Siete pisos más abajo, Mariana estaba sentada en una sala de juntas con Octavio Barrios, el abogado de su familia desde hacía treinta años. Vestía un traje azul marino y tenía el rostro de una mujer que ya había terminado de llorar.
Octavio colocó una carpeta gruesa sobre la mesa.
“Llegó con Camila Ríos. Suite Presidencial. Cena mañana a las ocho.”
Mariana miró la carpeta.
“Eligió este hotel.”
“Podría haber elegido cualquiera”, dijo Octavio. “Pero eligió el tuyo.”
Durante años, Arturo había convencido a Mariana de que no entendía de finanzas. Tras la muerte de su padre, la aconsejó, la guió y la persuadió para que firmara documentos. Ella confiaba en él.
Entonces descubrió la verdad.
Había movido dinero sin permiso. Había usado el apellido Alvarado para negocios personales. Había puesto en riesgo las propiedades familiares. Se jactaba ante los inversores de haber salvado a la empresa de una “heredera sentimental”.
Durante catorce meses, Mariana no lo había confrontado.
Lo documentó todo.
Correos electrónicos.
Contratos.
Transferencias.
Grabaciones de audio.
Firmas falsificadas.
Y ahora, mientras Arturo brindaba con otra mujer arriba, Mariana estaba lista.
—¿Están protegidas las cuentas? —preguntó ella.
Octavio asintió. —Sí. Los fideicomisos están a salvo. Los papeles del divorcio están listos. La demanda civil también. Su empresa recibirá el informe el lunes.
Mariana respiró hondo.
—Entonces, mañana.
Esa noche, Arturo pidió champán, langosta y postres decorados con oro comestible. Hablaba de Mariana como si fuera un mueble antiguo en una casa preciosa.
Camila preguntó si Mariana sospechaba algo.
Arturo se rió.