Mi hermana estaba de pie en la sala del juzgado con una sonrisa arrogante y declaró: “Por fin, tu casa es mía.” Mis padres sonrieron orgullosos, viendo cómo su hija favorita reclamaba lo que ellos creían que era lo último que me quedaba. No dije una sola palabra. Entonces la jueza revisó los documentos, alzó una ceja y dijo: “Una de sus doce propiedades, ya veo.” En ese instante, todas sus sonrisas desaparecieron.

PARTE 2

—¿Doce propiedades? —repitió mi padre desde la banca, olvidando que no podía hablar en la sala.

La jueza lo miró por encima de sus lentes y él se hundió en su asiento como un niño regañado.

Daniela me observaba como si acabara de descubrir que había vivido treinta años al lado de una desconocida. Mauricio, en cambio, ya no parecía arrogante. Parecía calcular daños.

—Para precisar —dijo la jueza—, ¿cuántas propiedades integran su portafolio actualmente, señorita Salgado?

—Doce, Su Señoría. Oficinas en Santa Fe, locales comerciales en Querétaro, departamentos en Guadalajara, dos bodegas industriales en el Estado de México y tres propiedades residenciales. Valle de Bravo es únicamente mi casa de descanso.

Mi mamá se llevó la mano al pecho.

Durante años me habían imaginado endeudada, solitaria, amargada. Les convenía pensar eso. Era más fácil compadecerme que aceptar que la hija que despreciaban había construido algo que ninguno de ellos entendía.

El licenciado Cárdenas se levantó de golpe.

—Su Señoría, la situación económica de la demandada no cambia el hecho de que existe un documento firmado.

Mi abogado, el licenciado Gabriel Herrera, permaneció sentado unos segundos más. Era un hombre de pocas palabras, cabello canoso, traje gris oscuro y una calma que incomodaba. Cuando por fin se puso de pie, abrió su portafolio con dos clics secos.

—Tiene razón, colega —dijo—. La riqueza de mi clienta no invalida un contrato. Pero la falsificación sí.

Daniela giró hacia Mauricio.

—¿Qué?

Mauricio no la miró.

Herrera entregó una carpeta roja a la jueza.

—Presentamos un análisis pericial caligráfico realizado por la doctora Marisol Aguirre. Comparó la firma del supuesto acuerdo con treinta y ocho documentos auténticos de mi clienta. La conclusión es clara: la firma fue falsificada.

—¡Objeción! —gritó Cárdenas—. Esto es una emboscada.

—Usted acaba de presentar el documento hace unos minutos —respondió la jueza sin levantar la voz—. Objeción rechazada.

Daniela empezó a perder color.

—Mauricio… tú me dijiste que Valeria lo había firmado. Me dijiste que ella se había arrepentido de tener esa casa.

Mauricio tragó saliva.

Herrera caminó hacia una pantalla instalada a un costado de la sala.

—La firma falsa es solo una parte del problema. También sabemos de dónde salió el papel membretado usado para fabricar este documento.

Presionó una tecla.

Apareció un video.

La imagen mostraba mi estudio en Valle de Bravo. La fecha en la esquina decía 12 de septiembre, casi dos meses después de la supuesta firma del acuerdo. La puerta se abrió con dificultad. Un hombre entró usando gorra y chamarra negra.

Era Mauricio.

Mi madre soltó un grito ahogado. Mi padre se quedó inmóvil.

En el video, Mauricio revisaba mis cajones, sacaba varias hojas con membrete de mi sociedad patrimonial y las guardaba dentro de su chamarra. Antes de irse, miró directo hacia la cámara.

Herrera pausó la imagen en su rostro.

—El señor Mauricio Rivas entró sin autorización a una propiedad privada, robó papelería corporativa y posteriormente la utilizó para falsificar un acuerdo de cesión.

Mauricio se levantó tan rápido que su silla cayó hacia atrás.

—¡Eso no vale! ¡Me grabaste sin permiso!

Yo lo miré por primera vez.

—Entraste a mi casa sin permiso.

Daniela retrocedió un paso.

—¿Lo hiciste? ¿Entraste a robarle?

Mauricio explotó.

—¡Lo hice por nosotros! ¡Tú eras la que no soportaba que tu hermana tuviera una casa mejor que la tuya!

La sala entera se quedó helada.

Daniela abrió la boca, pero no salió ningún sonido.

La jueza Morales golpeó el mazo.

—Señor Rivas, si vuelve a interrumpir, ordenaré que sea retirado de esta sala.

Pero todos sabíamos que ya era tarde.

Porque mi abogado aún no había mostrado la última prueba.