PARTE 2
Vendí la mansión antes de que el divorcio cumpliera un mes. No porque Alejandro me obligara, sino porque cada pared repetía su voz. Con ese dinero compré una casa amplia y vieja en Coyoacán, de esas con patio, azulejos rotos y bugambilias trepando por la barda.
Ahí llegaron mis cuatro terremotos.
Mateo tenía nueve años y miraba como adulto cansado. Protegía a sus hermanos con una furia que a veces parecía grosería, pero era miedo. Lucía, de siete, casi no hablaba; desarmaba radios, controles, licuadoras, cualquier cosa que tuviera tornillos. Diego, de cinco, escondía bolillos en los cajones porque creía que la comida se acababa si no la guardaba. Sofía, de tres, despertaba gritando por las noches y solo se calmaba si yo le cantaba bajito “Cielito lindo”.
La primera semana lloré más que ellos.
No era la maternidad que imaginé. Había platos rotos, berrinches en la calle, juntas con psicólogas del DIF, vecinos metiches preguntando si “de verdad me convenía cargar con niños así”. También había frijoles quemados, uniformes manchados, tareas pegadas con resistol y cuatro manitas buscándome cuando tenían miedo.
Alejandro apareció en revistas con Valeria y su bebé, Emiliano. “El heredero Garza”, decía una portada. En Navidad me mandó una tarjeta con foto familiar frente a un pino enorme.
Ojalá hayas encontrado paz en tu vida tranquila.
La rompí en cuatro pedazos y la eché al bote.
Esa misma noche, Mateo encontró los pedazos.
“¿Él es el señor que te hizo llorar?”, preguntó.
No supe qué decir.
Mateo apretó la mandíbula.
“Entonces no merece estar en esta casa.”
Yo lo abracé. Por primera vez desde el hospital, no me sentí defectuosa.
Para mantenernos, abrí una pequeña consultoría educativa. Ayudaba a escuelas privadas a diseñar programas para niños con trauma, becas y necesidades especiales. No me hice rica. Pero pagaba terapias, colegiaturas, croquetas para el perro que Diego rescató y tamales los domingos.
Dos años después, cuando la casa por fin olía a hogar y no a emergencia, llegó el golpe.
Un correo con membrete de un despacho corporativo cayó a mi bandeja. Decía que una empresa quería absorber mi consultoría por “incumplimientos comerciales” y deudas inventadas con proveedores que yo jamás contraté. Si no firmaba, me llevarían a juicio y congelarían mis cuentas.
Leí el documento tres veces.
Algo no cuadraba.
El lenguaje era demasiado agresivo para una empresa tan pequeña. Además, mencionaba contratos antiguos de mi matrimonio, papeles que solo alguien de la casa Garza podía conocer.
Lucía, que tenía nueve, se sentó a mi lado y señaló la esquina inferior.
“Mamá, ese logo está escondido dentro del otro.”
Acerqué la pantalla. Detrás del nombre del despacho aparecía una marca casi invisible: Grupo Garza Inversiones.
Recordé entonces que, semanas antes, un proveedor desconocido me había ofrecido crédito demasiado fácil. También recordé a Valeria siguiéndome en Facebook desde una cuenta falsa.
Me quedé helada.
Alejandro no solo me había abandonado.
También quería borrar lo único que yo había construido después de él.
Y lo peor no era eso: junto al correo venía un archivo adjunto titulado “Estrategia final contra M. Salazar”.