Mi esposo me regaló un vestido precioso después de un viaje de negocios. Al día siguiente, mientras él estaba en el trabajo, descubrí algo que me dejó helada…

PARTE 1

“Póntelo mañana en la cena con mis socios. Quiero que todos vean la esposa que tengo.”

Cuando Ricardo me dijo eso, con una caja blanca entre las manos y una sonrisa que no le conocía, sentí un frío raro en el pecho.

Mi nombre es Marisol Cárdenas. Tengo treinta y ocho años y desde hace seis dirijo las farmacias que mi mamá levantó desde cero en la Ciudad de México. Tres locales pequeños, nada de lujos, pero suficientes para pagar sueldos, ayudar a vecinos y mantener vivo el apellido de mi madre.

Ricardo era mi esposo desde hacía once años.

Siempre fue un hombre serio, elegante, de esos que hablan bajito para parecer más inteligentes. Trabajaba como analista financiero y presumía ser “práctico”. En su idioma, práctico significaba no comprar flores, no celebrar aniversarios con regalos, no gastar en detalles “innecesarios”.

Por eso, cuando volvió de un supuesto viaje de trabajo a Monterrey con una caja enorme amarrada con listón dorado, supe que algo no cuadraba.

“Ábrela”, insistió.

Dentro había un vestido verde esmeralda, precioso, de tela suave y brillante. Era el tipo de vestido que yo jamás me habría comprado. Busqué la etiqueta.

Doce mil pesos.

“Ricardo… ¿esto cuánto te costó?”

“Lo vi en una boutique allá. Pensé en ti.”

Me besó la frente como si hubiera hecho algo noble. Yo sonreí, pero por dentro algo me raspaba.

A la mañana siguiente él se fue temprano a la oficina. Dijo que tenía que cerrar un reporte urgente. Yo me quedé en casa revisando papeles de una inspección sanitaria.

A eso de las dos tocaron la puerta.

Era Lucía, su hermana menor. Treinta y cinco años, maestra de kínder, dulce, distraída, siempre cargando bolsas, recibos y preocupaciones.

“¿Está Ricardo?”, preguntó.

“No, pasó a la oficina. Entra, te preparo café.”

Platicamos en la cocina de lo caro que estaba todo, de sus alumnos, de una gotera en su departamento. Después pasamos a la sala y sus ojos se fueron directo a la caja.

“¿Y eso?”

“Un regalo de Ricardo.”

Lucía levantó el vestido con cuidado y abrió la boca.

“Marisol, esto es carísimo. ¿Me lo puedo probar? Nada más un minuto.”

Me reí.

“Claro. Pero no lo manches, porque si lo rompes, lo vamos pagando juntas en abonos.”

Entró a mi recámara. Cuando salió, el vestido le quedaba perfecto. El verde resaltaba su piel clara y por un segundo parecía otra persona.

“Mírame”, dijo girando frente al espejo. “¡Parecemos de telenovela!”

Entonces dejó de reír.

Se llevó la mano al cuello.

Tosió una vez.

Luego otra.

“¿Lucía?”

“No puedo respirar”, dijo con la voz rota.

Me levanté de golpe.

Su cuello se estaba poniendo rojo, con ronchas que avanzaban hacia el pecho. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

“Me arde. ¡Quítamelo, Marisol! ¡Quítamelo!”

Le bajé el cierre con manos temblorosas. El vestido cayó al piso y Lucía se alejó de él como si fuera una víbora.

Llamé a la ambulancia. Mientras llegaba, le di un antihistamínico que tenía guardado.

Yo conocía esa reacción.

Cinco años antes, una blusa tratada con cierto tinte sintético casi me mató. Ricardo estuvo en el hospital. Vio cómo me intubaron. Escuchó al doctor decir que una próxima exposición podría ser fatal.

Ricardo sabía.

Cuando los paramédicos estabilizaron a Lucía, una de ellas levantó el vestido con guantes y frunció la nariz.

“Huele muy fuerte a químico. Esto no es normal.”

Después de que se llevaron a Lucía, me quedé sola frente al vestido verde.

Hermoso.

Caro.

Y venenoso.

Con guantes de limpieza revisé la caja. Encontré el ticket doblado bajo el papel de seda.

No era de Monterrey.

El vestido había sido comprado en Polanco, el jueves por la tarde, un día antes de que Ricardo volviera.

En nuestra propia ciudad.

Le llamé.

“¿Qué pasa, Marisol? Estoy ocupado.”

“Lucía se probó el vestido. Terminó en ambulancia.”

Silencio.

“El vestido tiene algo. Le dio una reacción alérgica. Igual que a mí me habría dado.”

“Seguro fue casualidad.”

“El ticket dice que lo compraste en Polanco.”

Otra pausa.

“No lo compré yo. Se lo pedí a una compañera. Camila sabe de ropa.”

“Dame su número.”

“No.”

Lo dijo demasiado rápido.

“¿Por qué no?”

“Porque estás actuando como loca. Tira el vestido y deja de inventar novelas.”

Me colgó.

Y en ese instante entendí que mi esposo no me había dado un regalo.

Me había entregado una amenaza envuelta en papel fino.

No podía creer lo que estaba por ocurrir…