“Baila como si me amaras… hay un francotirador apuntándote a la frente” - lbsuong

La mesera que salvó al mafioso más temido de Miami… y terminó cambiando su imperio para siempre

La copa de champán casi se le escapó de los dedos a Olivia Carter.

Por un segundo, estuvo a punto de hacerse añicos contra el mármol impecable del salón más lujoso de Miami. La atrapó en el último instante, con la bandeja temblando sobre el antebrazo y el corazón golpeándole las costillas como si quisiera salir corriendo por ella.

Nadie la vio.

Claro que no.

En lugares como ese, nadie mira al personal… a menos que cometa un error.

A su alrededor, la gala benéfica brillaba como un mundo al que Olivia jamás pertenecería. Candelabros de cristal, vestidos que costaban más que todo lo que ella ganaba en un año, hombres con relojes absurdamente caros y sonrisas de depredadores bien educados. Más allá de los ventanales, el océano parecía una sábana negra extendida bajo la luna.

Olivia llevaba seis horas de pie. Los zapatos baratos le estaban destrozando los pies. El uniforme le ajustaba demasiado. Tenía la espalda rígida y las manos cansadas de fingir elegancia mientras servía copas que jamás podría permitirse beber.

Se había mudado a Miami con una maleta medio rota, un celular con la pantalla estrellada y la absurda esperanza de que una ciudad tan grande tendría un rincón para una mujer dispuesta a trabajar hasta quedarse sin fuerzas.

Por las mañanas servía café.
Por las tardes transcribía audios.
Por las noches aceptaba turnos de catering como ese.

No tenía tiempo para enamorarse.
No tenía tiempo para descansar.
Sólo tenía cuentas.

—Olivia —la llamó el encargado del salón—. Mesa nueve. Muévete.

Ella se abrió paso entre los invitados con esa habilidad que sólo aprenden los invisibles: esquivar hombros, sonreír sin hablar, aparecer justo lo necesario y desaparecer antes de incomodar.

Entonces lo vio.

La “mesa nueve” no era una mesa. Era el centro de gravedad del salón.

Cinco hombres de traje estaban reunidos cerca de la terraza, rodeados de ese silencio raro que tienen las personas realmente poderosas. No necesitaban levantar la voz. No necesitaban presumir. El dinero viejo y el miedo ajeno ya hablaban por ellos.

Y en medio de todos estaba él.

Nico Moretti.

Joven, elegante, insoportablemente sereno. Cabello oscuro peinado hacia atrás, mandíbula firme, mirada de hielo pulido. No era el hombre que más hablaba, pero todos se orientaban hacia él sin darse cuenta, como si fuera el eje secreto de la habitación.

Olivia había escuchado ese apellido antes.

En cocinas.
En callejones.
En susurros.

Clubes nocturnos. Puertos privados. Hoteles. Construcción. Dinero. Influencia. Violencia.

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El tipo de hombre cuyo nombre la gente pronunciaba bajando la voz.

Se acercó con la bandeja en alto.

—¿Champán, señores?

Los otros tomaron una copa sin mirarla. Él no.

Nico levantó la vista y sus ojos se clavaron en ella con una atención tan quieta que le heló la nuca.

Y fue entonces cuando Olivia lo vio.

Un punto rojo.

Pequeño.
Preciso.
Mortal.

Primero apareció sobre su hombro. Luego subió despacio, deslizándose por el cuello. Y finalmente se detuvo en su frente.

Olivia dejó de respirar.

Todo el ruido del salón se volvió lejano. El cuarteto de cuerdas sonó como si estuviera tocando desde el fondo del mar. Durante un segundo interminable, supo exactamente lo que estaba viendo.

Una mira láser.

Alguien, en algún lugar ahí fuera, tenía un rifle apuntándole a la cabeza a Nico Moretti.

No gritó.

No podía.

Si gritaba, habría pánico. Cuerpos corriendo. Gente cayendo. El tirador apretaría el gatillo y convertiría la gala en una carnicería.

Si no hacía nada, aquel hombre moriría delante de ella.

La decisión la partió por dentro y llegó completa, brutal, sin pedir permiso.

Dejó la bandeja en una mesa.
Dio un paso al frente.
Sonrió.

Como si estuviera a punto de hacer algo atrevido.
Como si fuera una mujer coqueteando con un millonario.
Como si no estuviera mirando a la muerte directamente a los ojos.

Le rozó el brazo.

—No reaccione —susurró, sin dejar de sonreír—. Tiene un francotirador apuntándole a la frente.

Nico no se movió.

Ni un músculo.

Pero algo en él cambió al instante. Su quietud se volvió peligrosa.

—¿Quién eres? —preguntó, apenas moviendo los labios.

—La razón por la que sigue vivo.

Él la estudió un segundo.

—¿Y por qué debería creerte?

Olivia sostuvo su mirada.

—Porque yo no inventaría algo así usando unos zapatos que se están rompiendo. Y porque si quiere salir de aquí respirando… tiene que tomarme de la cintura y bailar conmigo.

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Los ojos de Nico bajaron apenas, como si comprobara que efectivamente aquellos zapatos estaban muriendo.
Por primera vez, obedeció.

Su mano se posó en la espalda de Olivia. Firme. Caliente. Autoritaria.

Entraron en la pista de baile como si fueran amantes improvisados, como si todo aquello fuera una locura romántica y no una carrera silenciosa contra una bala.

—Tu nombre —murmuró él.

—Olivia.

—Nico Moretti.

Aunque ya lo sabía, escucharlo de sus labios fue distinto. Más peligroso. Más real.

Ella tragó saliva.

—Entonces escúcheme bien, señor Moretti. No mire hacia la terraza. Y no deje que el hombre de la corbata plateada se acerque por detrás.

—¿Cuál de todos?

—El único que no está mirando la fiesta… porque está esperando ver su cadáver.

La música siguió sonando.

Los invitados reían.
Las copas tintineaban.
Nadie sospechaba nada.

Olivia levantó la vista y vio el reflejo en los ventanales: muy arriba, en una torre en construcción del otro lado de la avenida, una sombra inmóvil sostenía el ángulo perfecto.

El punto rojo reapareció.

Más firme.
Más alto.
Más cerca del final.

Olivia se pegó más al cuerpo de Nico, fingiendo intimidad, ocultándole la frente al tirador.

—Cuando cuente tres, gire a la izquierda y no me suelte —susurró junto a su oído.

—Uno.

Los violines siguieron.

—Dos.

Alguien brindó.

—Tres.

Olivia tiró de Nico con toda su fuerza.

Y en ese mismo instante, un disparo seco partió el aire, el cristal del salón explotó en miles de fragmentos brillantes y los gritos convirtieron la gala en un infierno.

Pero lo peor no fue el disparo.

Lo peor fue que, mientras caían al suelo, Nico miró a Olivia con sangre en la comisura de la boca… y le dijo: