PARTE 2
Alejandro intentó quitarle el celular, pero Mariana se puso de pie antes de que él pudiera tocarla.
—No des un paso más —dijo ella.
Su voz salió baja, pero tan firme que Alejandro se detuvo.
—Mariana, por favor. No fue como crees.
Ella soltó una risa breve, seca, desconocida incluso para sí misma.
—¿No fue como creo? ¿También imaginé a mi prima diciendo que todavía hueles a ella?
Alejandro cerró los ojos.
Ese gesto fue peor que una confesión. No hubo sorpresa. No hubo indignación. Solo cansancio. Como si lo único que lamentara fuera haber sido descubierto.
—Fue un error —murmuró—. Tú estabas muy metida en tu negocio. Yo me sentía solo.
Mariana lo miró como si acabara de ver a un extraño usando la piel de su esposo.
—¿Y por sentirte solo te acostaste con mi prima?
Él se pasó la mano por el cabello mojado.
—Valeria me entendía.
La frase le golpeó más fuerte que cualquier insulto.
Mariana abrió de nuevo el chat y comenzó a reenviarse capturas. Alejandro palideció.
—¿Qué haces?
—Guardando memoria —respondió ella—. Porque mañana seguro todos van a decir que estoy exagerando.
Él cambió entonces. La súplica desapareció. Su mandíbula se endureció.
—No vas a armar un escándalo en casa de tu abuela.
—¿Perdón?
—Tu abuela tiene presión alta. Tu mamá no merece esto. Piensa antes de destruir a la familia por una cosa que podemos hablar en privado.
Mariana lo observó en silencio.
Ahí estaba la verdadera trampa: él no tenía miedo de perderla. Tenía miedo de perder la imagen del esposo perfecto.
Esa noche no durmió. Alejandro se quedó en la sala, mandando mensajes desde su computadora, creyendo que ella no lo escuchaba. A las 2:17 de la mañana, Mariana recibió una llamada de su mamá.
—Mija —dijo doña Lucía, con voz temblorosa—, Valeria me acaba de mandar un mensaje rarísimo. Dice que tú estás inestable, que tal vez mañana no conviene que vayas a la comida.
Mariana sintió que algo dentro de ella se rompía, pero no de dolor.
De furia.
—Mamá, apaga la estufa y escúchame bien.
Durante 20 minutos le contó todo.
La llamada. Los mensajes. Los hoteles. Las burlas.
Doña Lucía no lloró. No gritó.
Solo dijo:
—Mañana vas a ir. Y no vas a ir sola.
A las 3 de la madrugada, Mariana entró al correo de Alejandro desde la laptop familiar. No buscaba más dolor. Buscaba pruebas.
Encontró una carpeta llamada “Cotizaciones”.
Dentro había contratos de eventos, presupuestos y diseños robados de su empresa. Pero no estaban a nombre de Mariana.
Estaban a nombre de Valeria.
Valeria llevaba 8 meses usando el trabajo de Mariana para abrir su propia agencia.
Y Alejandro le había enviado cada archivo.
Entonces Mariana abrió un último documento.
Era una propuesta para decorar una boda en San Miguel de Allende.
La novia era Valeria.
El novio era Alejandro.
La fecha era en 3 meses.
Y la nota final decía:
“Después del divorcio, ella no podrá hacer nada. No tiene cómo probar que los diseños eran suyos.”
Mariana se quedó mirando la pantalla.
Ya no era una infidelidad.
Era un plan.
Y al amanecer, cuando se vistió para ir a la comida familiar, no eligió negro.
Eligió el vestido rojo que Alejandro siempre le había pedido no usar porque, según él, “llamaba demasiado la atención”.
Esta vez, Mariana quería que todos la miraran.