Mantuve a mi madre y a mi hermano durante diez años. En el Día de las Madres, ella me humilló por regalarle rosas mientras celebraba la pantalla gigante que le dio mi hermano. “Aprende de él”, me gritó. Lo que no sabían era que pronto descubriría con qué dinero habían pagado realmente ese regalo.

PARTE 1

“¿Un ramo de rosas, Santiago? ¿Eso es lo que vale tu madre después de todo lo que hice por ti?”

Mi mamá lo dijo tan fuerte que hasta los vecinos de la privada debieron escucharla. Yo me quedé parado en medio de la sala, con las manos todavía extendidas, sosteniendo unas rosas rojas que había comprado esa mañana en el mercado de Jamaica, después de salir de un turno doble.

Me llamo Santiago Morales, tengo 34 años y durante diez años mantuve a mi mamá, Guadalupe, y a mi hermano menor, Diego.

La casa donde vivíamos, en Iztapalapa, estaba a mi nombre. No era una mansión, pero la compré con años de trabajo, desvelos, domingos perdidos y deudas que todavía me quitaban el sueño. Ahí pagaba la luz, el agua, el gas, el internet, la comida, las medicinas de mi mamá y hasta los “proyectos” de Diego, que nunca pasaban de ser ocurrencias.

Un mes quería vender gorras en Tepito. Otro mes decía que iba a poner una barbería. Luego quiso comprar motos para repartir comida. Todo terminaba igual: él sin dinero, mi mamá defendiéndolo y yo pagando las consecuencias.

—Tenle paciencia, Santiago —me repetía ella—. Tu hermano es más sensible que tú.

Yo no era insensible. Estaba agotado.

Ese Día de las Madres quise hacerlo bonito. Me levanté temprano, preparé enchiladas suizas, compré pan dulce, puse música de Juan Gabriel bajita y limpié la sala antes de que ella despertara. No tenía para un regalo caro porque acababa de pagar su consulta médica y el recibo atrasado de luz. Pero elegí las rosas con cuidado. También escribí una tarjeta: “Gracias por ser mi madre. Todo lo que hago es por ustedes”.

Ella ni siquiera la abrió.

Miró el ramo como si le hubiera dado una ofensa.

—Qué vergüenza —dijo, empujando las flores sobre la mesa—. Siempre con tus detalles de pobre.

Sentí que me ardía la cara.

Antes de que pudiera responder, Diego salió de su cuarto cargando una caja enorme envuelta con papel dorado. Venía peinado, perfumado y sonriendo como artista en alfombra roja.

—Feliz Día, jefita —dijo—. Tú sí mereces cosas buenas.

Mi mamá gritó cuando rompió el papel. Era una pantalla gigante, de esas que yo jamás compraría porque todavía debía tres mensualidades del refrigerador.

—¡Ay, mi niño precioso! —lloró, abrazándolo—. Esto sí es un regalo. Mira, Santiago, aprende de tu hermano.

Diego me miró con una sonrisa torcida.

—No todo se resuelve con florecitas del mercado, carnal.

Los dos se rieron.

Mi mamá tomó las rosas y las dejó caer al piso, justo al lado de la tarjeta cerrada. Después levantó el celular para grabar la pantalla y presumirla en Facebook.

En ese momento algo dentro de mí se apagó.

No fue rabia. Fue claridad.

Saqué mi celular, marqué al banco y puse el altavoz.

—Quiero cancelar una tarjeta adicional a nombre de Guadalupe Morales —dije, mirándola directo a los ojos.

Mi mamá dejó de sonreír.

—¿Qué dijiste?

—Que se acabó.

Diego soltó una carcajada nerviosa.

—No te pongas dramático.

Pero yo ya no estaba actuando desde el dolor. Estaba actuando desde el cansancio acumulado de diez años.

Cuando colgué, respiré hondo y dije:

—Tienen veinticuatro horas para irse de mi casa.

Mi mamá se llevó una mano al pecho.

—No te atreverías a correr a tu madre en su día.

Miré las rosas pisadas en el suelo.

—Ustedes me corrieron de esta familia hace mucho. Yo apenas me estoy dando cuenta.

Diego dio un paso hacia mí, como queriendo intimidarme.

—Te vas a arrepentir, Santiago.

Pero lo peor no fue su amenaza. Lo peor fue la mirada de mi mamá: fría, calculadora, como si ya estuviera pensando cómo destruirme.

Y entonces entendí que la humillación de las rosas solo era el comienzo.

No podía creer lo que estaba a punto de pasar…