PARTE 2
Alejandro no respondió de inmediato.
Se quedó en medio de la sala, con la vista clavada en el celular y la corbata aún apretándole el cuello. Detrás de los ventanales, la Ciudad de México brillaba como si nada malo estuviera ocurriendo.
Pero algo dentro de él ya se había roto.
Escribió:
¿Quién es usted?
La respuesta tardó casi 5 minutos.
Me llamo Mariana. Trabajé hace años para Grupo Salvatierra. Usted quizá no me recuerda, pero yo sí lo recuerdo a usted.
Alejandro frunció el ceño.
Mariana.
El nombre le sonó lejano, escondido entre años de juntas, contratos, inauguraciones y ambición. Buscó en su memoria, pero solo encontró sombras.
Otro mensaje llegó.
Yo no quiero dinero. No quiero prensa. No quiero escándalos. Solo quiero que Sofía no quede en manos de gente que la va a desaparecer como desaparecieron a su padre.
La palabra padre le congeló la sangre.
Alejandro escribió:
¿De qué está hablando?
La respuesta llegó como una piedra lanzada contra vidrio.
El papá de Sofía fue Julián Salvatierra. Su hermano menor.
Alejandro dejó caer el teléfono sobre la mesa.
Julián.
El nombre que nadie pronunciaba en las comidas familiares.
El hermano rebelde.
El hijo que su padre había llamado traidor.
El muchacho que, según la versión oficial, había robado dinero de la empresa, se había ido con una mujer y había muerto solo, lejos de todos.
Alejandro recordaba la última discusión en la casa de Las Lomas. Julián gritando que no había robado nada. Su padre golpeando la mesa. Su madre llorando en silencio. Y él, Alejandro, demasiado ocupado defendiendo la empresa para defender a su propio hermano.
El celular vibró otra vez.
Julián nunca robó. Lo obligaron a irse porque descubrió documentos falsos en la constructora. Yo estaba embarazada y él quería decírselo a usted, pero don Ernesto lo amenazó.
Don Ernesto.
Su padre.
El fundador de Grupo Salvatierra.
Un hombre admirado en revistas, temido en oficinas y obedecido en casa como si su palabra fuera ley.
Alejandro sintió rabia, pero también desconfianza. Podía ser una mentira. Una extorsión. Una trampa.
Entonces llegó una foto antigua.
Julián aparecía mucho más joven, con una camisa blanca arrugada, abrazando a Mariana. Ella estaba embarazada. En la parte de atrás de la foto se veía una casa humilde en Iztapalapa.
Alejandro amplió la imagen.
Los ojos de Julián eran iguales a los de Sofía.
La niña de los zapatos rotos tenía la mirada de los Salvatierra.
Alejandro tomó las llaves y salió sin avisar a nadie.
En el hospital, la encontró en la cama 318. Mariana estaba tan delgada que parecía que la sábana pesaba más que ella. Sofía dormía en una silla, con los zapatos nuevos puestos y la caja abrazada como si fuera un tesoro.
Mariana lloró al verlo.
—Pensé que no vendría.
Alejandro miró a la niña.
—¿Ella sabe?
—No. Cree que su papá murió antes de conocerla. Cree que no tiene familia.
—¿Por qué me buscó hasta ahora?
Mariana cerró los ojos con dolor.
—Porque me estoy muriendo. Y porque ayer llegó una mujer a mi vecindad diciendo que venía de parte de don Ernesto.
Alejandro apretó la mandíbula.
—¿Mi padre?
—Dijo que si yo moría, Sofía sería enviada a un internado lejos de México. Que nadie debía saber que Julián tuvo una hija. Que usted jamás la aceptaría.
Sofía se movió en la silla, despertando apenas.
—Mamá… ¿el señor bueno vino por mis zapatos?
Alejandro no pudo contestar.
Mariana tomó su mano con fuerza.
—No vine a pedirle caridad, Alejandro. Vine a pedirle que no permita que su familia borre a mi hija como borró a Julián.
En ese momento, la puerta se abrió.
Una mujer elegante, de cabello plateado y lentes oscuros, entró sin tocar.
Era Rebeca Salvatierra, madre de Alejandro.
Miró a Sofía, luego a Mariana, y finalmente a su hijo.
—Qué bueno que llegaste —dijo con frialdad—. Así podemos resolver este error antes de que se convierta en escándalo.
Y sobre la cama dejó un sobre con papeles de renuncia, custodia y silencio.