PARTE 2
El sonido del elevador hizo que todos afuera se callaran.
Primero escuché pasos. No eran pasos apresurados ni nerviosos. Eran firmes, ordenados, de personas acostumbradas a obedecer sin preguntar.
Una voz masculina habló en el pasillo:
—Aléjense de la puerta.
Doña Teresa respondió con desprecio:
—¿Y usted quién se cree?
—Seguridad privada. Muévase.
Hubo gritos, forcejeos, tacones arrastrándose sobre el piso. Rodrigo maldijo. Una de las primas empezó a decir que iba a llamar a su abogado. Yo miré a Camila, que seguía abrazándose las rodillas como si quisiera desaparecer dentro del vestido roto.
—Tu papá viene —le dije.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Papá?
Ernesto no había sido un padre presente. Había pagado colegios, viajes, doctores, regalos caros. Pero rara vez estaba. A veces Camila decía que su papá la quería como se quiere una inversión: protegiéndola desde lejos, sin tocarla demasiado.
Pero esa noche venía.
Y por primera vez en años, yo agradecí que el hombre que me había roto el corazón fuera también el hombre que podía romperles la vida a quienes tocaron a mi hija.
El timbre volvió a sonar, pero esta vez nadie gritó. Segundos después, escuché otra voz.
La de Ernesto.
—¿Dónde está mi hija?
Me temblaron las piernas.
Abrí la puerta.
Ernesto Salgado estaba en el pasillo con un abrigo negro empapado por la lluvia. Detrás de él había cuatro hombres de seguridad. Frente a él, doña Teresa, Rodrigo y las mujeres Mendoza parecían por primera vez menos arrogantes.
Doña Teresa cambió su tono de inmediato.
—Don Ernesto, qué pena todo esto. Camila tuvo una crisis. Ya sabe cómo son las jóvenes después de una boda, toman de más, se ponen sensibles…
Rodrigo añadió:
—Señor, yo amo a su hija. Solo queremos llevarla a casa.
Ernesto no les contestó.
Entró al departamento y vio a Camila.
Por un instante, el hombre poderoso desapareció. Solo quedó un padre mirando a su hija con el vestido de novia manchado de sangre.
Camila intentó levantarse.
—Papá…
Ernesto se arrodilló frente a ella. No la tocó al principio, como si tuviera miedo de hacerle más daño. Luego le puso una mano temblorosa en el cabello.
—Mi niña.
Camila se quebró en sus brazos.
Yo tuve que mirar hacia otro lado.
Pero cuando Ernesto se puso de pie, su rostro ya no tenía dolor.
Tenía sentencia.
—Que entren todos —ordenó.
Sus guardias hicieron pasar a Rodrigo, doña Teresa y las demás. De pronto, mi sala parecía un tribunal. Camila en el sillón, yo de pie junto a ella, y la familia Mendoza rodeada por hombres que ya no les permitían actuar como dueños de nada.
Ernesto miró a Rodrigo.
—Explícame.
Rodrigo levantó las manos.
—Señor, esto está exagerado. Camila se puso histérica. Mi mamá solo intentó calmarla.
—¿Tu mamá calmó a mi hija con cuarenta cachetadas?
Rodrigo tragó saliva.
Doña Teresa intervino.
—Don Ernesto, usted entiende de negocios. Ese departamento en Polanco iba a ser parte del matrimonio. Su hija no puede entrar a una familia escondiendo bienes.
Yo sentí náuseas.
Incluso con Camila ensangrentada a pocos metros, esa mujer seguía pensando en el departamento.
Ernesto la miró con una calma terrible.
—Ese departamento está en un fideicomiso irrevocable. Camila no puede transferirlo aunque firme llorando, casada o amenazada.
Doña Teresa perdió el color.
Rodrigo también.
—Lo que ustedes hicieron —continuó Ernesto— fue inútil para quitarle la propiedad. Pero perfecto para demostrar extorsión, amenazas y agresión.
Doña Teresa apretó los labios.
—No tiene pruebas.
Ernesto extendió la mano. Uno de sus guardias le dio una tablet.
La pantalla mostró un video.
Camila en la suite nupcial.
Doña Teresa entrando con los papeles.
Rodrigo en la puerta.
La primera agresión.
Camila soltó un gemido y escondió la cara en mi pecho.
Doña Teresa gritó:
—¡Eso es ilegal!
Ernesto ni parpadeó.
—No. Ese hotel es mío.
El silencio fue brutal.
Rodrigo abrió la boca, pero no salió nada.
—La suite tiene cámaras en la entrada y la sala privada, no en el dormitorio —dijo Ernesto—. Suficiente para ver cómo encerraron a mi hija, la amenazaron y comenzaron a golpearla.
Doña Teresa miró a Rodrigo con furia.
—¡Dijiste que su padre solo había pagado la boda!
Rodrigo murmuró:
—Yo no sabía…
Ahí entendí todo.
Habían investigado el departamento. Habían calculado el dinero. Habían visto a Camila como una muchacha sola, con una madre divorciada y un padre distante. Pensaron que nadie vendría por ella.
Pero se equivocaron.
A lo lejos se escucharon sirenas.
Doña Teresa cambió otra vez de cara.
—Don Ernesto, podemos arreglar esto en privado. Piense en la reputación de Camila.
Yo di un paso al frente.
—La reputación de mi hija sobrevivió a su hijo cuidando la puerta mientras ustedes la golpeaban.
Rodrigo me miró con odio.
—Usted no sabe con quién se está metiendo.
Ernesto se acercó a él.
—No, muchacho. Tú no sabías con quién te casaste.
La policía llegó minutos después con paramédicos y una agente especializada. Camila declaró con la voz rota, pero clara:
—Ellos me golpearon. Mi esposo ayudó.
Rodrigo perdió el control.
—¡Maldita ingrata! ¡Tú solo tenías que servir para algo!
Todos se quedaron quietos.
Hasta doña Teresa cerró los ojos.
Rodrigo acababa de decir en voz alta la verdad que intentaban esconder.
La agente miró a Ernesto.
—Tenemos suficiente para proceder.
Mientras esposaban a Rodrigo, Camila no sonrió. Solo lo miró y dijo:
—Yo sí te amaba.
Él respondió con desprecio:
—Ese fue tu problema.
Y justo ahí, antes de que se lo llevaran, doña Teresa se inclinó hacia Camila y susurró algo que solo nosotras alcanzamos a escuchar:
—Esto no termina aquí, niña. Ahora vas a saber lo que cuesta humillar a los Mendoza.
Camila apretó mi mano.
Y yo supe que la peor parte apenas estaba por empezar.