PARTE 2
—Valeria…
Mateo dijo su nombre como si acabara de descubrir que ella no era una persona, sino una puerta cerrándose frente a él.
Intentó tomar la hoja, pero Clara Montes la retiró antes de que sus dedos la tocaran.
—No interfiera con una notificación legal —dijo Clara.
El oficial de la Capitanía de Puerto no levantó la voz. No hizo falta. Se quedó junto al barandal, con una mano cerca del radio, y de pronto todos los invitados recordaron que el apellido Sandoval no valía lo mismo frente a una autoridad.
Rogelio se dejó caer en una silla. La piel del cuello le temblaba. Mercedes seguía mirando la carpeta, como si pudiera borrar los números con desprecio.
—Esto es un malentendido —dijo ella—. Mi esposo conoce al director regional del banco.
Valeria la miró sin parpadear.
—Lo conocía. Hasta ayer.
Clara sacó otra hoja del portafolio.
—Antes de firmar el embargo de la embarcación, hay una declaración adicional que la señora presidenta debe revisar.
Rogelio levantó la cabeza de golpe.
—Esa no.
Mercedes giró hacia él.
—¿Esa no qué?
Clara le entregó el documento a Valeria.
Era un reconocimiento de garantías cruzadas fechado el viernes anterior a las 8:02 a.m. En la parte superior aparecía el nombre de Sandoval Desarrollos Turísticos. Debajo, una lista de activos: el yate, la casa de Valle de Bravo, 2 locales comerciales en Guadalajara y una cuenta fiduciaria.
Valeria leyó el último renglón.
Fideicomiso personal de Mateo Sandoval.
Mateo también lo vio.
Su rostro perdió todo color.
—No —susurró—. Mi fideicomiso no. Ese dinero era de mi abuelo.
Rogelio apretó los labios.
—Era temporal.
—¿Temporal? —Mateo dio un paso hacia su padre—. ¿Usaste mi herencia para cubrir tus deudas?
Mercedes se llevó una mano al pecho.
—Rogelio…
—No había opción —explotó él—. Los bancos ya no querían prestarnos. Los hoteles no están llenos. Los terrenos no se vendieron. Todo el mundo nos debía favores, pero nadie quería poner dinero.
Valeria entendió entonces la profundidad de la mentira.
No eran ricos.
Eran deudores actuando como millonarios frente a otros deudores.
Mateo leyó otra línea y su respiración se quebró.
—Aquí están mis iniciales.
—Correcto —dijo Clara—. Pero el perito preliminar del banco detectó inconsistencias.
Valeria levantó la mirada.
Rogelio sudaba.
Mateo susurró:
—Yo no firmé eso.
La cubierta quedó en silencio.
Mercedes se acercó a Valeria con las manos juntas. Ya no parecía una reina. Parecía una mujer desesperada por salvar su mesa, sus vestidos, sus cenas, su mentira.
—Valeria, por favor. Somos familia. Bueno, casi familia. Mateo te ama. Si hubiéramos sabido quién eras…
—Si hubieran sabido quién era —la interrumpió Valeria—, me habrían tratado mejor por miedo, no por decencia.
Mateo dio un paso hacia ella.
—Yo puedo arreglar esto. Hablo con mi papá. Te pido perdón frente a todos. Pero no firmes. No destruyas a mi familia.
Valeria miró el vestido manchado, sus rodillas pegajosas, el barandal donde casi había caído al mar.
Luego miró a Mateo.
—Tu silencio me dijo todo lo que necesitaba saber.
Clara abrió la carpeta final.
—Señora presidenta, si firma ahora, procedemos con la recuperación marítima inmediata. Si además autoriza la revisión por fraude, el caso saldrá de cobranza y entrará a investigación penal.
Rogelio se levantó tambaleándose.
—No puedes hacerme esto.
Valeria tomó la pluma plateada.
Y justo antes de firmar, Mateo dijo algo que hizo que todos en la cubierta se quedaran helados.
—Papá no fue el único que mintió.