
PARTE 1
—Tu cuñada está durmiendo otra vez entre nosotros —murmuró mi esposo, con una sonrisa rara—. ¿Ahora qué? ¿También la vas a arropar?
La primera noche pensé que era una tontería. La segunda, una falta de respeto. Para la quinta, yo ya no sabía si estaba viviendo en mi propia casa o en una pesadilla que nadie más quería ver.
Mi nombre es Mariana, tengo treinta y dos años y vivo en Puebla con mi esposo, Esteban. Nuestra casa no era grande, pero siempre fue tranquila: dos pisos, una azotea llena de macetas, una cocina donde mi mamá preparaba café de olla cada domingo y un pasillo largo que por las noches parecía tragarse todos los sonidos.
Todo cambió cuando mi hermano Tomás se casó con Lucía.
Lucía era bonita, reservada, de esas mujeres que piden permiso hasta para sentarse. Venía de Atlixco, trabajaba como maestra de preescolar y hablaba bajito, como si le diera miedo molestar al mundo. Tomás estaba feliz con ella. Mi mamá también. Decía que por fin mi hermano había encontrado una mujer buena, tranquila, decente.
Como ellos estaban remodelando su departamento, les ofrecimos quedarse en nuestra casa unas semanas.
Al principio todo fue normal.
Hasta la tercera noche.
Yo ya estaba acostada junto a Esteban cuando escuché tres golpecitos suaves en la puerta.
—¿Mariana? —susurró Lucía desde afuera—. ¿Puedo pasar?
Me levanté confundida. Ella estaba en el pasillo, abrazando una almohada contra el pecho, con una cobija de lana sobre los hombros.
—¿Qué pasó?
Bajó la mirada.
—Tuve una pesadilla horrible. ¿Puedo dormir aquí? Solo por hoy.
Me quedé helada.
—¿Aquí? ¿Con nosotros?
—En medio —dijo casi sin voz—. Prometo no moverme.
Pensé que era infantil, extraño, incómodo. Pero también vi su cara: pálida, sudada, con los ojos abiertos como si acabara de escapar de algo.
La dejé pasar.
Esteban soltó una risa dormida.
—¿Qué es esto?
—Lucía tuvo miedo —le dije.
Él se dio la vuelta.
—Pues que se duerma.
Lucía se acostó en medio de la cama. Se hizo bolita. No habló más.
A la mañana siguiente pidió perdón tantas veces que hasta me dio pena.
Pero volvió la noche siguiente.
Y la siguiente.
Y la siguiente.
Cada vez llegaba con la misma almohada, la misma cobija y la misma frase:
—Soñé feo.
Mi paciencia empezó a quebrarse. Tomás parecía no saber nada. Cuando le pregunté, él frunció el ceño.
—¿Cómo que duerme con ustedes?
Lucía bajó la cabeza.
—Solo a veces.
—¿Por qué no me despiertas a mí?
—No quería molestarte.
Mi mamá, que estaba sirviendo frijoles en la cocina, soltó un comentario que me ardió.
—Ay, mija, tampoco hagas dramas. A veces las recién casadas extrañan su casa.
Pero Esteban no parecía molesto. Eso fue lo primero que me inquietó de verdad.
Cualquier hombre habría reclamado que su cuñada se metiera a su cama. Él no. Al contrario, hacía bromas.
—Ya tenemos hija adoptiva —decía.
O:
—Lucía, si vas a invadir mi cama, mínimo trae café mañana.
Ella sonreía sin ganas.
Yo empecé a sentir rabia. No contra Esteban. Contra ella.
Una noche, cuando todos dormían, abrí los ojos porque Lucía se movió de golpe. No fue un movimiento normal. Fue rápido, preciso. Como si hubiera escuchado algo antes que yo.
La habitación estaba oscura. Esteban dormía a mi derecha. Lucía estaba entre nosotros, cubierta hasta la nariz.
Entonces vi una línea delgada de luz debajo de la puerta.
Alguien estaba parado afuera.
Mi cuerpo se congeló.
Lucía levantó despacio la cabeza debajo de la cobija y puso una mano sobre la mía. No apretó fuerte. Solo lo suficiente para decirme sin palabras: no te muevas.
La luz siguió ahí.
Dos segundos.
Tres.
Luego desapareció.
Escuché un paso suave en el pasillo. Después otro. Como si la persona supiera exactamente dónde pisar para no hacer ruido.
Yo quería despertar a Esteban, pero Lucía no quitó su mano de la mía.
Cuando el silencio volvió, ella se recostó otra vez, mirando hacia la puerta.
Y por primera vez entendí algo que me dejó sin aire.
Lucía no dormía en medio de mi cama porque estuviera loca.
Lucía estaba escondiéndose de alguien.
Al amanecer, la encontré en la cocina moviendo avena en una olla, como si nada hubiera pasado. Tenía ojeras profundas y las manos rojas de tanto apretar la cuchara.
Me planté en la entrada.
—¿Quién estaba afuera de mi cuarto anoche?
La cuchara chocó contra la olla.
—No sé de qué hablas.
—Sí sabes. Me agarraste la mano. Viste la luz. Sabías que alguien estaba ahí.
Lucía miró hacia las escaleras. Luego hacia el pasillo. Sus labios temblaron.
—Por favor, Mariana… aquí no.
Sentí un frío horrible en la espalda.
—¿Aquí no por qué?
Ella no respondió.
Solo apagó la estufa, tomó su cobija y susurró:
—Esta noche, en la azotea.
Y en ese momento supe que lo que estaba a punto de escuchar podía destruir a toda mi familia… pero jamás imaginé lo que vendría después.