PARTE 3
Mauricio cerró la puerta del cuarto de costura con una calma que me heló la sangre.
—Dame eso, Marisol.
Yo escondí la memoria detrás de mi espalda.
—No sé de qué hablas.
Él avanzó entre rollos de tela y maniquíes cubiertos con sábanas. En la pared había fotos de la familia Del Valle: Rosario joven, Mauricio sonriendo como niño intocable y Mateo, antes del accidente, de pie junto a su papá, sosteniendo planos de la fábrica con las dos manos.
Me dolió verlo. No por lástima. Por rabia.
—Mi mamá te va a quitar hasta el nombre —dijo Mauricio—. Tú no eres nadie.
—Entonces, ¿por qué te da miedo lo que tengo?
Su cara cambió.
Se lanzó hacia mí.
Le aventé un rollo de mezclilla y corrí. Me alcanzó en el pasillo, me rasgó la blusa y me estrelló contra la pared. Por un segundo pensé que todo terminaba ahí. Pero desde las escaleras escuché a Mateo:
—¡Marisol, lánzamela!
Estaba abajo, atravesado con su silla en el descanso. Después supe que Petra le había dejado la puerta apenas cerrada.
Le aventé la memoria.
Cayó en su regazo. Mateo se inclinó con todo el cuerpo y la atrapó entre el brazo y el torso.
Mauricio bajó detrás de ella, pero Petra salió de la cocina con un sartén de hierro y le pegó en el hombro.
El grito despertó a la casa.
Rosario apareció en bata, con el cabello perfecto, como si hasta para mentir necesitara verse impecable.
—¿Qué hicieron?
Mateo levantó la cara. Por primera vez desde que lo conocí, no parecía pedir permiso para respirar.
—Encontramos lo que no pudiste quemar.
Rosario miró la memoria. Su boca se apretó.
—Eso es propiedad de la familia.
—No —dije—. Eso es la razón por la que su hijo no tiene manos.
Mauricio gritó que yo era una ladrona. Petra, temblando, no bajó el sartén.
—Y usted es un cobarde —le dijo.
Rosario caminó hacia Mateo.
—Hijo, piensa bien. Yo te cuidé. Yo evité que todos te vieran como una carga.
Mateo soltó una risa rota.
—Me encerraste en una silla y le llamaste cuidado.
—Sin mí no eres nada.
Me puse entre los dos.
—Eso se acabó.
Rosario me miró como si yo fuera mugre en su piso.
—Tú te vas a callar. Tu madre respira porque yo pago.
Saqué del bolsillo una servilleta del hospital. Tenía el nombre de una trabajadora social que me había buscado al notar que los depósitos venían de una cuenta ajena.
—Ya hablé con el hospital —mentí a medias—. Hay opciones. Usted no es Dios.
Rosario perdió el color un segundo.
Mateo levantó la voz.
—Petra, llame a la Fiscalía.
Petra corrió al teléfono. Mauricio intentó detenerla, pero dos trabajadores que dormían en el cuarto de servicio bloquearon el pasillo. Habían oído el golpe. Habían visto demasiado en esa casa.
Rosario cambió de máscara.
—Todos están confundidos. Mi nuera está alterada. Mi hijo tiene episodios desde su accidente.
Mateo habló claro:
—Revisen mi expediente. Revisen quién canceló mis terapias. Revisen la taza del atole. Revisen la fábrica.
Rosario se acercó a mí y susurró:
—Si abres esa memoria, vas a destruir también a Mateo. Hay cosas que ni él sabe.
Sentí miedo.
Pero ya no era el miedo de una víctima.
Era el miedo de quien está a punto de abrir una puerta y no sabe cuántas verdades hay detrás.
Cuando las patrullas llegaron, la memoria seguía contra el pecho de Mateo.
Y Rosario seguía sonriendo como santa.
Hasta que Petra dijo:
—Yo vi cuando doña Rosario puso las gotas en el atole.