PARTE 2: LA MUJER QUE QUISIERON SACAR DEL CAMINO
La mujer se llamaba Valeria Montes.
En las revistas la llamaban “empresaria social”, aunque todo Querétaro sabía que su mayor talento era aparecer en eventos donde hubiera cámaras, apellidos importantes y botellas caras. Había crecido rodeada de políticos, ganaderos millonarios y familias que medían el valor de una persona por el tamaño de su casa.
Y ella estaba convencida de que Alejandro Cárdenas le pertenecía.
“Valeria”, dijo él, sin levantarse. “No vuelvas a hablar así en mi oficina.”
Mariana sintió que la sangre le subía a la cara. Quiso salir corriendo, pero Sofía se escondió detrás de sus piernas.
Valeria sonrió con veneno.
“Perdón. No sabía que ahora recogías gente en terminales.”
Alejandro se puso de pie.
“Basta.”
Por primera vez, Mariana vio algo duro en sus ojos. No era un hombre débil ni ingenuo. Era alguien acostumbrado a que el mundo obedeciera cuando hablaba.
Valeria apretó los labios, fingió una risa y se fue, pero antes de cerrar la puerta lanzó una última mirada a Mariana.
Una mirada que prometía guerra.
Esa misma tarde, Mariana y Sofía llegaron al rancho Los Encinos, en las afueras de Querétaro. La casa principal era enorme, con pasillos de piedra clara, bugambilias, caballos y un jardín que parecía sacado de una película antigua. La casita de huéspedes donde vivirían tenía dos camas limpias, cocina pequeña y una ventana desde donde Sofía podía ver los árboles.
Esa noche, por primera vez en meses, la niña durmió sin llorar.
Doña Lupita, la encargada de la casa, las recibió con cariño.
“Aquí nadie se queda con hambre, mija”, le dijo a Sofía, sirviéndole chocolate caliente.
Mariana trabajó duro. Organizó despensas, limpió habitaciones, recibió proveedores y aprendió los horarios del rancho. Nunca pidió favores. Nunca se aprovechó. Y poco a poco, Alejandro empezó a mirarla de una manera distinta.
No con lástima.
Con admiración.
Le preguntaba por Sofía. Le llevaba libros. Le consiguió una cita con una directora de primaria. A veces cenaban con Doña Lupita en la cocina, lejos de los salones elegantes, riéndose de cosas simples.
Mariana comenzó a sentirse segura.
Ese fue su error.
Una tarde, mientras Alejandro estaba en Monterrey por negocios, Valeria llegó al rancho sin avisar. No entró por la cocina ni saludó a nadie. Caminó directo a la biblioteca, donde Mariana acomodaba facturas.
“Tenemos que hablar”, dijo.
Mariana se puso de pie.
“Si busca al señor Alejandro, no está.”
“Lo sé. Por eso vine.”
Valeria cerró la puerta.
“Voy a explicarte algo antes de que hagas más ridículo tu papel de cenicienta mexicana. Alejandro se aburre. Siempre ha sido así. Le gusta rescatar causas perdidas. Perros callejeros, empleados quebrados, mujeres con historias tristes.”
Mariana sintió que las manos le temblaban.
“Él no es así.”
Valeria soltó una risa suave.
“¿De verdad crees que un hombre como él va a presentar en sociedad a una madre soltera sin apellido, sin estudios y con una niña de otro hombre?”
Cada palabra cayó como piedra.
“Mi hija no tiene la culpa de nada.”
“No hablo de culpa. Hablo de realidad. Tú eres una distracción. Una emoción pasajera. Cuando Alejandro vuelva a sus cenas con senadores, inversionistas y familias decentes, tú vas a estorbar.”
Mariana quiso responder, pero la voz se le quebró.
Valeria se acercó más.
“Si de verdad amas a tu hija, vete antes de que él se canse y las eche. Porque cuando eso pase, Sofía no solo va a perder un techo. Va a perder la ilusión de que alguien las quiso.”
Esa noche, Mariana no durmió.
Miró a Sofía abrazando la cobija rosa que Alejandro le había comprado en la central. La niña sonreía dormida, tranquila, confiada.
Y Mariana se asustó.
No por ella.
Por su hija.
Antes del amanecer, metió ropa en la mochila, dejó las llaves sobre la mesa y escribió una nota breve para Doña Lupita:
“Gracias por tratarnos como familia. Perdón.”
Luego cargó a Sofía y salió por la puerta trasera.
Horas después estaba otra vez en una central de autobuses, esta vez en Celaya, contando billetes arrugados para comprar un boleto a Guadalajara.
Creyó que había logrado desaparecer.
Hasta que escuchó a una empleada decir:
“Señora Mariana Salazar… alguien la está buscando.”
Y al levantar la vista, vio entrar a Valeria con dos hombres desconocidos.