Me pagaron para fingir ser el hijo de una anciana en un asilo… pero al morir, ella dejó una última petición solo para mí.

PARTE 1

Me pagaron para llamar “mamá” a una anciana que no era mi madre… y lo peor es que terminé queriéndola más que su verdadero hijo.

Eran casi las doce de la noche cuando estacioné mi camioneta de reparto frente al edificio viejo de mi mamá, en la colonia Doctores. Llovía fuerte, de esa lluvia que convierte las banquetas en espejos rotos y hace que hasta la ciudad parezca cansada.

Subí tres pisos con una bolsa del mercado en una mano y sus medicinas en la otra. Antes de tocar, mi mamá abrió la puerta.

—Mijo, no deberías andar tan tarde.

—Estoy bien, má. Te traje tus pastillas y caldito de pollo, del que te gusta.

Ella me tocó la cara con sus manos tibias.

—Te ves acabado, Diego.

Sonreí como pude. No le dije que debía dos meses de renta, que la farmacia ya no me fiaba, que su tratamiento para la presión y el corazón me estaba dejando sin aire.

Al día siguiente, entre una entrega y otra, me senté en una cafetería cerca de Insurgentes. Apenas había dado el primer sorbo cuando un hombre de traje se sentó frente a mí sin pedir permiso.

—Tú eres Diego, ¿verdad?

—Depende quién pregunte.

—Me llamo Tomás Aguilar. Me dijeron que necesitas dinero.

Lo miré con desconfianza. Reloj caro, zapatos impecables, cara de alguien acostumbrado a mandar.

—¿Y eso a usted qué le importa?

Sacó un sobre café y lo puso sobre la mesa.

—Mi madre está en una casa de reposo en Coyoacán. Se llama Rosario. Tiene demencia. En sus días buenos pregunta por mí. En sus días malos llora diciendo que su hijo la abandonó.

—Entonces vaya a verla.

Tomás apretó la mandíbula.

—No es tan fácil.

—Sí lo es. Se toma un Uber y entra por la puerta.

Sus ojos se fueron hacia la ventana.

—No puedo verla así. Además, hay familiares preguntando. Gente conocida. Me está afectando.

Empujó el sobre hacia mí.

—Diez mil pesos al mes. Vas los fines de semana, le dices “mamá”, finges que eres yo. Se llama Tomás, pero de niño me decía Tomy. Ella no va a notar la diferencia.

Sentí asco.

—Eso está mal.

Él se inclinó apenas.

—Lo que está mal es que tu mamá se quede sin medicinas.

La sangre se me congeló.

—¿Cómo sabe de mi mamá?

—Pregunté. Eres trabajador, discreto, más o menos de mi edad. Y necesitas el dinero.

Debí levantarme. Debí aventarle el café encima. Debí decirle que había cosas que uno no vendía.

Pero pensé en mi mamá abriendo la puerta con los labios pálidos. Pensé en las recetas, en los recibos, en la renta vencida.

—¿Solo fines de semana? —pregunté, odiándome.

—Solo eso. Una hora. Sonríes, escuchas, te vas.

Tomé el sobre. Pesaba más que cualquier paquete que hubiera cargado.

—¿Cuándo empiezo?

Tomás casi sonrió.

—El sábado. Y Diego… no te encariñes.

La Casa de Reposo San Jacinto olía a cloro, sopa aguada y flores marchitas. Repetí en mi cabeza lo que Tomás me había dicho por teléfono: cuarto 214, le gustan los tulipanes, no contradigas sus recuerdos, dile mamá.

Toqué la puerta.

—Pase —dijo una voz frágil.

Doña Rosario estaba junto a la ventana, con una cobija sobre las piernas. Tenía el cabello blanco recogido y unos ojos tristes, pero vivos.

Tragué saliva.

—Mamá… soy yo. Tomy.

Ella me miró largo rato. Tanto, que pensé que me había descubierto.

Luego sus labios temblaron.

—Ay, mijo… por fin viniste.

Me extendió la mano.

Yo la tomé.

La piel de sus dedos era delgada como papel, pero su apretón fue fuerte, desesperado, como si se estuviera agarrando de la única cosa que todavía no se le había ido.

—Siéntate, Tomy. ¿Ya comiste? Te ves muy flaco.

Nadie me preguntaba eso desde hacía años, excepto mi mamá, cuando todavía tenía fuerzas.

Me senté. Ella habló de una casa en Puebla, de un perro llamado Canela, de un jardín con bugambilias. Yo asentía como si esos recuerdos fueran míos.

Cuando me levanté para irme, me apretó la mano.

—No tardes tanto, mijo. Aquí los días se hacen bien largos.

—Vuelvo pronto, mamá.

Al salir, volteé. Ella estaba llorando en silencio, limpiándose las lágrimas con la cobija.

La segunda visita llevé tulipanes. La tercera, cocadas de una dulcería. La cuarta fui en miércoles, aunque nadie me pagó por ese día.

En el pasillo me detuvo una señora pequeñita, de ojos filosos y suéter morado.

—Usted visita mucho a Rosarito.

—Es mi mamá —mentí.

La señora me miró como si pudiera verme por dentro.

—Entonces cuídela. Porque esa mujer ha llorado demasiado.

Ese viernes Tomás me llamó furioso.

—Te dije fines de semana, Diego. No hagas más de lo necesario.

—Se siente sola.

—Tiene demencia. Se le olvida cuando sales.

—Pero mientras estoy ahí, no se siente sola.

Hubo silencio. Luego colgó.

Pasaron semanas. Yo seguí yendo. Le leía el periódico, le acomodaba la cobija, le daba crema en las manos cuando le dolían los nudillos. Doña Rosario empezó a decirme “mi niño” con una ternura que me partía.

Una tarde, con los ojos más claros que nunca, me acarició la mejilla.

—Tú no eres él.

Se me secó la boca.

—Mamá, yo…

—Pero viniste —susurró—. Eso vale más.

No supe qué decir. Solo le apreté la mano.

Dos días después, mientras cargaba cajas en la Central de Abasto, sonó mi celular.

Era la directora del asilo.

—Diego… doña Rosario falleció anoche dormida.

Sentí que el mundo se me iba de las manos.

Luego dijo algo que me dejó helado:

—Y antes de morir, dejó una última petición para usted.

No podía creer lo que estaba a punto de pasar…