—Entonces no debió revisar mi patrimonio.
—Daniel nos lo contó porque somos familia.
—Todavía no.
—Lo seremos.
—Eso está por verse.
—¿Está amenazando con impedir la boda?
—No tengo ese poder.
—Pero controla el dinero.
—Mi dinero.
—Una madre debe ayudar a su hijo.
—Ya lo ayudé durante veintinueve años.
—¿Ahora va a abandonarlo justo cuando más la necesita?
—Necesita un apartamento de lujo, no un trasplante.
Patricia guardó silencio.
—Puede alquilar —continué—. Puede comprar algo más pequeño. Puede solicitar una hipoteca.
—Emily no aceptará empezar su matrimonio pagando deudas.
—Entonces Emily puede aportar.
—Mi hija ya aportará con el embarazo y la casa.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué embarazo?
Hubo un silencio demasiado largo.
—Olvide lo que dije.
—¿Emily está embarazada?
—No tengo por qué hablar de su privacidad.
—Acaba de usarlo como argumento.
—Es posible que lo esté.
—¿Daniel lo sabe?
—Claro.
Cerré los ojos.
Mi hijo sabía que su novia podía estar embarazada.
No me lo había contado.
Pero sí había contado cuántas propiedades yo tenía.
—¿De cuánto tiempo?
—Eso deben hablarlo ellos con usted.
—Entiendo.
—Entonces comprenderá la urgencia de la casa.
—No.
—¿Cómo puede decir eso?
—Un embarazo no convierte mis bienes en propiedad de Emily.
—Será su nieto.
—Y Daniel será su padre.
—Necesitan apoyo.
—Pueden recibir apoyo sin apropiarse de la mitad de un inmueble.
Patricia elevó la voz.
—¡Está siendo cruel con su propio nieto!
—Ni siquiera sé si existe.
—Existe.
—Entonces felicidades.
—¿Eso es todo?
—Por ahora.
Colgué.
Mis manos temblaban.
No por el embarazo.
Por el modo en que lo habían utilizado.
Primero la boda.
Después los límites.
Ahora un nieto.
Cada vínculo afectivo se convertía en palanca para abrir mi cuenta bancaria.
Daniel llegó aquella tarde.
Emily estaba con él.
No Patricia.
Su expresión era seria.
La de Emily, frágil.
—Necesitamos hablar —dijo Daniel.
—Siéntense.
Emily colocó sobre la mesa una fotografía de ecografía.
—Estoy embarazada de seis semanas.
La miré.
Había un punto pequeño.
Sentí una emoción involuntaria.
Era mi posible nieto.
Una vida.
Pero antes de que pudiera hablar, Daniel dijo:
—Por eso necesitamos cerrar el apartamento pronto.
La emoción desapareció.
No “queríamos contártelo”.
No “estamos asustados”.
No “vas a ser abuela”.
Necesitamos cerrar el apartamento.
—¿La fecha coincide? —pregunté.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que si está embarazada de seis semanas, ustedes ya lo sabían cuando fuimos a ver la casa.
Emily bajó la mirada.
—Lo descubrimos hace cuatro días.
—Entonces lo sabían.
—Queríamos dar una sorpresa.
—No.
La miré.
—Querían usarlo si yo me negaba.
—Eso no es cierto.
—Tu madre lo utilizó por teléfono.
Emily se volvió hacia Daniel.
—¿Mi madre la llamó?
—Sí.
Daniel se tensó.
—Le pedí que no lo hiciera.
—Pero le contaste mis propiedades.
—Necesitaba explicar que podías pagar.
Sentí un dolor profundo.
—No tenías que explicar nada.
—Mamá, no lo conviertas en otra pelea.
—¿Otra?
—Queremos una solución.
—La solución es sencilla. No compraré el apartamento.
Emily comenzó a llorar.
—¿Ni siquiera por el bebé?
—No utilices al bebé.
—No lo estoy utilizando.
—Entonces no lo menciones como condición.
—Necesitamos espacio.
—Un recién nacido no necesita 198 metros cuadrados.
Daniel golpeó la mesa.
—¡Basta!
Me quedé quieta.
Nunca me había hablado así.
—No tienes derecho a tratarla de esa manera.
—Estoy hablando en mi casa.
—Emily está embarazada.
—Eso no le da derecho a faltarme el respeto.
—¿Qué falta de respeto?
Lo miré.
—Me dijo que aprendiera límites mientras yo pagaba su vivienda.
—Estaba nerviosa.
—Su madre exigió la mitad.
—Es normal.
—No lo es.
—Todo el mundo lo hace.
—Entonces que todo el mundo lo pague.
Daniel se levantó.
—¿Quieres que vivamos en una casa pequeña con un bebé?
—Millones de personas lo hacen.
—Tú puedes evitarlo.
—Sí.
—Entonces ¿por qué no?
La respuesta me salió antes de pensar.
—Porque no me quieres. Me administras.
Su rostro cambió.
—¿Qué tontería es esa?
—Vienes cuando necesitas comida.
—Mamá…
—Llamas cuando necesitas dinero.
—No es verdad.
—Me presentaste a la familia de Emily cuando necesitabas una casa.
—Eso es injusto.
—¿Cuándo fue la última vez que me preguntaste cómo estaba?
Silencio.
—¿Cuándo viniste sin pedirme nada?
—Somos familia. No contamos así.
—Ustedes sí cuentan.
Señalé la ecografía.
—Seis semanas.
—Dos apartamentos.
—1,98 millones.
—La mitad de la escritura.
Cada cifra estaba preparada.
Emily se secó las lágrimas.
—Señora Zhou, creo que tiene una visión muy negativa de nosotros.
—Quizá.
—Daniel la ama.
—Entonces puede demostrarlo sin pedirme dinero.
—El amor no debería ponerse a prueba.
—Ni el mío convertirse en obligación.
Daniel tomó la ecografía.
—Vámonos.
Antes de salir, se volvió.