El exsoldado volvió al rancho que creyó suyo, pero una viuda le apuntó con una escopeta y le soltó la verdad que su familia enterró por 10 años-lbsuong

PARTE 1

Santiago Aranda regresó a San Miguel de la Sierra con una pierna dañada, un perro de guerra y la idea tonta de que su rancho seguía esperándolo.

Después de 10 años en la Marina, lo único que quería era esconderse del ruido del mundo.

Pero apenas cruzó el portón, una mujer salió de la casa con una escopeta apuntándole al pecho.

—Un paso más y le juro que le disparo.

Santiago se quedó inmóvil.

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A su lado, Relámpago, su pastor alemán, gruñó mostrando un colmillo metálico que brillaba entre la lluvia.

El perro había sobrevivido con él a una explosión 3 meses antes. Tenía una oreja partida, cicatrices en el lomo y esa mirada de animal que entiende la guerra mejor que muchas personas.

—Baje el arma, señora —dijo Santiago, con la voz firme—. Este perro está entrenado. Si usted se altera, él reacciona.

La mujer no bajó nada.

Tendría unos 30 años. Jeans manchados de tierra, botas de trabajo, cabello recogido sin ganas y unos ojos cansados, rojos, pero llenos de rabia.

—Usted está invadiendo propiedad privada.

Santiago miró alrededor, confundido.

El viejo portón oxidado ya no existía. Ahora había una entrada de madera fina con letras negras: Rancho Los Laureles.

Las cercas estaban pintadas. El establo restaurado. Había vacas gordas pastando, bugambilias en macetas y humo saliendo de la chimenea.

La casa blanca de su infancia, antes quebrada y triste, parecía viva.

—Esta es la casa de mi familia —dijo él—. Soy Santiago Aranda. Mi padre fue Efraín Aranda.

La escopeta bajó apenas unos centímetros.

Desde adentro salió un anciano apoyado en un bastón de mezquite. Tenía la piel curtida por el sol y una tristeza vieja pegada a la cara.

—Baja el arma, Elena —dijo—. Ese muchacho dice la verdad.

La mujer volteó, helada.

—¿Cómo que dice la verdad, papá?

—Porque yo conocí a Efraín Aranda.

La lluvia empezó a golpear el techo de lámina como si el cielo también quisiera escuchar.

El anciano se llamaba Mateo Robles. Elena era su hija.

Sentados en la cocina, entre café recalentado y miradas duras, sacaron una carpeta llena de documentos.

Según los papeles, el rancho había sido rematado por deuda predial hacía 3 años.

El municipio lo declaró abandonado.

Elena lo compró legalmente con el dinero del seguro de vida de su esposo y lo levantó con sus propias manos.

Santiago sintió que la sangre se le bajaba a los pies.

—No puede ser. Yo dejé a un abogado encargado de pagar todo. Rogelio Salvatierra.

Mateo cerró los ojos.

—A ese licenciado le quitaron la cédula hace 5 años. Se robó dinero de medio pueblo. Apostaba en palenques clandestinos, el desgraciado.

Santiago apretó los papeles hasta arrugarlos.

—Entonces mis pagos nunca llegaron.

Elena lo miró con una mezcla de miedo y coraje.

—Nosotros no sabíamos. Nos dijeron que el dueño había muerto.

—Yo estaba en servicio activo —respondió él—. Si remataron esto mientras yo no podía defenderme, quizá se puede anular.

Elena palideció.

Miró las paredes pintadas, la cocina nueva, las fotos de su padre, la silla junto a la chimenea.