
Me llamo Mariana y tengo 34 años. Trabajo como gerente de cuentas en una empresa internacional, de esas donde te toca lidiar con clientes importantes, contestar mensajes a horas rarísimas y subirte a un avión como si fuera cosa de todos los días. Vivo con la maleta medio hecha, duermo poco y a veces siento que mi vida pasa entre salas de juntas y aeropuertos, pero el sueldo lo compensa. Por lo menos eso me repetía.
Hace 6 meses me compré algo con lo que llevaba años soñando: una casona antigua en la Ciudad de México, de esas que todavía tienen techos altísimos, pisos de madera que crujen y ventanas enormes por donde entra una luz que parece de película. Está en una zona donde aún quedan casas con historia. A mis amigos les encanta venir, no por mí, la verdad. Vienen por la casona, llegan, toman fotos, suben historias, hacen poses en la escalera, se emocionan con los vitrales.
La semana pasada vino Paola con su cámara y se volvió loca. “Mariana, esto está precioso”, decía mientras disparaba foto tras foto. “Hasta el pasillo se ve bien”. Yo sonreía, pero por dentro pensaba en otra cosa. Hay algo que ninguno de mis amigos entiende del todo. Mis papás y mi hermana menor nunca han pisado esta casa. Ni siquiera saben que la compré. No hemos hablado en 16 años. Y no fue por una discusión tonta, fue por una traición.
Cuando yo tenía 18 años, me aceptaron en la universidad con beca completa de colegiatura. Yo estaba feliz. Había estudiado como si me fuera la vida en eso. Llegué a la casa con la carta en la mano y sentí que por fin iba a respirar. Pero yo también sabía algo más. Desde niña escuchaba a mis papás hablar de un dinero que estaban guardando para la universidad. No era una cuenta a mi nombre, era su ahorro, pero siempre lo decían como si fuera para mí y para mi hermana Renata, que es cinco años menor.
Yo los oía hablar cuando creían que yo no estaba cerca. Ese ahorro era grande. Mis papás lo mencionaban con cuidado, como quien cuenta billetes sin querer decirlo en voz alta. Con los años entendí que eran cerca de un millón de pesos mexicanos. No esperaba que me regalaran una vida de lujo, solo pensaba en lo lógico. La beca pagaba la colegiatura, sí, pero yo iba a estudiar fuera de la ciudad. Tenía que rentar, pagar transporte, comprar libros, copias, una computadora decente, comida. La beca no pagaba la vida.
Nunca voy a olvidar esa conversación. Estábamos en la cocina. Yo tenía la carta en la mano y casi no podía quedarme quieta. “Mamá, papá, me dieron la beca completa”, dije. “Completa”. Mi mamá sonrió, pero algo en su cara me hizo bajar el volumen. “Qué bueno, mi hija”, dijo. “Qué alegría”. Yo respiré hondo. “Entonces, lo del ahorro para la universidad…”, empecé, tratando de sonar tranquila. “Yo quería hablar de eso”.
Mi papá miró a mi mamá. Se dijeron cosas sin hablar, como hacen las parejas que llevan años juntas. Luego mi papá se aclaró la garganta. “Mira, Mariana”, dijo, “como ya tienes beca, decidimos que ese dinero se va a quedar para Renata”. Me quedé viéndolos como si no hubiera escuchado bien. “¿Cómo que se va a quedar para Renata?”. “Pues sí”, dijo mi mamá, como si fuera lo más obvio del mundo. “Tú ya no lo necesitas”.
“Sí, lo necesito”, respondí rápido. “La beca no paga renta, no paga comida, no paga materiales, no me van a regalar un departamento”. Mi papá me interrumpió. “Vas a ver cómo le haces. Eres lista. Lo lograste con la beca”. Sentí que me subía el calor a la cara. “Pero ese dinero también era para mí”, dije. “Ustedes siempre dijeron que era para las dos”. “Renata va a necesitarlo”, contestó mi mamá. “No sabemos si ella vaya a tener las mismas oportunidades”.
Ahí fue cuando me quebré. Me salió una mezcla de coraje y dolor. “Esto es injusto”, dije ya sin cuidado. “Me están dejando sola, me están traicionando”. Ni siquiera terminé de procesar la palabra cuando sentí el golpe. Mi mamá me dio una bofetada tan fuerte que se me fue el sonido por un segundo. Me ardió la mejilla y me zumbó el oído. “No te atrevas a hablarnos así”, dijo con los dientes apretados.
Mi papá se levantó de la silla. Tenía la cara roja, como si yo fuera la mala. “Te me sales de esta casa”, dijo. “Ahorita”. Yo me levanté temblando. “Perfecto”, grité. “Me voy. Me voy y no vuelvo”. Ese día hice cajas como si me estuviera arrancando la piel. Metí ropa, cuadernos, fotos, lo que pude. Lloré de coraje, de miedo, de humillación. Renata se asomaba a mi cuarto callada. No me dijo nada, ni una palabra.
