PARTE 2
A las 12 en punto, Mariana y Daniel llegaron a la residencia Robles, en Lomas de Chapultepec.
La casa parecía más un museo que un hogar: mármol blanco, vitrales, cuadros enormes y una escalera curva donde Mauricio solía posar para las fotografías familiares. En la entrada, 2 empleadas bajaron la mirada al ver a Mariana, como si reconocieran en su silencio algo que no podían decir en voz alta.
Mauricio los esperaba en el comedor principal.
No estaba solo.
A su lado estaba el licenciado Ortega, su abogado de toda la vida; 2 contadores; y Patricia, la tía de Mariana, una mujer perfumada, cubierta de perlas, con sonrisa de misa y lengua de cuchillo.
—Mírala nada más —dijo Patricia—. Un día casada y ya viene con cara de mártir.
Mariana apretó la mano de Daniel bajo la mesa.
Mauricio deslizó una carpeta negra hacia ellos.
—Firma aquí, Mariana. Es un trámite simple. Como ya te casaste, hay que dejar claro que renuncias voluntariamente a cualquier reclamo sobre bienes de la familia Robles.
Daniel abrió la carpeta.
Leyó 2 páginas y entendió todo.
El documento convertía años de manutención, estudios, médicos y gastos personales en “préstamos”. También decía que Mariana reconocía una deuda millonaria con Mauricio y cedía cualquier derecho futuro sobre el fideicomiso de su padre.
—Esto no es un trámite —dijo Daniel—. Es fraude con membrete.
El abogado levantó la ceja.
—Joven, le recomiendo cuidar su vocabulario.
Mauricio sonrió.
—Daniel, no hagas el ridículo. Te casaste con una mujer que viene de una familia importante. No pretendas entender asuntos de adultos.
Los contadores soltaron una risa baja.
Mariana estaba blanca.
Daniel cerró la carpeta despacio.
—Nos llevamos una copia para revisarla.
Mauricio golpeó la mesa con la palma.
—No. Se firma hoy.
Por primera vez, Daniel lo miró sin sonreír.
—Entonces no se firma.
El silencio fue tan pesado que hasta Patricia dejó de mover sus pulseras.
Mauricio se inclinó hacia Mariana.
—¿Ya ves? Te advertí lo que pasa cuando eliges a un hombre sin nivel. Primero te enamoran con palabras bonitas y luego te dejan sin casa, sin dinero y sin apellido.
Mariana bajó la cabeza, pero Daniel sintió cómo su mano dejó de temblar.
Durante las siguientes 2 semanas, Daniel hizo exactamente lo que Mauricio esperaba: nada visible.
No discutió. No amenazó. No presumió.
Solo escuchó.
Mariana le habló de la despensa donde la encerraban cuando tenía 15. Del sótano con una cámara que “nunca funcionaba”. Del doctor privado que llegaba de noche y firmaba recetas falsas. De la señora Lupita, la antigua ama de llaves, que una vez le dejó una bolsa de hielo y le dijo:
—Un día vas a salir de aquí, niña. Y cuando salgas, no mires atrás.
Daniel buscó a Lupita en Iztapalapa. Luego al chofer despedido. Luego a una enfermera del hospital financiado por Mauricio. Luego a un contador que había renunciado sin indemnización después de negarse a firmar facturas falsas.
Cada testimonio abrió una puerta.
Y detrás de cada puerta había dinero robado del fideicomiso de Mariana.
Facturas de empresas fantasma. Donativos que regresaban a cuentas privadas. “Gastos médicos” por heridas que Mauricio había provocado. Obras públicas infladas. Contratos otorgados a cambio de favores.
Pero Mauricio cometió su peor error una noche de gala.
En su fundación, frente a empresarios, periodistas, mandos de policía y jueces retirados, levantó su copa y dijo:
—La familia es sagrada. Cuando recibí a Mariana, era una niña rota. Yo la eduqué, la levanté y la hice presentable.
La gente aplaudió.
Mariana se quedó inmóvil.
Daniel, a su lado, no dijo nada.
Mauricio se acercó a su oído.
—Por fin entendiste cuál es tu lugar, muchacho.
Daniel miró sus mancuernillas plateadas, pequeñas, discretas, con forma de balanza.
—No, Mauricio. Estoy memorizando el tuyo.
El padrastro frunció el ceño.
—¿Qué dijiste que hacías?
Daniel sonrió apenas.
—Yo no lo dije.
A la mañana siguiente, 3 citatorios llegaron a las oficinas de Grupo Robles.
A mediodía, varias cuentas quedaron congeladas.
Y antes de que cayera la noche, Mauricio llamó 17 veces al celular de Daniel.
Daniel no contestó ninguna.
Porque la llamada que sí esperaba era otra: la de la Fiscalía.