PARTE 2
—Esto es ridículo —dijo Renata—. Mi padre estaba enfermo. Cualquier documento firmado en esas condiciones no vale nada.
El licenciado Ortega acomodó los papeles frente a él con una calma insoportable.
—Don Ernesto firmó 4 semanas antes de morir, después de una evaluación médica y psicológica. También grabó una declaración voluntaria ante notario.
Renata perdió color.
Su hermano menor, Julián, se inclinó hacia ella.
—Renata, espera.
—No me digas que espere —escupió ella—. Esta mujer apareció con zapatos gastados y ahora todos quieren fingir que fue amor.
Camila seguía sosteniendo la carta. Sus dedos temblaban, pero no por miedo. Temblaban porque la voz de Ernesto seguía viva en esas líneas.
El abogado leyó:
—“Dejo a mis hijos una asignación mensual administrada por fideicomiso, suficiente para vivienda, salud y educación de sus propios hijos, bajo las condiciones establecidas. Cualquier intento de impugnar este testamento, difamar públicamente a mi esposa o presionarla para abandonar la residencia familiar resultará en la pérdida completa de dicha asignación.”
Renata soltó una carcajada seca.
—¿Asignación? ¿Como si fuéramos niños?
—Su padre consideró necesario proteger su patrimonio de decisiones impulsivas.
—No. Lo hizo ella.
Todos miraron a Camila.
Renata avanzó un paso.
—¿Qué le prometiste? ¿Qué le dijiste mientras se moría? ¿Que estabas sola? ¿Que nadie te quería? ¿Que necesitabas salvarte?
Camila levantó la vista.
—No tuve que inventar eso. Era verdad.
La frase cayó pesada.
Por un momento, incluso Renata se quedó callada.
El abogado continuó:
—“La residencia principal de Las Lomas, así como el 51% de las acciones de Grupo Salazar, quedarán a nombre de mi esposa, Camila Vargas de Salazar.”
Julián se llevó la mano a la boca.
El otro hermano, Andrés, murmuró:
—No puede ser.
Renata se puso de pie tan rápido que la silla se fue hacia atrás.
—¡Esa casa era de mi madre!
—Legalmente pertenecía a su padre —respondió Ortega—. Y su madre dejó constancia de que él podía disponer de ella.
—¡Cállese!
Camila sintió que la habitación se cerraba sobre ella.
La casa. La empresa. El apellido. Todo aquello que nunca había buscado, puesto ahora sobre sus hombros como una corona llena de espinas.
—No quiero la empresa —dijo en voz baja.
Renata sonrió con odio.
—Claro que no. Solo quieres venderla.
—No.
—Entonces eres más tonta de lo que pensé.
El abogado levantó otra hoja.
—Hay más.
Renata se volvió hacia él.
—¿Más?
—“La casa no podrá venderse durante 18 años.”
Andrés frunció el ceño.
—¿18 años? ¿Por qué 18?
El silencio se volvió raro.
Camila sintió que el estómago se le apretaba.
El abogado no la miró, como si ya supiera que esa parte debía dolerle y protegerla al mismo tiempo.
—“La propiedad quedará resguardada como hogar principal de mi esposa y del hijo o hija que espera.”
Renata abrió la boca.
Nadie habló.
La palabra quedó flotando.
Hijo.
Camila bajó la mirada hacia su vientre, todavía plano bajo el vestido negro.
Ella no lo sabía.
Había tenido mareos, cansancio, rechazo al café. Lo había atribuido al hospital, al miedo, al duelo, a no comer bien.
—No —susurró.
El abogado deslizó otro sobre hacia ella.
—Don Ernesto dejó pagada una cita médica privada. Sospechó el embarazo por sus síntomas, pero pidió que nadie se lo dijera hasta que usted estuviera acompañada legalmente. Temía que la presionaran.
Renata estalló.
—¡Mentira! ¡Eso es mentira! ¡Una trampa perfecta!
Camila no escuchaba. La habitación se había llenado de recuerdos: Ernesto poniendo pan tostado frente a ella, Ernesto cambiándole el café por té, Ernesto tocándole la muñeca en el hospital y diciendo “por eso”.
Por eso.
Él lo sabía.
O lo había intuido.
Y se había ido dejándole no una fortuna, sino un escudo.
Renata se acercó con los ojos brillantes de rabia.
—Un bebé. Qué conveniente. ¿Cuánto tardaste en planearlo?
Camila se levantó despacio.
—Nunca lo planeé.
—¿Crees que mi papá pudo embarazarte a su edad?
El abogado intervino:
—Señorita Renata.
—¡No! Quiero una prueba. Quiero ADN. Quiero todo.
Camila sostuvo la carta contra su pecho.
—Lo tendrás cuando sea el momento. Pero no porque tú me lo ordenes.
Renata la miró como si por primera vez descubriera que Camila podía responder.
—No vas a parir un Salazar y quedarte con lo nuestro.
El abogado endureció la voz.
—Le recuerdo que esa amenaza puede activar la cláusula de pérdida.
Renata respiró fuerte.
Julián la sujetó del brazo.
—Ya basta.
Pero ella se soltó.
—Esto no termina aquí.
Camila guardó la fotografía y la carta dentro de la caja. Ya no le parecía pequeña. Pesaba como una vida entera.
Cuando salió del despacho, la lluvia empezaba a caer sobre la avenida. No llevaba paraguas. Caminó hasta la banqueta con el vestido negro pegándose a las piernas.
Entonces escuchó tacones detrás de ella.
Renata.
—Camila.
Ella se giró.
Renata tenía el rostro distinto. No suave. Peor. Frío.
—Mi papá pudo haber sido engañado —dijo—, pero mi madre no.
Camila frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Renata sacó de su bolso una llave antigua, dorada, colgando de una cinta azul.
—Significa que hay una caja fuerte en la casa que ni el abogado conoce. Mi madre dejó algo ahí antes de morir. Algo sobre ti.
Camila sintió que la lluvia le corría por la nuca.
—Mi madre murió cuando yo era niña. Tu familia no me conocía.
Renata sonrió por primera vez sin gritar.
—Eso es lo que tú crees.