PARTE 2
La primera vez que ayudé a Santiago a ponerse de pie, toda la mansión dormía.
Afuera, la ciudad parecía otra: sin cláxones, sin vendedores, sin perros ladrando. Solo el sonido del aire acondicionado y nuestros corazones golpeando como tambores.
Le ajusté los soportes con las manos temblando. Yo no era enfermera. No sabía de rehabilitación. Solo sabía que nadie merecía ser tratado como un mueble roto escondido en el tercer piso.
—Si me caigo, no grites —dijo él.
—Si se cae, lo levanto.
—No me digas “usted”.
—Entonces no se rinda, Santiago.
Se agarró de mis hombros. Sus piernas temblaron. Conté.
—Uno… dos… tres.
Cayó de nuevo en la silla, sudando, con los ojos llenos de rabia y lágrimas.
—Me paré —susurró.
—Se paró.
A la semana ya resistía diez segundos. Al mes, dio su primer paso entre la cama y la silla. Se rió como un niño, tapándose la boca para que nadie escuchara. Yo también reí, aunque se me llenaron los ojos de lágrimas.
Pero en esa casa, los milagros no duraban mucho tiempo escondidos.
Diego Alcázar, el hermano menor, empezó a mirarme demasiado. Era guapo, elegante y cruel. Sonreía frente a las visitas, pero a los empleados nos hablaba como si fuéramos polvo.
Una tarde me cerró el paso cerca de la cava.
—Tú eres la muchachita nueva, ¿no? La que limpia el cuarto del inválido.
Apreté la canasta de ropa.
—Llevo su comida, señor.
—Qué ternura. ¿Y el príncipe roto ya te cuenta sus tragedias?
No respondí. Esa noche, Santiago notó mi cara.
—Fue Diego, ¿verdad?
Yo callé.
—¿Qué te dijo?
—Nada importante.
—Si te humilló, sí importa.
Esas palabras me dolieron más que el insulto. En mi casa nadie había dicho jamás que lo que yo sentía importaba.
Entonces Santiago me contó la verdad que recordaba a pedazos: él y Diego habían discutido la noche del accidente. Su abuelo había dejado un fideicomiso que entregaría el control del Grupo Alcázar al primer nieto capaz de dirigirlo antes de cumplir veinticinco años. Santiago era el elegido. Diego lo odiaba.
—Recuerdo su mano en el volante —dijo Santiago—. Pero todos dijeron que eran delirios por los medicamentos.
A partir de ese día, el secreto dejó de ser solo terapia. Se volvió peligro.
Una madrugada encontré una cámara oculta en el pasillo del tercer piso. Después descubrí una pantalla privada en el cuarto de seguridad. Alguien vigilaba la puerta de Santiago.
Me escondí cuando Diego entró hablando por teléfono.
—No sabe nada —dijo—. Cree que sigue inútil. La criada es el problema. Entra de noche.
Sentí que la sangre se me congelaba.
—Cuando mi papá firme los papeles nuevos del fideicomiso, Santiago puede hasta bailar si quiere. Ya no va a cambiar nada.
Esa misma noche se lo conté.
Santiago se quedó blanco.
—Si me declaran incapaz, Diego se queda con todo.
—¿Y si demuestras que puedes mejorar?
Sus ojos se endurecieron.
—Entonces él pierde.
Buscamos pruebas. Yo aprovechaba que era invisible: limpiaba estudios, abría cajones, fotografiaba papeles. Encontré informes médicos falsos diciendo que Santiago no tenía respuesta motora ni estabilidad mental. Todos firmados por el doctor Ramiro Cárdenas, el especialista que apenas lo revisaba tres minutos al mes.
Cuando salí del despacho, Don Esteban, el mayordomo, me estaba esperando.
Pensé que me despediría.
Pero cerró la puerta y me entregó una memoria USB.
—Su abuelo me pidió guardar esto —dijo—. Es video de la noche del accidente.
El video mostraba a Diego discutiendo con Santiago, luego dentro del coche, lanzándose sobre el volante. Después, un destello blanco.
Santiago no lloró al principio. Solo cerró la laptop.
—No estaba loco.
—No.
—Mi hermano me hizo esto.
Esa noche se puso los soportes y caminó tres pasos con una furia que parecía sostenerlo.
Dos días después, Diego me acorraló en un cuarto de blancos.
—Vete antes del viernes —me susurró—. O le digo al casero de tu familia que cobre todo lo que tu papá debe. Los dejo en la calle.
La puerta se abrió.
Don Esteban estaba grabando con su celular.
—Suéltela, joven Diego.
Diego sonrió con odio.
—Esto no se acaba aquí.
Al mediodía siguiente, Doña Beatriz me llamó a la sala.
Mi mamá estaba ahí. Mi papá también.
Diego sonreía junto a la chimenea.
—Camila —dijo Doña Beatriz—, estás despedida por conducta inapropiada con mi hijo.
Mi mamá me agarró del brazo.
—¡Pide perdón! ¿Sabes lo que vale este trabajo?
Entonces se abrió el elevador.
Y todos dejaron de respirar.
Santiago salió de pie, apoyado en un andador.