Una búsqueda desesperada sin resultados
La madre contactó de inmediato a las autoridades. Se desplegó un operativo de búsqueda que se extendió durante semanas. Equipos de rescate rastrearon la zona del lago, las orillas rocosas, los alrededores del bosque.wahib Sin embargo, ninguna pista concreta apareció. La hipótesis oficial se fue consolidando con el paso de los días: probablemente la menor había resbalado sobre las rocas mojadas y la corriente se la había llevado mientras su padre organizaba el equipo.
La madre quedó devastada. No lograba conciliar el sueño ni alimentarse con normalidad. La ausencia de un cuerpo, la falta de respuestas y el silencio del lago se convirtieron en una tortura diaria. Poco a poco, la familia comenzó a aceptar lo inaceptable: la niña no volvería.
La culpa aparente del padre
Desde aquel día, el esposo mostró todos los signos de un hombre destruido por el remordimiento. Vendió su bote, juró no volver jamás al lago y evitó cualquier mención al pasatiempo que había compartido con su hija. Sin embargo, conservó un único objeto como recuerdo: su vieja caja roja de aparejos de pesca, que guardaba celosamente en el dormitorio. Aseguraba que aún conservaba el olor del protector solar de la niña, y que abrirla era la única forma que tenía de sentirla cerca.
Para la madre, aquel gesto parecía la expresión más pura del duelo paterno. No sospechaba que aquella caja escondía algo mucho más siniestro que un simple recuerdo.
Un descubrimiento inesperado
Había pasado exactamente un año desde la desaparición cuando la mujer decidió ordenar el armario del dormitorio. Mientras acomodaba las repisas, la caja roja resbaló y cayó al suelo. Su contenido se desparramó sobre la alfombra, y entre los anzuelos y señuelos, un objeto captó su atención: una pulsera médica hospitalaria.
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