
PARTE 1
—Si ese bebé es de otro, no esperes que yo te salve para después venir a cobrarme pensión.
Eso fue lo primero que dijo el doctor Santiago Arriaga cuando entró al quirófano improvisado donde yo estaba desangrándome.
Hasta ese momento, yo creí que el dolor más grande de mi vida había sido aquella noche en que él me sacó de su casa bajo la lluvia, embarazada, sin dinero y con una maleta rota. Pero verlo ahí, con bata blanca, guantes impecables y la misma mirada fría con la que me llamó interesada, me partió algo que todavía seguía vivo dentro de mí.
—No él… por favor, no él —supliqué, apretando las sábanas del Hospital San Gabriel, en Guadalajara.
La enfermera, una muchacha llamada Lupita, me miró con angustia.
—Señora Lucía, no hay otro especialista disponible. Su presión está bajando y la frecuencia del bebé también. El doctor Arriaga es el mejor.
El mejor.
Claro que lo era. Santiago siempre había sido el orgullo de su familia: cirujano famoso, heredero de una cadena de hospitales privados, hijo perfecto de doña Teresa Arriaga, una mujer que parecía rezar con rosario de perlas y condenar con sonrisa de santa.
Santiago tomó mi expediente sin reconocerme al principio. Leyó rápido, serio, profesional. Luego levantó la vista.
Cuando sus ojos se encontraron con los míos, el mundo se quedó quieto.
—Lucía Torres —dijo, como si mi nombre le ensuciara la boca.
Yo apenas podía respirar. El monitor pitaba cada vez más rápido.
—Haz tu trabajo —le dije con la poca fuerza que me quedaba—. Nada más salva a mi hija.
Su cara cambió.
—¿Hija? —susurró.
Luego miró mi vientre enorme, mi rostro pálido, mis manos temblorosas.
—Nueve meses desaparecida y vienes a parir aquí, justo en mi hospital —murmuró—. Qué conveniente.
La rabia me quemó más que las contracciones.
—No desaparecí. Tú me corriste.
Aquella noche volvió a mí como una puñalada.
Yo había encontrado documentos escondidos en la fundación infantil de los Arriaga: facturas falsas, cirugías cobradas a familias pobres, donativos desviados a empresas fantasma a nombre de doña Teresa. Fui a ver al abogado de Santiago en un hotel del centro para entregarle pruebas. Alguien nos tomó fotos desde lejos.
Doña Teresa se las mostró a Santiago en la cena familiar.
—Mira con quién se revuelca tu esposa —dijo llorando lágrimas falsas.
Yo intenté explicar. Le dije a Santiago que estaba embarazada. Que necesitábamos hablar. Que todo era una trampa.
Él se rió.
—No intentes encajarme un hijo ajeno para seguir viviendo de mi apellido.
Después abrió la puerta y me echó a la tormenta.
Ahora mi bebé se estaba muriendo y él era el único que podía salvarla.
—Doctor —gritó Lupita—. La frecuencia fetal cayó a ochenta. ¡La estamos perdiendo!
Santiago reaccionó como cirujano, no como exmarido.
—Cesárea de emergencia. Quirófano dos. Sangre O negativo. ¡Muévanla ya!
La camilla salió disparada por el pasillo. Las luces del techo pasaban como relámpagos. Yo estiré la mano y sujeté su muñeca.
—Santiago… si alguna vez me amaste… salva a mi niña.
Él tragó saliva. Por primera vez vi miedo en sus ojos.
—No voy a dejar que muera —dijo.
Ya en quirófano, me pusieron una mascarilla. El olor a anestesia me llenó la garganta. Santiago se inclinó hacia mí.
—Lucía, necesito que resistas.
Yo lo miré a través de lágrimas.
—Perdiste el derecho a pedirme algo.
La oscuridad empezó a llevarme. Escuché metal, órdenes, pasos, respiraciones agitadas.
Luego silencio.
Un silencio terrible.
—¿Por qué no llora? —pregunté, casi sin voz—. ¿Por qué no llora mi bebé?
Nadie contestó.
Santiago estaba junto a mi cuerpo abierto, cubierto de sangre, mirando hacia una mesa donde varias enfermeras rodeaban un bultito inmóvil.
—Respira, chiquita… respira —ordenó él, con la voz rota.
Pasaron segundos eternos.
Entonces se escuchó un llanto.
Pequeño. Furioso. Vivo.
Lloré con una fuerza que me desgarró el alma.
—Es una niña —dijo Lupita—. Está viva, Lucía.
La acercaron envuelta en una manta rosa. Era diminuta, roja, preciosa. Pero cuando la tela se deslizó un poco de su hombro izquierdo, todos vimos la marca.
Una mancha oscura con forma de estrella.
La misma marca que Santiago tenía bajo la clavícula. La misma que había heredado de su padre y su abuelo.
Santiago retrocedió como si lo hubieran golpeado. Tiró una charola de instrumentos. El metal cayó al piso con un estruendo.
—Se llama Elena —susurré.
Él abrió la boca, destruido.
Pero antes de que pudiera tocarla, una alarma chilló.
—¡Está sangrando demasiado! —gritó Lupita—. ¡Hemorragia!
Santiago se lanzó sobre mí.
—¡Lucía! ¡No te me vayas!
Yo sentí frío. Mucho frío.
Lo último que escuché fue su voz, desesperada, gritando:
—¡Usen mi sangre! ¡Sáquenme lo que necesiten, pero no la dejen morir!
Y entonces entendí que nadie podía imaginar lo que estaba a punto de pasar…