Al día siguiente pedí un taxi de sitio y me fui con mis maletas. No tenía plan, solo tenía orgullo y una mezcla rara de tristeza con rabia. Los papás de Paola me recibieron, me dieron un cuarto, no me cobraron, no me hicieron preguntas incómodas, me dijeron que me calmara, que ahí podía estar tranquila. Yo me sentía como un estorbo, así que empecé a trabajar medio tiempo en la cafetería que tenían cerca. Ahorraba todo.
Cuando llegó el momento de irme a la universidad, la mamá de Paola me abrazó y me puso un sobre en la mano. “Son 30,000 pesos mexicanos”, me dijo. “Para el depósito y el arranque, para que no te vayas con el puro susto. Confiamos en ti”. Yo me quedé sin palabras. Eso, viniendo de alguien que no era mi sangre, me pegó más que cualquier golpe. Con ese dinero renté un cuarto con dos compañeras. Estudiaba de día, de noche, trabajaba en lo que saliera, a veces en la cafetería, a veces en un lugar de copias, a veces ayudando a una señora con su tienda.
Mientras otros regresaban a su casa en vacaciones, yo me quedaba trabajando turnos dobles. Comía lo más barato: maruchán, tortas sencillas, arroz, lo que alcanzara. Aprendí a estirar el dinero como si fuera liga. Renata me mandó un par de tarjetas el primer año, cosas cortas, sin decir mucho. Yo no respondí, no podía, me ardía todo. Después de eso, ya no mandó nada. Yo tampoco. Había un silencio enorme que se volvió costumbre.
Me gradué, entré a una empresa grande, me fui abriendo paso, me costó, me cansó, pero lo logré. Y cuando por fin tuve estabilidad, me compré esta casa. La casona era mi prueba de que podía y también era mi refugio, o eso creía. Un sábado por la mañana yo estaba tranquila, con café en mano. Cuando tocaron la puerta, fui a abrir sin pensar demasiado y casi se me cae la taza. Ahí estaban mi mamá, mi papá y Renata, como si el tiempo no hubiera pasado. Como si no hubieran pasado 16 años.
“Hola, Mariana”, dijo mi mamá con una sonrisa exageradamente amable. Yo me quedé parada sin poder moverme. Mi papá miraba la fachada con aprobación, como si estuviera evaluando una compra. Renata ni me veía. Estaba con el celular. “¿No nos vas a invitar a pasar?”, dijo mi mamá. Antes de que yo reaccionara, se colaron en cuanto abrí. Entraron como si tuvieran prisa por reclamar espacio. Yo seguí detrás, todavía en shock.
Mi papá soltó un silbido bajito al ver la sala. “Está bonita”, dijo. “De esas casas antiguas se ve cara”. Mi mamá ya andaba tocando cosas, viendo cuadros, abriendo puertas. “¿Por qué no nos dijiste que compraste casa?”, preguntó. “¿Y la inauguración? Ni una comida, nada”. Por fin encontré la voz. “Ustedes y yo no hablamos desde hace 16 años”. Mi mamá agitó la mano como si yo estuviera exagerando. “Eso ya pasó”, dijo. “Ya estuvo. No vamos a vivir con eso”.
Yo sentí un impulso de gritar. “¿Cómo encontraron mi dirección?”, pregunté. “Nos encontramos a la mamá de tu amiga Paola en el supermercado”, contestó mi mamá, “y nos platicó. Dijo que estabas muy bien, que tenías una casa preciosa”. Paola y yo seguíamos en contacto de vez en cuando y su mamá, como siempre, era de las que creen que unir gente siempre es buena idea. “¿Y a qué vinieron?”, pregunté. “Porque no creo que hayan venido a saludar”.
Renata levantó por fin la vista. Tenía 29 años. Era bonita, sí, pero la mirada era la misma de siempre. Mi mamá se sentó en mi sillón como si fuera suyo. “Renata tiene noticias”, dijo. Yo por un segundo pensé algo ingenuo. Pensé que tal vez venían a arreglar algo. Renata sonrió. “Me voy a comprometer”, dijo. “Diego me pidió matrimonio el mes pasado y vamos a hacer una fiesta”. “Felicidades”, dije, cuidando cada palabra. Esperé la invitación. Esperé que por lo menos me dijeran: “Queremos que estés”. Pero Renata soltó una risita.
“No vinimos a invitarte”, dijo. Yo parpadeé. Entonces mi mamá se inclinó hacia mí, emocionada. “Renata vio fotos de tu casa en redes. Una amiga tuya subió unas fotos y se enamoró de este lugar”. Se me heló el estómago. Renata se puso más derecha. “Queremos hacer la fiesta aquí”, dijo, “en tu casa”. Me quedé viéndola. “Perdón, ¿qué?”. “Es perfecta”, siguió ya emocionada. “Tiene un ambiente increíble. Parece de otra época. Nosotros queremos una fiesta temática como de principios del siglo XX. Este lugar es ideal”.