
PARTE 1
“Señor, la licenciada Laura sí tiene esposo… y acaba de subir con ella al elevador.”
Sentí que el vaso de café se me resbalaba de la mano.
Me llamo Ernesto Villalobos, tengo 56 años y llevaba 28 años casado con Laura Mendoza, directora general de una empresa tecnológica en Santa Fe, Ciudad de México. Esa mañana se había ido sin desayunar, apurada como siempre, diciendo que tenía juntas con inversionistas, llamadas con Monterrey y una comida con clientes de Guadalajara.
Yo, como tonto enamorado, preparé su torta favorita de pechuga con aguacate, compré un latte sin azúcar en la cafetería de la esquina y manejé hasta su edificio para darle una sorpresa.
Nunca imaginé que la sorpresa me la llevaría yo.
El corporativo era de esos lugares donde todo brilla: pisos de mármol, vidrios enormes, recepcionistas impecables y guardias que parecen saber más de la vida de uno que la propia familia.
Me acerqué al módulo de seguridad.
—Buenas tardes. Vengo a ver a la licenciada Laura Mendoza. Soy su esposo.
El guardia, un hombre moreno de bigote canoso llamado Don Julián, levantó la vista de la computadora y me observó como si hubiera contado un chiste.
—¿Su esposo?
—Sí. Ernesto Villalobos.
Don Julián soltó una risa incómoda.
—Disculpe, señor, pero yo veo al esposo de la licenciada Laura todos los días. De hecho, mire… ahí viene.
Volteé.
Un hombre alto, elegante, de traje gris oscuro y reloj carísimo, salió del elevador hablando por teléfono. Caminaba con una seguridad irritante, como si todo el edificio le perteneciera. Al pasar junto al guardia, dijo:
—Julián, dile a Laura que ya subí los contratos del coche.
—Claro, licenciado Francisco.
Francisco Salazar.
Yo conocía ese nombre. Laura lo mencionaba seguido: “Fran cerró un contrato”, “Fran tiene buena visión”, “Fran me ayuda con la expansión”. Siempre pensé que era solo su vicepresidente comercial.
El hombre me miró. No con sorpresa. Con reconocimiento.
Él sabía quién era yo.
—¿Hay algún problema? —preguntó con una sonrisa controlada.
Sentí ganas de gritar, de decirle que el esposo era yo, que Laura dormía conmigo, que nuestras fotos de boda estaban en la sala de nuestra casa en Coyoacán. Pero algo dentro de mí, quizá mis años como contador, me obligó a quedarme frío.
—Ninguno —dije—. Soy Ernesto, amigo de la familia. Venía a dejarle esto a Laura.
Francisco estiró la mano.
—Yo se lo entrego. Está en junta.
Le di el café y la torta. Él los tomó como si tuviera derecho a todo, incluso a mi lugar.
Regresé al coche con las piernas temblando.
A las 8:47 de la noche, Laura llegó a casa. Venía con su traje azul marino, su perfume caro y esa sonrisa cansada que yo había amado por décadas.
—Qué día tan pesado —dijo—. No sabes la cantidad de pendientes.
La miré servir vino en una copa.
—Fui a tu oficina hoy.
Su mano se detuvo apenas un segundo.
—¿Sí? No me avisaron.
—Le dejé comida a Francisco.
Laura sonrió demasiado rápido.
—Ah, sí. Me dijo que alguien había pasado. Qué lindo detalle, amor.
Amor.
Esa palabra me quemó.
Esa noche, mientras ella dormía tranquila a mi lado, yo miré el techo preguntándome cuántas veces había besado a una mujer que al día siguiente se presentaba como esposa de otro.
Al amanecer, revisé sus cosas por primera vez en mi vida.
No encontré cartas de amor. No encontré mensajes impresos. Pero sí encontré un recibo de un restaurante en Polanco para dos personas, con vino caro, fechado una noche en que ella me dijo que cenaba con una clienta de Puebla.
Luego encontré algo peor.
En su laptop, abierta sobre la barra de la cocina, apareció una notificación de calendario:
“Cena con F. 7:30 p. m. Casa Emilia. Confirmado.”
Esa misma tarde Laura salió diciendo que tenía una llamada urgente con Japón.
Yo la seguí.
Su BMW entró al estacionamiento del restaurante. Al lado estaba el Mercedes de Francisco.
Desde mi coche los vi por la ventana: Laura se reía como hacía años no se reía conmigo. Francisco le tomó la mano. Ella no se apartó.
En ese momento entendí que mi matrimonio no se estaba rompiendo.
Ya estaba roto desde hacía mucho.
Y yo había sido el único que no se había enterado.
Pero tres días después encontré una llave en el cajón de la cocina, con un llavero que decía: “Residencial Reforma 214”.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…