“Deja de hacer drama, es mi cumpleaños”: abandonó a su esposa sangrando junto a su bebé recién nacido… pero al volver, encontró la casa llena de sangre y una venganza que le destruyó la vida.

PARTE 1

“Deja de hacer drama, Mariana. Es mi cumpleaños, no tu funeral.”

Eso fue lo último que me dijo Alejandro antes de cerrar la puerta.

Yo estaba sentada en el piso del cuarto del bebé, con una mano temblando sobre la cuna y la otra presionando una toalla entre mis piernas. Nuestro hijo, Mateo, tenía apenas ocho días de nacido. Ocho días de desvelos, dolor, leche derramada, puntos que ardían y un cansancio que me hacía sentir como si mi cuerpo ya no me perteneciera.

Al principio pensé que era normal. Mi mamá me había dicho que después del parto una sangraba. Las enfermeras también. En internet todo decía que el sangrado podía durar semanas.

Pero eso no era normal.

La sangre no bajaba poquito. Salía en oleadas oscuras, empapando mis pants, manchando el tapete beige que yo misma había escogido con tanta ilusión cuando decoré el cuarto de Mateo. Cada vez que intentaba levantarme, el mundo se me iba hacia un lado.

“Alejandro…” dije con la voz rota. “Por favor, llévame al hospital.”

Él estaba frente al espejo del pasillo, acomodándose el cuello de una camisa blanca de lino. Se veía recién bañado, perfumado, tranquilo. Como si fuera a una sesión de fotos, no como si su esposa estuviera desangrándose frente a él.

Ese viernes se iba a Valle de Bravo con sus amigos. Habían rentado una casa enorme con alberca, asador, tequila caro y motos acuáticas. Su cumpleaños número treinta y cinco, según él, merecía “desconectarse del estrés”.

“Mariana, ya empezamos otra vez”, soltó sin mirarme.

“No puedo sentir bien las manos”, susurré. “Me estoy mareando.”

“Acabas de parir. Mi mamá dijo que ibas a ponerte sensible. Que lloran, sangran y exageran.”

“No estoy exagerando.”

Mateo lloró desde la cuna, con ese llanto chiquito que a mí me partía el alma. Intenté incorporarme para cargarlo, pero una punzada me dobló el cuerpo.

“Llama a una ambulancia”, le rogué.

Alejandro soltó una risa seca.

“¿Una ambulancia? ¿Para que los vecinos de Lomas Verdes vean el show? No, Mariana. No me vas a arruinar el cumpleaños.”

Me quedé mirándolo, incapaz de creer que ese hombre fuera el mismo que había llorado cuando escuchó el corazón de Mateo por primera vez.

“Entonces llama a tu mamá. A mi hermana. A quien sea.”

“Mi mamá viene mañana. Báñate, tómate un té, ponte una toalla y ya.”

La sangre ya había llegado al borde del tapete.

“Alejandro, mírame.”

Alargué la mano y alcancé a tocarle el pantalón. Él se apartó como si lo hubiera ensuciado.

“No me manipules”, dijo. “He estado encerrado ocho días oyendo llanto, quejas y drama. También soy persona. También merezco descansar.”

Tomó sus lentes oscuros, su reloj caro y las llaves de la camioneta.

“Voy a poner mi celular en modo avión. No voy a pasar mi cumpleaños contestando mensajes histéricos.”

La puerta se cerró.

Luego escuché el motor alejarse.

Afuera, los aspersores seguían regando el pasto perfecto. Un vecino reía en alguna terraza. Un perro ladraba a lo lejos.

Adentro, mi bebé gritaba de hambre y yo caí de lado sobre el piso frío.

Mi celular vibró junto a mi cara. En la pantalla apareció una historia de Instagram.

Alejandro, manejando rumbo a Valle, con su reloj brillando sobre el volante.

Texto:

“Fin de semana de cumpleaños. Tequila, carne asada, amigos y CERO drama.”

Mis ojos empezaron a cerrarse.

Y todavía no podía imaginar lo que estaba a punto de pasar…