PARTE 1

“¿Qué haces aquí?”, me dijo mi esposo… como si la intrusa fuera yo.
Traía en las manos un pastel de tres leches que había comprado en una panadería de la colonia Del Valle. Todavía venía frío, con fresas encima y una tarjeta pequeña que decía: “Para Fernanda, con cariño”. Fernanda era la viuda de Diego, el mejor amigo de mi esposo, muerto hacía apenas un mes por un infarto fulminante.
Yo imaginé encontrarla destrozada, sola, tal vez llorando en silencio en esa casa de Coyoacán donde tantas veces habíamos cenado todos juntos. Pero cuando la puerta se abrió, no fue Fernanda quien apareció.
Fue Alejandro.
Mi esposo.
El hombre que supuestamente estaba en Monterrey cerrando un contrato importante desde hacía tres días. El mismo que esa mañana me había mandado un audio diciendo: “Te extraño, mi amor, ya quiero volver a dormir contigo”.
Ahí estaba, descalzo, con la camisa abierta en el cuello, una copa de vino tinto en la mano y esa cara que jamás voy a olvidar. No era miedo. No era vergüenza. Era cálculo.
Detrás de él vi la sala iluminada con velas, dos copas servidas sobre la mesa y a Fernanda parada en el pasillo, pálida, con el cabello mojado, usando una bata que no parecía de alguien que estaba recibiendo visitas formales.
—Mariana —dijo Alejandro—. No es lo que estás pensando.
Yo miré el pastel. Luego lo miré a él.
—Pensé que estabas en Monterrey.
Se quedó callado un segundo de más.
—Regresé antes. Fernanda necesitaba ayuda con unos papeles de Diego.
—¿Y por eso no me avisaste?
Fernanda dio un paso al frente.
—Mariana, de verdad, esto tiene una explicación.
No grité. No aventé el pastel. No hice escena como en las novelas. Solo sentí algo dentro de mí romperse de una manera tan limpia que hasta dio miedo.
Alejandro intentó tomarme del brazo, pero me aparté.
—No me toques.
Bajé las escaleras con el pastel todavía en las manos. Al llegar al coche, lo dejé en el asiento del copiloto y manejé sin rumbo por media ciudad. Pasé por Insurgentes, por Viaducto, por calles que conocía de memoria, pero todo se sentía distinto, como si alguien hubiera cambiado el mapa mientras yo no miraba.
Alejandro llegó a casa cerca de las nueve.
Entró con cuidado, como si una palabra equivocada pudiera hacerlo perderlo todo.
—Mariana, necesito explicarte.
—Entonces explícame.
Se sentó frente a mí en la cocina. Dijo que Fernanda estaba muy mal, que Diego había dejado deudas, que él solo la estaba ayudando porque Diego había sido como su hermano. Dijo que no me avisó porque sabía que yo podía malinterpretarlo. Dijo que el vino fue para calmarla.
Lo escuché sin interrumpirlo.
Y mientras hablaba, entendí algo horrible: mi esposo no estaba improvisando. Esa historia la había preparado antes.
Esa noche fingí creerle.
Me acosté a su lado, escuché su respiración tranquila y esperé hasta que se durmió. Entonces tomé su celular. Sabía la contraseña: el cumpleaños de nuestra hija que nunca llegó, porque durante años habíamos dicho “el próximo año” hasta que dejamos de decirlo.
Busqué mensajes. No encontré a Fernanda con su nombre. La encontré guardada como “F. seguros”.
El último mensaje de ella decía:
“¿Crees que Mariana sospecha?”
Él había respondido:
“No. Lo controlé.”
Sentí náuseas.
Pero el siguiente mensaje fue peor.
Fernanda escribió:
“¿Cuándo le vas a decir lo del bebé?”
Se me helaron las manos.
Seguí bajando. Había otro mensaje, de dos semanas antes:
“Diego dejó una carta. Creo que sabía todo. Alejandro, tenemos que hablar antes de que Mariana la encuentre.”
Dejé el celular sobre la cama como si quemara.
En menos de un minuto, mi matrimonio dejó de ser una duda y se convirtió en una trampa.
Y todavía no sabía lo que Diego había dejado escrito para mí.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…