Mi esposo me abofeteó repetidamente en la cara por un asunto trivial. A la mañana siguiente, al ver un banquete lujoso, dijo: “¡Qué bueno que por fin hayas entrado en razón!” Pero entró en pánico y casi se desmayó del shock al ver a los invitados sentados a la mesa…

PARTE 2

A las seis de la mañana, la casa olía a mantequilla, chile pasilla, pan recién calentado, fruta con miel, café de grano molido y cochinita pibil. La mesa del comedor estaba servida para doce personas, con vajilla de Talavera fina, copas de cristal y cubiertos de plata que Alejandro presumía cada vez que venían sus socios.

Doña Rebeca bajó primero, con perlas en el cuello y desprecio en la mirada.

Se detuvo al ver la mesa.

Luego sonrió.

“Vaya”, dijo despacio. “Al final el dolor sí educa.”

Puse una jarra de jugo de naranja sobre la mesa.

“Buenos días, Rebeca.”

Ella parpadeó. No le gustó que ya no le dijera suegra.

Diez minutos después apareció Alejandro con bata azul marino, el cabello húmedo y esa sonrisa de hombre convencido de que el mundo le pertenecía. Miró mi mejilla amoratada, luego el desayuno, y soltó una risa baja.

“Qué bueno que por fin entraste en razón.”

Doña Rebeca acomodó su servilleta.

“Ya entendió cuál es su lugar.”

Yo serví café en la taza de Alejandro. El café correcto. El caro. El que él decía que solo podía comprar alguien con buen gusto.

Se sentó en la cabecera, exactamente donde yo quería.

“Si te hubieras portado así desde el principio”, dijo, “este matrimonio habría sido mucho más fácil.”

“¿Para quién?”, pregunté.

Su sonrisa desapareció un poco.

“Cuidado, Mariana.”

Antes de que pudiera decir otra cosa, sonó el timbre.

Alejandro frunció el ceño.

“¿Esperas a alguien?”

“Sí.”

Doña Rebeca se enderezó.

“¿A esta hora?”

“Invitados”, respondí.

Alejandro se recargó en la silla.

“Perfecto. Que vean que ya aprendiste.”

Caminé hasta la puerta principal y la abrí.

Entró primero la licenciada Patricia Salcedo, mi abogada, con traje gris y una carpeta negra bajo el brazo. Detrás de ella venían dos policías uniformados. Luego entró el señor Garza, gerente del banco. Después, Julián, socio de Alejandro, pálido como papel. Al final apareció Lucía, la asistente que Alejandro siempre llamaba “una muchachita sin importancia”, abrazando una carpeta contra su pecho.

Cuando Alejandro los vio, la sangre se le fue de la cara.

“¿Qué demonios es esto?”, gritó.

Yo señalé la mesa.

“Desayuno.”

Nadie se rió.

La licenciada Salcedo se sentó a mi lado. Los policías permanecieron de pie. El señor Garza abrió su portafolio. Julián evitaba mirar a Alejandro. Lucía temblaba, pero no se fue.

Doña Rebeca apretó sus perlas.

“Alejandro, diles que salgan de mi casa.”

“Tu casa no es”, dije.

El silencio cayó como un golpe.

Alejandro empujó la silla hacia atrás.

“Todos fuera. Ahora.”

Uno de los policías dio un paso al frente.

“Señor Rivas, siéntese.”

Alejandro se quedó inmóvil.

Por primera vez en años, nadie obedeció sus órdenes.

Puse una tableta en medio de la mesa y presioné reproducir.

Su voz llenó el comedor.

“Mañana quiero desayuno listo. Un desayuno de verdad. Sin caras largas.”

Luego se escuchó la bofetada.

Doña Rebeca dejó de respirar.

Después sonó otra grabación. Su propia voz, fría, elegante y venenosa:

“A una mujer hay que corregirla temprano.”

Alejandro intentó lanzarse sobre la tableta, pero un policía le sujetó la muñeca antes de que pudiera tocarla.

Yo lo miré directo a los ojos.

“Te equivocaste de mujer.”

Entonces Lucía abrió la carpeta, y lo que sacó de ahí hizo que Alejandro casi cayera al suelo.