijo Mateo.
Caminé hacia la banqueta con el paraguas pegado al pecho.
“¿Tú eres Paola?”
Ella asintió.
“Lucía, perdón. Yo no quería que esto se saliera de control.”
Me tensé.
“¿Cómo sabes mi nombre?”
Paola miró hacia la gente.
“Alguien lo puso en los comentarios de mi publicación. Dijo que era vecina.”
Volteé hacia Doña Tere, que bajó el celular de inmediato.
“¿Publicaste sobre mi hijo?” pregunté.
“Solo quise agradecerle”, dijo Paola. “No puse apellidos. No puse dirección. Solo conté que un niño de la Ruta 47 me ayudó cuando nadie más lo hizo.”
“Mi hijo tiene doce años”, dije. “Le dio algo que era de su papá muerto. Eso no era contenido.”
Paola agachó la cabeza.
“Tienes razón.”
Mateo salió de detrás de mí.
“¿Y su bebé? ¿Está bien?”
Paola se cubrió la boca. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
“Sí, mi amor. Está bien. Ese día venía del seguro porque el doctor me dijo que tenía que vigilar sus movimientos. Me asusté mucho. Llovía, no traía para taxi y todos pasaban como si no existiera.”
Mateo asintió, tranquilo por primera vez.
“Qué bueno.”
Yo no podía suavizarme tan rápido.
“Entonces si tú no diste nuestra dirección, ¿quién trajo esto?”
La respuesta llegó desde la esquina.
“Yo.”
Don Raúl, el chofer del camión de la Ruta 47, estaba junto al buzón con su gorra entre las manos. Era un señor mayor, de bigote canoso, que llevaba años saludando a Mateo todas las tardes.
“Fui yo, señora Lucía.”
Mateo abrió los ojos.
“¿Usted?”
Don Raúl tragó saliva.
“La gente empezó a dejar paraguas, cartas y cajas en la terminal después de ver la publicación. Algunos fueron a la parada. Otros me los dieron a mí. Yo reconocí a Mateo porque lo llevo de la escuela a la casa. Pensé que sería bonito traerlos antes de que despertaran.”
“¿Bonito?” dije. “Entró a mi jardín sin avisar.”
Él bajó la mirada.
“Sí. Y me equivoqué.”
Mateo, con una voz más firme de lo que esperaba, dijo:
“Pudo tocar la puerta.”
Don Raúl asintió.
“Debí hacerlo, campeón.”
Entonces abrimos la caja número 2.
Adentro había una carta de Don Raúl:
“Nadie dio su dirección. Yo la sabía por mi ruta. No quise asustarlos. Solo pensé que Mateo merecía saber que su gesto no pasó desapercibido.”
La caja número 3 tenía una tarjeta de una nevería de la colonia: “Un helado al mes para el niño que recordó que todavía hay gente buena.”
La número 4 traía un vale para unos tenis impermeables.
La número 5 tenía monedas de una niña de siete años que escribió: “Es todo mi domingo.”
Mateo se quedó mirando esas monedas.
“No podemos quedarnos con esto, mamá.”
“Entonces, ¿qué hacemos?”
Miró hacia la parada de la Ruta 47, donde todo había empezado.
“Lo compartimos.”
Y ahí comprendí que el verdadero problema no eran los paraguas.
Era lo que todavía no habíamos abierto.
La caja número 47 tenía el nombre de Daniel.