PARTE 2
El hospital olía a cloro, café quemado y miedo.
Lucía entró directo a cirugía. Yo me quedé en la sala de espera con el abrigo manchado de su sangre, mirando mis manos como si no fueran mías. Cada vez que se abría una puerta, mi corazón se detenía.
A las 10:36 de la mañana salió el doctor.
—Señora Mariana, su hija está viva. Fue muy grave. Bazo roto, tres costillas fracturadas, conmoción cerebral y múltiples golpes defensivos. Pero llegó a tiempo.
Cerré los ojos. No lloré. No todavía.
—¿Puede declarar?
—No por ahora. Pero alcanzó a decir algunas cosas antes de entrar.
Yo asentí.
Entonces saqué mi celular y marqué un número que llevaba años sin usar.
—Comandante Ortega.
Del otro lado hubo silencio.
—¿Licenciada Mariana?
—Necesito un cateo. Hoy.
—Pensé que estaba retirada.
—Mi hija está en terapia intensiva porque intentaron matarla. El agresor está dando una cena esta noche en Bosques de las Lomas. Y creo que ahí va a estar Ricardo Salvatierra.
El silencio cambió de forma.
Ricardo Salvatierra no era cualquier empresario. En televisión hablaban de él como “el rey de las inversiones inmobiliarias”. En los expedientes de la Fiscalía, su nombre aparecía junto a transferencias fantasma, empresas fachada y lavado de dinero para grupos criminales. Durante tres años intenté llevarlo a juicio, pero siempre faltó una pieza.
—¿Salvatierra? —preguntó Ortega.
—Su hija Fernanda es la amante de Rodrigo.
Durante la madrugada, mientras Lucía se debatía entre la vida y la muerte, yo había entrado a la nube de fotos que ella compartía conmigo. Ahí estaban las capturas: Rodrigo y Fernanda en restaurantes de Santa Fe, mensajes borrados a medias, planes para “anunciar lo nuestro en Nochebuena”.
Pero había algo peor.
Una nota de voz enviada por error a Lucía.
La voz de doña Teresa se escuchaba clara:
“Hoy la sacamos de la casa como sea. Fernanda no va a sentarse como invitada, va a sentarse como futura esposa. Rodrigo, no seas cobarde. Dale duro y que parezca que se cayó.”
Después se oía a Rodrigo decir:
“Mi suegra es una viejita inútil. La recoge y se calla.”
Ortega llegó al hospital con dos agentes ministeriales. Vio las fotos de Lucía, escuchó la nota y apretó la mandíbula.
—Con esto pedimos orden por tentativa de feminicidio.
—No basta —dije.
Puse sobre la mesa otra carpeta digital.
—Rodrigo llevaba seis meses moviendo dinero de Salvatierra usando cuentas de su firma. Mi hija lo descubrió porque él dejó abierta una laptop. Por eso la golpearon. No solo querían quitarla de la mesa. Querían callarla antes de que hablara.
Ortega me miró como si hubiera visto regresar a un fantasma.
—Licenciada… si encontramos esos archivos en la casa, cae Salvatierra.
—Por eso la cena tiene que interrumpirse antes de que borren todo.
A las siete de la noche, mientras en media ciudad las familias partían piñatas y brindaban con sidra, un juez federal firmó la orden de cateo.
Yo fui a mi casa. Me quité el suéter manchado, me puse un traje negro que no usaba desde mi última audiencia y abrí el cajón inferior del clóset.
La placa seguía en su estuche de terciopelo.
Fiscalía General de la República.
La tomé no para presumir poder, sino para recordar quién era antes de que ellos me confundieran con una anciana indefensa.
Cuando llegamos a la casa de Rodrigo, desde la calle se veía el comedor iluminado. Música elegante, risas, copas chocando.
A través del ventanal vi a Rodrigo de pie, con Fernanda a su lado, levantando una copa.
No alcancé a escuchar todo el brindis.
Solo la frase final:
—A veces hay que sacar de nuestra vida lo que ya estorba.
Entonces Ortega levantó la mano.
Y la puerta principal estalló.