PARTE 2
Valeria no gritó. No aventó el folder. No lloró.
Se quedó quieta, con la mano todavía en la perilla, mirando a esas 3 personas como si fueran desconocidos usando rostros que ella había amado.
—Alguien me va a explicar esto ahora mismo —dijo.
Teo suspiró, fastidiado.
—Valeria, no empieces con tus dramas.
Esa frase le dolió más que la escena completa.
Durante 5 meses, ella había vendido muebles, trabajado enferma, pedido dinero prestado y soportado insultos de su suegra a todas horas. Y él, de pie, sano, abrazando a otra mujer, le pedía que no empezara.
—¿No empiece qué? —preguntó ella—. ¿A preguntar por qué caminas perfecto? ¿Por qué no tienes máquinas? ¿Por qué una enfermera te abraza como si fueras su novio?
La joven bajó la mirada. Doña Ingrid levantó la barbilla.
—No hagas un escándalo en un hospital.
Valeria soltó una risa seca.
—Claro. El problema soy yo por reaccionar a sus mentiras.
Teo dio un paso hacia ella.
—Las cosas se salieron de control.
—¿Las cosas? —repitió Valeria—. ¿Tu enfermedad falsa se salió de control o el dinero que querían robarme?
El silencio fue una confesión.
La enfermera murmuró:
—Yo no sabía que ella iba a vender su casa.
Doña Ingrid se giró hacia ella con furia.
—Cállate, Mariana.
Así supo Valeria su nombre.
Mariana no era una casualidad. Era parte de la trampa.
Valeria caminó hacia la cama. Las sábanas estaban intactas. No había gasas, jeringas ni aparatos. El expediente tenía fechas cruzadas. Una hoja mencionaba una clínica en Monterrey, aunque Teo supuestamente nunca había salido de Guadalajara. En otra, el apellido del cardiólogo estaba mal escrito.
—¿Desde cuándo planeaban esto? —preguntó Valeria.
Teo se pasó la mano por la cara.
—No lo hagamos aquí.
—Aquí me trajeron para firmar mi ruina, así que aquí me vas a contestar.
Doña Ingrid se levantó.
—Tú vendiste porque quisiste. Nadie te obligó.
—¡Me dijeron que se estaba muriendo!
—Y lo creíste porque siempre has querido sentirte mártir —respondió la suegra—. Buena, decente, obediente… y facilísima de manejar.
Valeria sintió frío en los huesos.
Pensó en su padre pidiéndole que nunca soltara esa casa. Pensó en su madre poniendo flores en la cocina. Pensó en las paredes que acababa de perder por salvar a un hombre que ni siquiera bajaba la cabeza.
Teo apretó la mandíbula.
—Necesitábamos el dinero.
—¿Necesitábamos quiénes?
Mariana empezó a llorar.
—Él me dijo que ustedes ya estaban separados. Que solo faltaba arreglar lo económico.
Valeria miró a Teo con náusea.
—¿Arreglar lo económico era quitarme la casa de mis padres?
Él sonrió con desprecio.
—Esa casa era un desperdicio. Tú nunca ibas a hacer nada grande con ella.
Doña Ingrid añadió:
—Con ese dinero, mi hijo y Mariana podían empezar de nuevo. Ella sí sabe apoyar a un hombre con ambición.
Todo encajó.
El notario amigo. El comprador que nunca quiso verla. Las llamadas de madrugada. Las facturas raras. La enfermera siempre presente.
Valeria metió la mano al bolso.
Doña Ingrid se tensó.
—¿Qué buscas?
Valeria sacó su celular.
Teo frunció el ceño.
—Dame eso.
—No me toques —dijo ella, con una firmeza que no sabía que tenía.
Mariana se puso entre los dos.
—Déjala, Teo.
Él la miró con odio.
—Tú cállate.
Valeria abrió una carpeta de audios.
—Hace 2 semanas, una vecina me avisó que vio a un hombre entrar a mi casa con doña Ingrid. Revisé la cámara que instalé cuando mi papá estaba enfermo.
Doña Ingrid palideció.
—No sé de qué hablas.
—Sí sabes.
Valeria levantó el celular.
—Antes de subir, llamé al banco, a una abogada y a administración del hospital. La transferencia quedó congelada.
El rostro de Teo perdió color.
—¿Qué hiciste?
—Lo que debí hacer desde el principio: pensar en salvarme yo.
Entonces Valeria presionó reproducir.
Y justo cuando la primera voz empezó a sonar, alguien golpeó la puerta con fuerza.