PARTE 2
6 hombres con trajes negros entraron sin pedir permiso. No parecían escoltas comunes. Caminaban con una precisión silenciosa, como si ya conocieran cada rincón de la mansión.
2 aseguraron la entrada. Otros 2 se colocaron junto a Adrián. Detrás de ellos llegaron paramédicos privados con maletines médicos.
—Señora Alcázar —dijo el primero, arrodillándose frente a Mariana—. Vamos a levantarla con cuidado.
Adrián reaccionó tarde.
—¡Nadie toca a mi esposa en mi casa!
Uno de los hombres lo miró sin emoción.
—Apártese.
La palabra fue tan seca que Adrián obedeció sin darse cuenta.
Los paramédicos ayudaron a Mariana a sentarse en un sillón de piel junto a la chimenea. Ella rechazó la camilla. Quería estar consciente. Quería mirar.
Camila retrocedía hacia la barra, apretándose el vientre.
—Adrián, dime qué está pasando.
Él no respondió. Tenía la mirada clavada en Mariana, como si intentara reconstruir todos los años de matrimonio.
Ella nunca presumía joyas. Nunca aparecía en revistas. Nunca hablaba de su familia. Nunca firmaba con su apellido completo.
Mariana Alcázar Villaseñor.
Ese apellido que él había creído una coincidencia.
Entonces entró un hombre de cabello cano, traje gris y portafolio metálico. Rodrigo Iturbide, abogado principal de Ernesto Alcázar.
Se agachó, recogió el contrato manchado de sangre y lo revisó con desprecio.
—Un acuerdo firmado bajo coerción física —dijo—. Inservible. Y bastante estúpido.
Lo rompió en 4 pedazos y dejó caer los trozos sobre las piernas de Adrián.
—Tiene 10 minutos para desalojar la propiedad.
Adrián soltó una risa nerviosa.
—¿Desalojar? Mi nombre está en las escrituras.
Rodrigo abrió el portafolio y sacó varios documentos.
—Su nombre está en un contrato de residencia temporal pagado por un fideicomiso privado de la señora Alcázar. Usted no posee esta casa. No posee el terreno. No posee ni la fuente de la entrada.
Adrián palideció.
—Mi empresa…
—Fue rescatada hace 3 años con capital de Mariana. Los consejeros que lo apoyaron fueron colocados por Grupo Alcázar. Las líneas de crédito que usted presumía en entrevistas dependían de ella.
Mariana no apartó los ojos de él.
—Yo nunca quise humillarte, Adrián. Solo quería saber si alguna vez ibas a quererme sin creer que me estabas haciendo un favor.
Camila soltó un sollozo fingido.
—Yo no sabía nada. Él me dijo que se iba a divorciar. Me dijo que Mariana era una carga.
Rodrigo la miró.
—Usted sabía más de lo que dice.
Camila apretó la mandíbula.
—Estoy embarazada. No pueden dejarme en la calle.
Mariana habló por primera vez con firmeza.
—Muéstrele el expediente.
Rodrigo sacó un sobre sellado.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué expediente?
—Clínica Santa Fe —leyó Rodrigo—. Paciente: Camila Ríos. Análisis de sangre realizados hace 48 horas. Nivel de hCG: cero. La paciente no está embarazada.
Camila se quedó congelada.
Rodrigo continuó:
—Además, consta una salpingoclasia voluntaria realizada hace 4 años. Embarazo natural imposible.
El silencio cayó como una losa.
Adrián giró lentamente hacia Camila.
—¿No estás embarazada?
Ella retrocedió.
—Iba a arreglarlo. Solo necesitaba que firmaras el divorcio. Tú nunca ibas a dejarla si no creías que tenías una familia conmigo.
—Destruí mi matrimonio por ti.
—No —dijo Mariana—. Lo destruiste por tu ego.
Adrián rugió y se lanzó hacia Camila, pero los escoltas lo detuvieron antes de que diera 2 pasos. Lo tiraron contra el mármol, sujetándole los brazos detrás de la espalda.
Afuera se escucharon sirenas.
Luces rojas y azules entraron por los ventanales.
Adrián levantó el rostro y vio al comandante Robles bajar de una patrulla.
Por un instante, sonrió con alivio.
—¡Robles! Gracias a Dios. Detén a esta gente. Invadieron mi casa.
El comandante entró, miró a Mariana herida, luego a Adrián en el piso.
Sacó unas esposas.
—Adrián Salvatierra, queda detenido por agresión, fraude corporativo, desvío de recursos y falsificación de documentos.
—Tú me debes favores —escupió Adrián.
Robles se inclinó.
—Y tú le robaste a la familia equivocada.
Las esposas cerraron con un clic.
Mariana pensó que ese sería el final.
Pero cuando Rodrigo recibió una llamada y su rostro cambió, ella entendió que todavía faltaba lo peor.
—Señora Alcázar —dijo él en voz baja—. Encontramos algo en las cuentas de Adrián. Y no solo le robó a usted.