Alejandro permaneció junto a la cama enorme de su madre, sosteniendo su mano… – thusuong

El hombre se inclinó un poco más hacia ella, observando cada pequeño gesto de su rostro, temeroso de que el dolor regresara de repente como había ocurrido tantas veces durante las últimas semanas.

—¿De verdad ya no duele? —preguntó con cautela.

La anciana movió lentamente la cabeza de un lado a otro, probando el movimiento con cuidado, como si todavía temiera despertar nuevamente aquella tormenta que había vivido dentro de su cráneo.

—No —respondió finalmente con una voz más clara—. Es como si alguien hubiera apagado un ruido que estaba dentro de mi cabeza todo el tiempo.

Alejandro cerró los ojos un instante, dejando escapar el aire lentamente mientras el alivio lo recorría como una ola cálida.

Sin embargo, cuando volvió a abrirlos, notó que Zoé seguía observando el pañuelo con una expresión extraña, una mezcla de inquietud y curiosidad que no había desaparecido.

—¿Qué pasa? —preguntó Alejandro.

Zoé levantó la mirada con cierta duda.

—Señor… este insecto no parece uno normal.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Cómo que no es normal?

Zoé abrió el pañuelo con cuidado sobre la pequeña mesa junto a la cama.

El escarabajo oscuro seguía allí, inmóvil, pero bajo la luz brillante de la lámpara se podían ver detalles que antes habían pasado desapercibidos.

Su cuerpo tenía un brillo metálico extraño, casi como si su caparazón estuviera hecho de un material demasiado liso para ser natural.

Alejandro se inclinó más cerca.

—Tal vez es una especie rara —dijo—, algo que vino con las plantas del jardín o del invernadero.

Zoé negó lentamente con la cabeza.

—Los insectos de mi pueblo no se ven así.

Alejandro tomó una pequeña lupa médica que estaba en el carrito de instrumentos y la acercó con cuidado al insecto.

Durante un segundo pensó que su vista lo estaba engañando.

Luego se quedó completamente inmóvil.

—Esto… —murmuró.

Zoé lo miró.

—¿Qué pasa?

Alejandro giró la lupa hacia ella.

—Mire.

Zoé observó el escarabajo a través del cristal.

Entonces frunció el ceño.

—No tiene ojos normales —dijo.

En lugar de los pequeños ojos negros que suelen tener los insectos, aquel escarabajo parecía tener dos diminutas superficies lisas que reflejaban la luz como si fueran vidrio pulido.

Alejandro volvió a examinarlo con más atención.

Luego notó algo aún más inquietante.

—Tiene una línea aquí —dijo señalando el centro del caparazón.

Era una línea casi invisible que cruzaba la espalda del insecto como una pequeña junta mecánica.

Zoé tragó saliva.

—Eso no parece natural.

Alejandro tocó suavemente el insecto con la punta de las pinzas.

El cuerpo no era blando como el de un animal.

Era rígido.

Demasiado rígido.

—Esto no es un escarabajo —dijo lentamente.

Zoé sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

—¿Entonces qué es?

Alejandro acercó nuevamente la lupa.

Y en ese momento vio algo que le hizo cambiar completamente de expresión.

Dentro de una pequeña abertura del caparazón había un punto diminuto que parecía una lente microscópica.

Una lente.

Como la de una cámara.

—Dios mío… —susurró.

Zoé lo miró alarmada.

—¿Qué pasa, señor?

Alejandro levantó la mirada hacia ella.

—Esto es un dispositivo.

Zoé tardó unos segundos en comprender.

—¿Un… aparato?

Alejandro asintió lentamente.

—Un microdispositivo.

Volvió a observar el insecto con cuidado.

—Parece diseñado para parecer un escarabajo… pero en realidad es una máquina diminuta.

Zoé se llevó la mano a la boca.

—¿Una máquina… dentro del oído de la señora?

Alejandro sintió que el alivio que había sentido segundos antes se transformaba lentamente en una inquietud profunda.

Porque si aquello era un dispositivo…

Significaba que alguien lo había colocado allí.

Doña Margarita los observaba desde la cama con expresión confundida.

—¿De qué hablan?

Alejandro se acercó a ella con una sonrisa tranquilizadora, aunque por dentro su mente ya estaba llena de preguntas inquietantes.

—Nada importante, mamá —dijo suavemente—. Solo estamos revisando qué fue lo que te causó el dolor.

Pero mientras decía esas palabras, su mirada volvió a posarse en el pequeño dispositivo.

Y entonces recordó algo.

Hace dos semanas.

Una fiesta.

Muchos invitados.

Entre ellos varios empresarios, científicos y socios internacionales.

Alejandro sintió un nudo formarse en su estómago.

Porque si alguien había introducido un dispositivo microscópico en el oído de su madre…

Eso no era un accidente.

Era vigilancia.

O algo mucho peor.

Zoé observó nuevamente el pequeño objeto con inquietud.

—Señor… ¿eso significa que alguien estaba espiando a su madre?

Alejandro no respondió de inmediato.

Sus ojos seguían fijos en el dispositivo.

Porque ahora había notado algo más.

Una diminuta luz roja.

Muy débil.

Pero todavía encendida.

El dispositivo seguía funcionando.

Alejandro levantó lentamente la mirada.

Y en ese instante comprendió algo que hizo que su corazón comenzara a latir más rápido.

Si ese aparato todavía estaba activo…

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Significaba que alguien, en algún lugar, probablemente había estado escuchando todo lo que ocurría dentro de aquella habitación.

Y tal vez…

También había escuchado que lo habían descubierto.