No estaba seguro de si realmente recordaba o solo quería seguir mi voz.
Pero no importaba.
Lo importante era que no se sintiera solo.
Mientras la ambulancia arrancaba, miré por la ventana y vi a Derek quedarse en la acera, observándonos irnos.
Levantó la mano.
No como despedida.
Sino como una promesa silenciosa de que esto no terminaba aquí.
El trayecto al hospital fue corto, pero cada segundo se estiró como si el tiempo se resistiera a avanzar.
Mi mente no dejaba de repetir la misma pregunta.

Una y otra vez.
¿Qué voy a hacer ahora?
Porque denunciar no era suficiente.
Alejar a Travis no era suficiente.
Había algo más profundo que debía decidir.
Algo que cambiaría todo.
Cuando llegamos, las puertas se abrieron rápidamente y el personal médico tomó control con una eficiencia que contrastaba con el caos que llevaba dentro.
Me guiaron a una sala mientras llevaban a Noé a hacerle estudios.
— «Espere aquí», dijeron.
Y eso fue lo más difícil.
Esperar.
Sin poder hacer nada.
Sin poder arreglarlo.
Sin poder retroceder el tiempo.
Me dejé caer en una silla, mirando el suelo, intentando ordenar pensamientos que no querían ordenarse.
Fue entonces cuando vi una sombra detenerse frente a mí.
Levanté la mirada.
Lena.
Su rostro estaba pálido, los ojos rojos, el cabello desordenado como si hubiera corrido hasta quedarse sin aire.
— «¿Dónde está Noé?», preguntó de inmediato.

La miré en silencio durante unos segundos.
Ese fue el momento.
El verdadero momento.
Más difícil que cualquier otra cosa hasta ahora.
Porque no se trataba de Travis.
Se trataba de ella.
De lo que sabía.
De lo que no hizo.
De lo que yo había permitido.
— «Está siendo atendido», respondí finalmente.
Ella dio un paso más cerca.
— «¿Está bien?»
Sus ojos buscaban una respuesta que yo ya no podía suavizar.
— «Tiene el brazo lesionado», dije. «Y miedo».
Lena cerró los ojos, llevándose una mano a la boca.
— «No sabía que él…», empezó, pero no terminó la frase.
La interrumpí.
No con gritos.
No con rabia.
Sino con algo más firme.
— «No», dije. «Ahora no puedes decir que no sabías».
Sus ojos se abrieron, sorprendidos.
— «Yo…»
— «Había señales», continué. «Y las ignoraste».
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier discusión.
Porque no había excusas suficientes.
Ni para ella.
Ni para mí.
Y ahí estaba la decisión otra vez, frente a mí.
Podía suavizarlo.
Podía protegerla.
Podía decir que todo fue un error, que nadie quiso que pasara.
O podía decir la verdad completa.
La que duele.
La que rompe.
La que cambia todo.
Respiré hondo.
— «Voy a decirle todo a la policía», dije finalmente. «Todo lo que sé. Todo lo que vi. Todo lo que ignoré».
Lena dio un paso atrás, como si esas palabras fueran físicas.
— «Por favor…», susurró.
Pero ya no podía detenerme.
Porque esta vez, no elegir la verdad también era una decisión.
Y ya había tomado demasiadas de esas antes.
— «Noé merece algo mejor que eso», añadí.
Y en ese instante, supe que no había vuelta atrás.