Permanecí arrodillada en el suelo, con el documento de identidad temblando entre mis dedos.
La habitación daba vueltas.
Tuve que apoyar una mano en el suelo para no caerme.
Leí el nombre una vez.
Luego otro.
Mariana Salvatierra.
Debajo de la foto, escrita a mano con letra oficial, aparecía una dirección en Monterrey.
Y más abajo, esa palabra que me había partido en dos:
Esposa.
Sentí que algo dentro de mí se rompía con un sonido seco, imperceptible y definitivo.
Alejandro no me había mentido.
Se había construido otra vida. Biología.
Otra mujer.
Otra casa.
Y llevaba meses sin hacer el examen.
Respiré hondo, pero el aire me arañaba por dentro.
Volví a mirar el paquete.
Había una blusa de mujer con manchas oscuras, rígida por el paso del tiempo.
Un pendiente de oro.
Un recibo arrugado de una farmacia de Monterrey.
Y una pequeña cadena con un medallón de la Virgen María.
Nada de esto era mío.
Nada.
Continué retirando el acolchado con las manos.
Encontré otro paquete.
Luego otro.
Una de ellas contenía fotografías.
Las saqué con los dedos entumecidos.
En la primera, Alejandro abrazó a la mujer con el documento de identidad frente a una casa de color crema.
En otra imagen, aparecía sonriendo con una mano sobre el vientre.
Embarazada.
En otra imagen, ambos sostenían un pequeño pastel con una vela.
No cabía duda al respecto.
No había sido una historia pasajera.
Había pasado toda una vida. Biología.
Y yo era la mentira.
Quise gritar, pero no me salió ningún sonido.
Solo un gemido entrecortado.
Entonces vi algo más en la parte inferior del colchón.
Un sobre grueso y amarillo, manchado en una esquina.
La abrí de golpe.
Dentro había algunos papeles.
Minutos.
Ingresos.
Copias de las transferencias bancarias.
Y una hoja de papel doblada en cuatro, escrita a mano.
Reconocí inmediatamente la letra de Alejandro.
Lo abrí.
Las primeras líneas me dieron escalofríos.
"Mariana, si estás leyendo esto, es porque algo salió mal. No podía seguir manteniendo ambas vidas por mucho más tiempo. Lucía empezó a sospechar algo. El olor no desaparece, por mucho que lo intente. Pensé que empacar todo y ponerlo debajo del colchón me daría unos días..."
Tuve que dejar de leer.
Me sudaban las manos.
Mi corazón latía tan fuerte que apenas podía ver.
Recuperé la claridad mental y continué.
"Sé que me dijiste que sacara esas cosas de la casa, pero no pude meterlas en la furgoneta. Ya he tenido bastantes problemas limpiando el asiento y el maletero. En cuanto aclare la situación en Guadalajara, iré contigo. Solo necesito tiempo para que nadie se entere de todo."
Nadie une los puntos.
Esa frase me dejó sin palabras.
No dijo "separados".
No dijo "divorciado".
No dijo: "Dile la verdad".
Dijo que nadie tenía que atar cabos.
Continué leyendo, conteniendo la respiración.
"El accidente de coche fue un accidente. Tú lo sabes. Si hubiera llamado a una ambulancia, todo se habría desmoronado. Ya habíamos perdido demasiado. No quería perderlo todo."
Mis ojos permanecieron fijos en esa frase.
Al otro lado de la calle.
Accidente.
Ambulancia.
Sentí náuseas.
Busqué desesperadamente en los periódicos.
Y entonces lo encontré.
Un artículo impreso en un periódico.
Una noticia local de Monterrey de hace dos meses.
El título decía:
"MUJER EMBARAZADA DESAPARECE TRAS FALTAR A SU CITA MÉDICA."
La fotografía era la misma.
Mariana.
La mujer con el documento de identidad.
La mujer.
Leí el texto casi sin pestañear.
Había salido de la clínica al anochecer.
Ella nunca regresó a casa.
Su familia sospechaba de su pareja, pero no había pruebas suficientes.
La policía continuó con sus investigaciones.
Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies.
Alejandro no me estaba engañando con una mujer viva que lo esperaba mientras dejaba a su esposa.
Noveno.
Alejandro había escondido, literalmente bajo mi cuerpo, los sucios restos de una historia que apestaba a crimen.
Y entonces comprendí de dónde provenía ese olor penetrante.
No era solo la humedad.
No era tierra.
Eran prendas que habían estado húmedas durante semanas.
Ropa manchada con sangre vieja.
Ropa empapada de miedo.
Ropa de una mujer desaparecida.
Me levanté como pude.
Tenía que salir de esa habitación.
Tuve que llamar a la policía.
Cogí el móvil de la mesa de centro, pero justo en ese momento se encendió la pantalla.
**Alejandro está llamando.**
Me quedé quieto.
El teléfono vibraba en mi mano como un animal atrapado.
No respondí.
La llamada terminó.
Un segundo después, llegó un mensaje.
**“La reunión se ha cancelado. Vuelvo enseguida. Regreso en dos horas.”**
Dos horas.
Miré el colchón abierto.
Los paquetes.
Las fotos.
La carta.