Mi hijo me abofeteó por interrumpir su videojuego. Yo solo bajé la cabeza y fui a la cocina. Tres horas después, cuando bajó sonriendo para comer su pastel favorito, encontró a dos policías sentados en mi mesa con mi informe médico frente a ellos.

PARTE 2

El pastel de triple chocolate siempre había sido el favorito de Diego desde niño. Lo pedía en sus cumpleaños, en Navidad y hasta cuando reprobaba materias en la secundaria y yo intentaba animarlo. Era denso, oscuro, con betún espeso y ganache caliente cayendo por los bordes.

Ese día lo preparé con una calma que ni yo misma reconocía.

Batí la mantequilla con azúcar mientras mi mejilla ardía. Derretí chocolate mientras arriba mi hijo insultaba a desconocidos por internet. Preparé café de olla con canela, piloncillo y granos que guardaba para visitas especiales.

Fernanda bajó cerca de las dos de la tarde. Venía descalza, con una playera de Diego y el celular en la mano.

Se detuvo al ver el pastel enfriándose sobre la mesa.

—¿Entonces no está enojada? —preguntó, confundida.

Le sonreí sin mostrar los dientes.

—¿De qué serviría enojarme?

Ella se acercó a la barra, oliendo el chocolate.

—Es que usted también debe entenderlo. Diego está bajo mucha presión. Quiere ser streamer. Eso ya es una carrera real.

Miré la pantalla de su celular reflejada en el microondas. Estaba grabando audio.

—Claro —dije—. Una carrera pagada con mi pensión, mi despensa y mi tarjeta.

Fernanda frunció los labios.

—No tiene que hablar así. Diego se preocupa por usted.

—¿Ah, sí?

—Dice que últimamente usted está rara. Olvidadiza. Muy sentimental.

Ahí estaba.

La navaja chiquita, escondida entre palabras suaves.

—¿Y por eso habla de mí contigo? —pregunté.

Fernanda se acomodó el cabello.

—Solo digo que a cierta edad la gente necesita ayuda. Diego mencionó que quizá usted debería firmar unos papeles para que él pueda manejar sus cuentas. Por su bien.

Apagué la batidora.

La cocina quedó demasiado silenciosa.

—¿Qué papeles?

Ella parpadeó, como si se hubiera dado cuenta de que habló de más.

—No sé. Cosas legales. Poderes o algo así.

Dos semanas antes, mi abogado me había llamado preocupado. Alguien había subido a una plataforma una solicitud para otorgarle a Diego poder sobre mis cuentas bancarias y mi casa. Mi firma estaba escaneada. También una copia de mi INE.

La falsificación era buena.

Pero no lo suficiente.

Yo ya había bloqueado mis cuentas, reportado el intento de fraude y cambiado las chapas. También había instalado una cámara discreta en el pasillo después de que Diego me empujó contra la alacena.

La bofetada de esa mañana había quedado grabada desde dos ángulos.

Con audio.

A las 2:18 p.m., mi doctora me mandó el reporte por correo:

“Contusión en mejilla izquierda. Inflamación compatible con golpe de mano abierta. Zumbido auditivo posterior al impacto. Se recomienda valoración por posible lesión interna.”

A las 2:39 p.m., mi abogado escribió:

“No lo enfrente sola. Ya va una patrulla. Tenga los documentos listos.”

A las 2:55 p.m., dos policías municipales estaban sentados en mi cocina, tomando café de olla con una seriedad cansada.

El oficial Ramírez, de bigote grueso y ojos tranquilos, revisaba mi reporte médico. La oficial Salgado miraba hacia la escalera.

—¿Su hijo está arriba? —preguntó Ramírez.

—Sí.

—¿La novia también?

—Sí.

Puse el pastel bajo una campana de vidrio. Mis manos ya no temblaban.

Entonces se escuchó la voz de Diego desde arriba:

—¡Mamá! ¡Huele bien rico! ¿Hiciste pastel?

Fernanda se rio.

La oficial Salgado levantó una ceja.

Yo serví dos tazas más de café y dije bajito:

—Déjenlo bajar contento.

Los pasos de Diego comenzaron a escucharse en la escalera.

Y nadie en esa cocina respiró igual otra vez.