PARTE 1

—Si tanto te molesta, búscate un abogado y pide el divorcio, porque este fin de semana no pienso quedarme en la casa.
Andrés lo dijo mientras doblaba una camisa azul marino sobre la cama matrimonial, con la tranquilidad de un hombre que empaca para una junta de negocios, no para irse 3 días con otra mujer.
Mariana estaba parada en la puerta del cuarto, con los brazos cruzados y el pecho apretado. Miró cómo su esposo guardaba una loción nueva, ropa interior recién comprada y hasta el reloj que ella le había regalado en su último cumpleaños.
—Qué curioso —dijo ella, con una calma que casi daba miedo—. No sabía que los retiros de bienestar empresarial en Valle de Bravo exigían camisa de antro.
Andrés ni siquiera tuvo la vergüenza de ponerse nervioso.
—Voy con Fernanda porque es un evento de la oficina. Ya te lo expliqué.
Fernanda Ríos.
La compañera divertida. La que siempre “entendía” sus horarios. La que le mandaba mensajes a medianoche sobre pendientes urgentes. La que últimamente salía en todas sus historias de Instagram, riéndose junto a él en terrazas de Polanco, cafés de Santa Fe y cenas que Mariana jamás supo que existían.
En ese momento, el celular de Andrés vibró sobre el buró.
La pantalla se encendió antes de que él alcanzara a voltearlo.
“No aguanto más por estar contigo, amor.”
Andrés tomó el teléfono tan rápido que casi tiró la lámpara.
—Es spam —murmuró, metiéndolo en su maleta de piel—. No empieces.
Mariana soltó una risa seca.
—Qué cariñoso salió el spam.
Entonces Andrés la miró con una frialdad que le partió algo por dentro.
—Estoy harto de tus escenas. Si quieres hacerte la víctima, ve con un abogado. A ver si así dejas de molestarme.
Mariana no gritó. No lloró. No le aventó nada. Solo se hizo a un lado y lo dejó pasar con la maleta negra que habían comprado para su luna de miel en Cancún.
Cuando el coche salió del fraccionamiento, la casa quedó en silencio.
Pero no fue un silencio triste.
Por primera vez en años, Mariana sintió que la casa respiraba.
Se sentó en la barra de la cocina, abrió la laptop vieja de Andrés y puso la contraseña que él siempre creyó que ella no recordaba.
Ese fue su primer error.
El correo estaba abierto.
Lo primero que encontró fue una reservación en un hotel boutique de Valle de Bravo: suite con jacuzzi privado, cena romántica, masaje para pareja y botella de vino incluida.
Todo pagado con la tarjeta conjunta.
Luego abrió los estados de cuenta.
Restaurantes caros. Hoteles entre semana. Joyerías en Antara y Masaryk. Transferencias pequeñas, constantes, a una cuenta que Mariana no conocía.
Durante 11 meses, Andrés había estado sacando dinero de su matrimonio mientras ella trabajaba, hacía súper, pagaba servicios y creía que estaban ahorrando para remodelar el baño.
Después aparecieron los mensajes sincronizados.
Fernanda la llamaba “la señora de la casa”, como si Mariana fuera un mueble viejo que pronto iban a sacar.
Andrés le había escrito:
—Ella jamás se va a atrever a dejarme. Le gusta demasiado esta casa.
Mariana sintió que los dedos se le helaban.
Luego encontró el mensaje final.
“Cuando junte suficiente en la cuenta secreta, retiro mi parte y la dejo sin nada.”
Mariana cerró los ojos.
Una infidelidad dolía. Pero esto era otra cosa.
Andrés no solo la engañaba. La estaba vaciando.
A las 7 de la mañana del sábado llamó a Lucía Mercado, una abogada familiar que su hermana le había recomendado desde hacía meses.
A las 10 ya estaba en su oficina, en la colonia Del Valle, con capturas, estados de cuenta y la laptop bajo el brazo.
Lucía escuchó todo sin interrumpir.
—No lo enfrentes más —le dijo al final—. Ahora vamos a documentar.
Mariana abrió una cuenta nueva, cambió su nómina y empezó a juntar cada recibo.
Esa tarde, regresó a casa y comenzó a empacar las cosas de Andrés en cajas de cartón.
Ropa.
Zapatos.
Libros.
Su cafetera carísima.
Cada caja llevaba una etiqueta escrita con plumón negro.
El domingo por la noche, Andrés se equivocó y le mandó una foto: 2 copas frente a una chimenea, la mano de Fernanda sobre su pierna y la misma camisa azul marino que él había doblado frente a ella.
Mariana se la reenviió a Lucía con una sola frase:
“Una prueba más para la carpeta.”
Cuando cerró la última caja con cinta canela, entendió algo.
Andrés todavía no sabía qué iba a encontrar al volver.
Y lo peor para él apenas estaba por empezar.