Las sirenas seguían encendidas cuando levanté a Noé con más cuidado, sintiendo cómo su pequeño cuerpo se aferraba a mi cuello, buscando un lugar donde el dolor no existiera.
Su respiración era irregular, como si cada intento de calmarse chocara contra el recuerdo reciente que aún no podía comprender del todo.
— «Papá… duele», murmuró, apenas audible, escondiendo la cara en mi hombro como cuando tenía miedo de la oscuridad.
— «Lo sé, campeón», respondí, tragando saliva. «Ya vienen a ayudarte. No estás solo».
Un paramédico se acercó con paso firme, pero con una expresión suave que intentaba no asustar más a mi hijo.
— «Vamos a revisarlo, ¿sí?», dijo con voz tranquila, extendiendo las manos lentamente para no invadir su espacio.
Noé dudó un segundo, mirando mi cara como si buscara permiso.
Asentí.
Ese pequeño gesto fue suficiente para que soltara un poco el agarre y dejara que lo acomodaran en la camilla.
Derek se mantuvo a mi lado, en silencio, con los brazos cruzados, pero la tensión en su mandíbula decía todo lo que no estaba diciendo.
— «La policía está dentro», murmuró sin mirarme. «Se lo llevaron».
Asentí, aunque no sentí nada en ese momento.
Ni alivio. Ni rabia.
Solo un vacío pesado que me hundía lentamente.
— «Dijiste que había marcas…», empecé, pero mi voz se quebró antes de terminar la frase.
Derek respiró hondo antes de responder.
— «No son recientes todas», dijo. «Algunas ya estaban sanando».
Cada palabra cayó como una piedra dentro de mí.
Recordé las veces que Noé evitó levantar el brazo, las veces que dijo que se había caído jugando, las veces que Lena cambió de tema demasiado rápido.
Todo encajaba ahora.
Demasiado tarde.
— «Debí haberlo visto», susurré.
— «No eres el único que no quiso verlo», respondió Derek con firmeza, aunque sin dureza. «Pero ahora sí lo estás viendo».
Miré hacia la casa.
La puerta estaba abierta, torcida, como una herida visible en algo que ya estaba roto desde antes.
Un oficial salió con una libreta, mirando alrededor antes de acercarse.
— «¿Usted es el padre?»
Asentí.
— «Necesitamos que nos cuente todo lo que sabe», dijo con tono profesional, pero no frío. «También habrá que hablar con el niño cuando sea posible».
Miré a Noé en la camilla.
Su mirada estaba perdida en algún punto que ninguno de nosotros podía ver.
— «No hoy», dije de inmediato. «Hoy no».
El oficial dudó, pero finalmente asintió.
— «Entiendo», respondió. «Pero esto es importante».
— «Lo sé», dije. «Y voy a cooperar en todo. Pero hoy… solo quiero que esté bien».
El oficial tomó nota y se apartó sin insistir más.
Derek me miró de reojo.
— «Esto apenas empieza», dijo.
Sabía que tenía razón.
Y esa era otra capa del peso que sentía.
Porque proteger a Noé no era solo sacarlo de esa casa.
Era enfrentarse a todo lo que vendría después.
A las preguntas.
A las decisiones.
A Lena.
Sentí un nudo en el estómago al pensar en ella.
No estaba ahí.
No había estado cuando su hijo la necesitaba.
Y ahora, todo lo que había evitado confrontar con ella ya no podía seguir escondido.
— «¿Sabías algo?», pregunté en voz baja, sin apartar la vista de la ambulancia.
Derek negó lentamente.
— «Sospechaba», admitió. «Pero no tenía pruebas. Y tú… no querías escuchar».
No lo dijo como reproche.
Lo dijo como un hecho.
Y dolió más por eso.
La puerta de la ambulancia se abrió, y uno de los paramédicos me hizo una seña.
— «Puede venir con él».
Subí sin pensarlo.
El interior era pequeño, lleno de luces blancas y sonidos constantes que marcaban cada segundo que pasaba.
Me senté junto a Noé y tomé su mano con cuidado.
— «¿Te acuerdas cuando fuimos al parque y viste ese perro enorme?», le dije suavemente. «El que parecía un león».
Sus labios se movieron un poco, como si intentara sonreír.
— «Sí…»
— «Eras más valiente que él», continué. «¿Recuerdas?»
Asintió muy levemente.