Durante un segundo, nadie se movió.
Ni los empleados de la funeraria.
Ni los socios de Daniel.
Ni el abogado con su carpeta apretada contra el pecho.
Solo Doña Aurora reaccionó.
Metió la mano temblorosa bajo la mandíbula de su hijo y buscó el pulso.
Era débil.
Casi perdido.

Pero estaba allí.
—¡Llamen a una ambulancia! —gritó—. ¡Ahora mismo!
Uno de los empleados sacó el celular, pero Brenda se lanzó hacia él.
—¡No! ¡Esperen! ¡Debe ser un reflejo del cuerpo!
Doña Aurora la miró con una furia que hizo retroceder a todos.
—¿Reflejo? ¿Desde cuándo un muerto respira, desgraciada?
El abogado palideció.
—Señora Brenda, quizá sea mejor permitir que lo revisen.
—¡Cállese! —espetó ella.
Fue demasiado.
Ese grito rompió la máscara de viuda perfecta que había usado toda la noche.
Brenda ya no parecía una mujer destruida por el dolor.
Parecía una mujer viendo derrumbarse un plan.
Doña Aurora se subió medio cuerpo al ataúd y comenzó a desabotonar la camisa de Daniel.
—Respira, mijo. Aquí está tu madre. No te me vayas.
Daniel no abrió los ojos.
Pero su pecho volvió a moverse.
Un murmullo de horror recorrió la sala.
Uno de los socios dio un paso atrás y se persignó.
—Dios santo… lo iban a enterrar vivo.
Brenda giró hacia él.
—¡Nadie iba a enterrar a nadie vivo!
Doña Aurora levantó la cabeza.
—Entonces dime por qué no querías abrir el ataúd.
Brenda abrió la boca, pero no encontró respuesta.
En ese momento, un hombre mayor salió desde el pasillo de servicio.
Era Don Mateo, el empleado más antiguo de la funeraria.
Tenía el rostro cenizo.
—Yo sabía que algo estaba mal.
Todos voltearon hacia él.
Brenda susurró:
—No diga nada.
Pero Don Mateo ya no miraba a Brenda.
Miraba a Daniel.
—Cuando lo trajeron, no venía con rigidez completa. Se lo dije al médico.
Doña Aurora sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué médico?
El abogado intentó intervenir otra vez.
—Señora, debemos mantener la calma.
Doña Aurora lo señaló con un dedo.
—Tú hablas una vez más y te meto esa carpeta por la garganta.
El abogado cerró la boca.
Don Mateo continuó.
—El doctor Aldama firmó el certificado. Dijo que era muerte por infarto fulminante.
—¿Y usted le creyó?
—No. Pero la señora Brenda insistió en que el ataúd debía permanecer cerrado.
Brenda retrocedió otro paso.