PARTE 2
Camila llegó a su casa con las fotos del ultrasonido apretadas contra el pecho.
La sala estaba oscura. La mitad del clóset de Rodrigo seguía vacía. Pero esta vez, su ausencia ya no se sintió como abandono. Se sintió como espacio recuperado.
El celular volvió a sonar.
—Camila, escucha con cuidado —dijo Lucía, su abogada—. Rodrigo intentó transferir 3 millones de pesos a una sociedad nueva a nombre de Valeria. Ya metí una medida urgente. Si el juez la aprueba, no podrá tocar nada.
Camila cerró los ojos.
—Quería dejarme sin dinero.
—Quería dejarte sin defensa —corrigió Lucía—. Pero con el ultrasonido y la fecha de la vasectomía, todo cambió.
Camila respiró hondo.
—¿Y lo de Valeria?
Lucía soltó una risa seca.
—Convenientemente embarazada justo cuando se descubre que tú esperas gemelos legítimos. Muy oportuno, ¿no?
Camila entendió de golpe.
Valeria no solo se había metido en su matrimonio. Había planeado destruirla. Le insistió a Rodrigo con la vasectomía. Después sembró dudas. Le habló de los horarios de Camila en la agencia, de sus juntas nocturnas, de cualquier cosa que pudiera parecer sospechosa. Cuando Camila quedó embarazada, Rodrigo ya estaba listo para odiarla.
Solo que el cuerpo de Camila se adelantó a la mentira.
—Mañana habrá una cena en la casa de doña Teresa —dijo Lucía—. Rodrigo y su mamá van a presentar oficialmente a Valeria como “la nueva integrante de la familia”.
Camila abrió los ojos.
—Voy a ir.
—No te lo recomiendo. Te van a atacar.
—Que lo intenten.
A la mañana siguiente, Camila se reunió con Lucía en un despacho de Polanco. La abogada le entregó un sobre manila.
—Mandé investigar a Valeria. No está embarazada.
Camila sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Qué encontraste?
Lucía sacó unos papeles.
—Compró una prótesis de vientre en una clínica estética de Santa Fe. También descargó imágenes falsas de ultrasonido de una página extranjera. Hay recibos, correos y comprobantes de pago.
Camila miró las hojas. No gritó. No lloró. Solo sintió una frialdad nueva crecerle en el pecho.
Esa noche se vistió de negro. Un vestido sobrio, elegante, como si fuera a un funeral. Porque en cierto modo lo era: iba a enterrar la mentira con la que quisieron destruirla.
La casa de doña Teresa Mendoza estaba en Lomas de Chapultepec. Portón alto, jardín impecable, ventanas enormes y olor a comida cara.
Camila entró sin anunciarse.
Las conversaciones murieron una por una.
En el comedor había más de 20 personas. Tíos, primos, amigos de la familia. Doña Teresa estaba en la cabecera, con perlas en el cuello y la espalda recta. Rodrigo se veía agotado. Valeria, a su lado, llevaba un vestido amplio y una mano sobre el abdomen.
—Tú no eres bienvenida aquí —dijo doña Teresa.
Camila caminó hasta la mesa.
—No vine a cenar. Vine a entregar unos regalos.
Rodrigo se levantó de golpe.
—Camila, no hagas esto aquí.
Ella lo miró.
—Aquí es exactamente donde debe pasar.
Sacó el sobre manila y lo lanzó al centro de la mesa.
El golpe hizo brincar las copas.
Valeria se levantó, pálida.
—Está loca. Está obsesionada conmigo.
Camila abrió el sobre y sacó el primer recibo.
—Clínica estética Santa Fe. Prótesis abdominal de silicona y solución salina. Pagada por Valeria Ríos hace 3 días.
Un murmullo recorrió el comedor.
Doña Teresa tomó el papel con manos temblorosas.
—Valeria… ¿qué es esto?
—Es falso —gritó Valeria—. Ella lo inventó porque Rodrigo me eligió a mí.
Camila sacó entonces las fotos reales del ultrasonido.
—Estos son mis hijos. 12 semanas. Gemelos. Concebidos antes de la vasectomía de Rodrigo.
Rodrigo se cubrió la cara.
Doña Teresa miró las imágenes, luego el vientre falso de Valeria.
—Me juraste que cargabas a mi nieto.
Valeria empezó a llorar.
—Yo iba a embarazarme, se los juro. Solo necesitaba tiempo. Necesitaba asegurar mi lugar.
—Querías asegurar sus cuentas —dijo Camila.
Luego sacó otro documento.
—Y hablando de cuentas: desde las 5 de la tarde, el juez congeló todos los movimientos de Rodrigo. La sociedad nueva, las inversiones, las cuentas compartidas. Todo.
Rodrigo levantó la cara, devastado.
—Camila, me manipuló. Ella me metió ideas. Yo pensé…
—Pensaste lo que te convenía —lo interrumpió ella—. Preferiste creer que yo era una cualquiera porque así no tenías que sentir culpa.
La mesa entera quedó muda.
Camila dio media vuelta para irse. Pero al llegar al pasillo, un dolor brutal le partió el vientre.
Se dobló, sujetándose de una consola.
—Camila —gritó Rodrigo.
Ella sintió algo caliente correrle por las piernas.
Bajó la mirada.
Sangre.
Rodrigo corrió hacia ella.
—Déjame ayudarte.
Camila apenas pudo susurrar:
—No me toques.
Y antes de caer, escuchó a alguien gritar que llamaran a una ambulancia.