
PARTE 1
—Aquí no vendemos relojes para gente que viene a mirar vitrinas como si estuviera en el tianguis —dijo Valeria, con una sonrisa filosa.
El hombre que acababa de entrar se detuvo junto a la puerta de cristal de una relojería elegante en la avenida Presidente Masaryk, en Polanco.
Traía una sudadera café gastada, pantalón de mezclilla viejo y unos tenis tan sucios que varios clientes voltearon a verlo como si se hubiera metido por error.
Pero no era ningún error.
Ese hombre era Nicolás Aranda, fundador de Aranda Tiempo, una marca mexicana de relojes de lujo que vendía piezas de colección a empresarios, políticos y artistas.
Solo que ese día nadie lo reconocía.
Nicolás había decidido entrar vestido como cualquier trabajador cansado, sin chofer, sin traje, sin reloj caro en la muñeca.
Quería comprobar algo que le venía doliendo desde hacía meses: si sus empleados trataban bien a la gente humilde o si su marca se había convertido en un altar para presumidos.
Valeria, la vendedora estrella, lo miró de arriba abajo.
—Señor, si viene a preguntar si hay descuento, mejor le aviso que aquí no manejamos pagos chiquitos ni apartados de 100 pesitos.
Al fondo, Sofía levantó la mirada.
Tenía 28 años, el cabello recogido con una pinza sencilla y un uniforme impecable, aunque ya se notaba cansada. Dejó una caja sobre el mostrador y se acercó con educación.
—Buenas tardes, señor. Bienvenido. ¿Busca un reloj para usted o para regalo?
Nicolás señaló una pieza de acero negro con detalles de obsidiana.
—Ese me llamó la atención.
Valeria soltó una carcajada.
—Ese cuesta más que un año de renta, señor.
Sofía no le hizo caso. Se puso guantes blancos, abrió la vitrina y empezó a explicarle el origen del diseño, el trabajo de los artesanos de Taxco, la maquinaria suiza modificada en Guadalajara y la edición limitada de 82 piezas.
Durante casi 25 minutos, lo trató con paciencia.
No lo apuró.
No lo humilló.
No le preguntó si podía pagarlo.
Nicolás la escuchaba en silencio, sintiendo algo raro en el pecho. Había entrado para probar a sus empleados, pero Sofía no parecía estar pasando ninguna prueba. Simplemente era así.
—Me lo llevo —dijo él al final.
Valeria se acercó de golpe.
—¿Qué?
Nicolás metió la mano en la bolsa del pantalón. Luego revisó la sudadera. Después fingió ponerse nervioso.
—No puede ser… creo que perdí mi cartera.
El silencio cayó pesado sobre la tienda.
Valeria sonrió con crueldad.
—Ay, qué sorpresa. El señor no trae dinero. ¿Ves, Sofía? Por andar atendiendo a cualquiera, haces perder tiempo a la tienda.
Sofía respiró hondo.
—Valeria, por favor.
—¿Por favor qué? —escupió ella—. Este señor vino a sentirse importante. Y tú lo defiendes porque seguro te recuerda a tu familia, ¿no? De esas colonias donde creen que con decir “buenas tardes” ya merecen entrar a Polanco.
Sofía apretó la mandíbula.
—Sí, vengo de Iztapalapa. Mi mamá vendía quesadillas afuera del Metro Constitución y mi papá se fue cuando yo tenía 9 años. Pero jamás me enseñaron a tratar mal a alguien por sus zapatos.
Varios clientes voltearon.
Nicolás sintió vergüenza.
Sofía se giró hacia él.
—No se preocupe. Vamos a buscar su cartera. Tal vez se le cayó afuera.
Salió con él sin esperar nada. Revisó la banqueta, una jardinera, la entrada del estacionamiento y hasta se agachó junto a una coladera con la lámpara de su celular.
—No tiene que hacer esto —murmuró Nicolás.
—Claro que sí. Perder documentos es un infierno, señor.
Nicolás tragó saliva. Aquello ya no parecía una prueba. Parecía una mentira miserable.
Caminó hasta un coche viejo que había rentado para su disfraz y fingió mirar debajo del asiento.
—Aquí está… se había caído.
Sofía soltó una risa cansada.
—Ay, señor, casi me meto al drenaje por usted.
Esa noche, en su casa enorme de Bosques de las Lomas, Nicolás revisó el expediente laboral de Sofía Morales.
Madre fallecida. Padre ausente. Universidad pausada. 2 empleos anteriores. Recomendaciones excelentes. Sin familiares de apoyo.
Cerró la carpeta con un nudo en la garganta.
Al día siguiente, cuando Sofía llegó a la relojería, Valeria la esperaba con el celular en la mano y una sonrisa venenosa.
Y nadie podía creer la humillación que estaba a punto de comenzar…