PARTE 2
El silencio en la habitación de Sofía fue tan pesado que hasta el monitor cardíaco pareció sonar más fuerte.
—¿Quién te dijo eso, mi amor? —preguntó Elías, con una calma falsa.
Sofía se encogió entre las sábanas.
—La abuela Teresa. Cuando hablaba por teléfono con el tío Ramiro. Dijo que si tú sabías del bebé, ibas a arruinar el apellido Salgado.
Sentí que el piso se abría debajo de mí.
Doña Teresa, la madre de Elías, siempre me había sonreído con esa elegancia fría de las señoras que te abrazan mientras te miden el precio de los zapatos. Para ella, yo nunca fui suficiente. No importaba que fuera médica, que hubiera trabajado desde los diecisiete, que me hubiera ganado cada guardia y cada desvelo. Yo era “la muchachita de Iztapalapa” que se había metido con su hijo viudo de un matrimonio fallido.
Elías dio un paso hacia mí.
—Valeria, yo no sabía nada.
—Claro que no —susurré—. Nunca sabes nada cuando conviene.
Sofía empezó a llorar, asustada por nuestra cara. De inmediato me tragué el dolor y volví a ser doctora.
—Tranquila, corazón. No hiciste nada malo.
La niña me tomó la mano.
—¿Me prometes que vas a regresar?
No pude decir que no.
Esa madrugada salí del hospital con el cuerpo agotado y el alma hecha pedazos. Cuando llegué a mi departamento, en la colonia Narvarte, encontré una caja elegante frente a mi puerta. No tenía remitente. Solo una tarjeta color crema.
“Valeria: hay verdades que no se dicen por crueldad, sino por cobardía. Mira dentro.”
Dentro había una cobijita tejida color menta, unos libros antiguos de pediatría y una memoria USB.
No la abrí esa noche. Me dio miedo.
El domingo por la tarde, tocaron a mi puerta.
Al abrir, vi a Elías con Sofía, quien llevaba su yeso lleno de estampitas de princesas y una bolsa de conchas recién compradas.
—Doctora Valeria —dijo Sofía—, mi papá quería hacer galletas, pero casi quema la cocina. Mejor compramos pan.
Me reí sin querer.
Elías bajó la mirada.
—No vine a comprar tu perdón. Vine a decirte que quiero ganármelo.
Entraron. Sofía se fue directo a mirar la foto del ultrasonido pegada en mi refri.
—Parece frijolito —dijo fascinada.
Elías la miró con una ternura que me partió el pecho. Luego sacó de una bolsa una cajita musical antigua, de madera oscura, con grietas reparadas a mano.
—La encontré rota después de que te fuiste —dijo—. Tardé meses en arreglarla. No soy bueno hablando, Valeria. Pero he estado intentando aprender a no huir de todo lo que se rompe.
Le dio cuerda. Una melodía suave llenó mi cocina.
Por un instante, casi le creí.
Entonces sonó el interfono.
—Doctora Valeria, hay una señora Mariana Salgado preguntando por usted.
Elías se congeló.
—¿Mariana? —pregunté.
—Mi exesposa —respondió él.
Cinco minutos después, una mujer impecable entró a mi departamento. Alta, serena, con una mirada cansada pero honesta.
—Tú debes ser Valeria —dijo—. Yo envié la caja.
—¿Por qué?
Mariana miró a Elías.
—Porque cometí el error de guardar silencio cuando su madre me destruyó el matrimonio. No voy a verla destruir otra vida.
Mi bebé se movió con fuerza. Sentí un dolor agudo en el vientre, pero intenté disimularlo.
Mariana puso la memoria USB sobre la mesa.
—Ahí están los audios, los mensajes y la prueba de lo que Teresa hizo para separarlos.
Elías palideció.
—¿Qué hizo mi madre?
Antes de que Mariana respondiera, otro dolor me dobló las rodillas.
—Valeria —gritó Elías, alcanzándome antes de caer.
Lo último que escuché fue la voz de Mariana, temblando de rabia:
—Tu madre sabía del embarazo desde el principio.