PARTE 3
Esa noche no dormí.
Puse los recibos sobre la mesa de la cocina. Eran depósitos viejos, algunos de hacía más de veinte años. La referencia decía “S. Benítez”, como mi nombre completo: Socorro Benítez. Pero la cuenta no era mía.
Patricia llegó sin avisar, con uniforme.
“Vine a tomarte la presión”, dijo.
“No”, respondí. “Viniste porque Maribel te mandó captura de los papeles.”
Mi hija apretó los labios.
“Mamá, no empieces con conspiraciones. Bastante tenemos con el embarazo.”
Le empujé un recibo.
“Mira la firma.”
Patricia lo tomó de mala gana. Su cara cambió.
“Es la de papá.”
“Sí.”
“Tal vez ayudaba a alguien.”
“Entonces, ¿por qué usar mi nombre?”
No supo contestar.
Julián estaba junto a la ventana, callado. Elena, sentada al borde de una silla, parecía cargar una culpa que no era suya.
“Mi tía dice que mi mamá recibía ese dinero”, explicó Elena. “Ella se llamaba Sandra. Trabajó en una fonda cerca del puerto, donde los petroleros comían al salir de turno.”
El nombre me golpeó.
Sandra.
Yo recordaba una Sandra. Una joven de ojos grandes que una vez me atendió enchiladas cuando Ernesto me llevó a comer después de cobrar su aguinaldo. Él se había puesto raro ese día. Demasiado amable, demasiado nervioso.
“Mi esposo la conocía”, susurré.
Patricia se levantó.
“No. No vayas por ahí.”
“¿Por qué te asusta más la verdad que el chisme?”
“Porque papá no está para defenderse.”
“Y quizá por eso nadie quiere que yo pregunte.”
A la mañana siguiente fuimos al banco. Yo no quería que Julián me acompañara, pero sí Elena. Patricia fue porque podía desmayarme. La ejecutiva no quería darnos información, hasta que Elena mostró el acta de defunción de su madre y una carta de su tía autorizando revisar documentos.
La cuenta había sido cerrada años atrás.
Pero apareció el nombre del cotitular.
Ernesto Benítez.
Y en observaciones, una frase escrita en la solicitud original:
“Apoyo mensual para menor: Elena S. Cruz.”
Patricia se sentó de golpe.
Elena se tapó la boca.
Julián cerró los ojos.
Yo no lloré. Todavía no. Había un dolor tan grande que ni lágrimas encontraba.
“Mi esposo sabía de Elena”, dije.
La ejecutiva bajó la mirada.
“Eso parece, señora.”
Todo se movió dentro de mí. Ernesto, el hombre al que yo le hablaba frente a su foto, había guardado un secreto que unía a mi familia con la de Julián antes de conocernos.
Cuando salimos, Patricia explotó.
“¡Esto no prueba nada!”
Elena la enfrentó.
“Prueba que tu papá le mandaba dinero a mi mamá por mí.”
“¡No sabes por qué!”
“¡Pues quiero saberlo!”
“¡Y yo no quiero que destruyan el recuerdo de mi padre!”
Entonces hablé.
“Patricia, el recuerdo de tu padre no se destruye por investigar. Se destruye cuando obligas a todos a vivir arrodillados ante una mentira.”
Ella se quedó muda.
Esa tarde fui con doña Teresa, la tía de Elena, una mujer flaca de ojos filosos, en una casa azul frente a la laguna de Mandinga. Nos recibió con café y con miedo.
“Yo ya estoy vieja para cargar muertos ajenos”, dijo.
Sacó una caja de lata.
Adentro había cartas.
Todas de Ernesto.
En una, escrita con su letra temblorosa, decía que Sandra no debía buscar a Julián porque “ese muchacho no tiene la culpa de lo que yo prometí arreglar”.
Sentí náusea.
“¿Qué prometió arreglar?”, pregunté.
Doña Teresa me miró con tristeza.
“Que si Sandra callaba quién era el verdadero padre de Elena, él les ayudaría. Porque si la verdad salía, se acababa su matrimonio.”
Patricia palideció.
“No. Mi papá no.”
Doña Teresa abrió otra carta y la puso frente a mí.
Ahí estaba la frase que partió el cuarto:
“Elena es mi hija, no de Julián.”
En ese momento, Patricia dejó de defender a un muerto.
Y yo entendí que el escándalo de mi embarazo apenas era la punta de algo mucho más hondo.