PARTE 3
Paola me lo dijo clarito:
—No vas a confrontarlos sola.
—No pensaba hacerlo.
—Sí pensabas. Te conozco.
Estábamos en su despacho, en la colonia Juárez, con una carpeta gruesa entre las dos. Afuera se oían cláxones, vendedores de tamales y el ruido de la ciudad como si nada se estuviera cayendo.
—Una mujer embarazada no tiene que demostrar valentía metiéndose a la jaula —me dijo—. Tiene que salir viva.
Asentí, aunque por dentro me ardía todo.
El sábado me puse un vestido negro amplio, zapatos bajos y el cabello recogido. No quería verme destruida. Quería verme despierta.
Paola pasó por mí con dos celulares cargados, copias de documentos y una serenidad peligrosa.
—Tú no vas a decir de más.
—No prometo nada.
—Promete no parir ahí.
—Eso no depende de mí.
El jardín estaba en una casa enorme de Lomas de Chapultepec, con valet parking, bugambilias recortadas y meseros de camisa blanca. Desde afuera se escuchaban risas, música suave y copas chocando.
Entré sin tocar.
Había globos beige y dorados, flores caras, una mesa de postres perfecta, galletas en forma de mameluco y cupcakes con el nombre Mateo.
Vi a Diego junto a Valeria. Ella traía un vestido blanco ajustado, una banda rosa sobre la panza y las uñas impecables. Él tenía una mano sobre su vientre, orgulloso, como si hubiera construido una familia limpia.
Pero cuando me vio, se puso pálido.
—Mariana.
La música pareció apagarse sola.
Alicia estaba junto a la mesa principal, con collar de perlas y sonrisa congelada. Se levantó tan rápido que casi tira su copa.
—¿Qué haces aquí? —escupió.
Caminé despacio. Cada paso me dolía en la espalda, pero no iba a detenerme.
—Vine a felicitar a la familia.
Valeria soltó una risa nerviosa.
—Diego, ¿qué es esto?
La miré.
—¿Tú eres Valeria?
Levantó la barbilla.
—Sí.
—Qué bonita fiesta. Mis sesenta y ocho mil quinientos pesos rindieron bastante.
Un murmullo cruzó el jardín.
Diego vino hacia mí.
—Vámonos.
—No.
—No hagas un espectáculo.
—Qué curioso. Tú organizaste uno.
Intentó tomarme del brazo, pero Paola se interpuso.
—No la toque.
Diego la reconoció.
—Tú.
—Yo —respondió ella—. Y le recomiendo medir muy bien su siguiente movimiento. Hay testigos.
Alicia se acercó, roja de coraje.
—Mi nuera está histérica. Pobrecita, el embarazo la tiene fuera de sí.
Saqué unas copias de mi bolsa. No eran todos los documentos, solo los suficientes.
—Transferencia a mi cuenta con concepto para Valeria y su bebé. Mensajes donde Valeria reconoce el error. Otro donde menciona que usted, Alicia, iba a convencerme de firmar el departamento después del parto.
Alicia retrocedió.
—Eso es mentira.
—También hay estados de cuenta. Cargos a mi tarjeta. Pagos al jardín. Decoraciones. Muebles. Todo mientras Diego me decía que no había dinero para la cuna de mi hija.
Valeria miró a Diego como si apenas entendiera de dónde salía el dinero de su cuento.
—Tú me dijiste que estabas separado.
Sentí cansancio. No compasión. Cansancio.
—A todos les dijo lo que necesitaban escuchar.
Diego apretó los dientes.
—Ya basta.
—No. Apenas estoy empezando.
Entonces Valeria hizo algo que no esperaba. Quitó la mano de su vientre.
—Yo no sabía lo del departamento.
Diego giró hacia ella.
—Cállate.
La palabra cayó seca. Fea. De esas que no solo le hablan a una mujer, sino a todas.
Valeria se quedó helada. Luego sus ojos se llenaron de rabia.
—A mí no me hablas así.
—Te dije que te calles.
Paola levantó su celular.
—Estoy grabando.
Diego se detuvo.
Los invitados ya no fingían discreción. Todos miraban.
Alicia intentó salvarlo.
—Mi hijo cometió un error, nada más. Mariana siempre ha sido difícil. Manipuladora. Desde que se embarazó se volvió insoportable.
Algo se quebró dentro de mí, pero no lloré.
—Su hijo me hizo pagar consultas, vitaminas y despensa mientras usaba mis tarjetas para mantener esta mentira. Su hijo dejó que usted entrara a mi casa a presionarme para entregar un departamento que compré con el seguro de vida de mi papá.
Silencio.
Hasta el mesero con limonada rosa se quedó quieto.
Diego soltó una risa amarga.
—Ese departamento también me corresponde.
—No —dije—. Y ya hay documentos que lo dejan claro.
Su cara cambió.
—Te voy a quitar todo, Mariana. Todo.
Paola sonrió apenas.
—Gracias, Diego.
Él entendió demasiado tarde que acababa de decirlo frente a todos.
Entonces Valeria, llorando, sacó su celular.
—Yo tengo más mensajes.
Diego dio un paso hacia ella.
Y justo cuando ella iba a desbloquear la pantalla, sentí un dolor profundo en el vientre.
Me doblé.
Paola me sostuvo.
—Mariana.
Miré a Diego con lo último de calma que me quedaba.
—Ahora sí vas a ver lo que provocaste.